martes, 29 de junio de 2010

PREMIO DARDOS


Dedico esta mini entrada a dar las gracias a mi amigo y colega de profesión Mathías, el rey viudo de las Españas, del blog Café Stereo, por el Premio Dardos que me entrega.


También aprovecho la oportunidad para dar ánimos a nuestros nacionales en esta nueva “Guerra con Portugal” que nos espera esta noche y en la que esta vez espero que salgamos vencedores, a diferencia de lo que sucedió en 1668.


CAROLVS II

viernes, 25 de junio de 2010

LAS GUERRAS DEL REINADO I: LA GUERRA DE RESTAURACIÓN PORTUGUESA (PARTE IV)


A comienzos de 1666, Carlos II fue aclamado en Olivenza como Carlos I de Portugal, en una particular ceremonia organizada por el gobernador de la plaza, única de cierta consideración que aún retenían los castellanos (1). Sin embargo, lo que preocupaba a Caracena era el sostenimiento de su ejército en Extremadura que para entonces llevaba 5 meses sin recibir ninguna ayuda económica de la Corte. Desde 1666 y hasta el final de la guerra, el Marqués estuvo condenado a mantenerse a la defensiva, limitándose a repeler las entradas que los portugueses, envalentonados, acometían en Castilla, Extremadura y, sobre todo, Andalucía, donde los saqueos afectaron incluso a las ricas comarcas onubenses, hasta entonces protegidas por los Braganza en atención al Duque de Medina Sidonia, sobrino de la reina madre de Portugal, doña Luisa de Guzmán (2). Caracena solicitó permiso en septiembre para desplazarse a la Corte. A fines de año se le concedió, pero sus gestiones en Madrid sólo sirvieron para repetir las huecas promesas de ayuda para el ejército de Extremadura.

En mayo de 1667 las amenzas de Luis XIV sobre los Países Bajos se materializaron en un ejército de 70.000 hombres al mando de mariscal Turenne. La reivindicación del Ducado de Brabante para su mujer María Teresa, en virtud del llamado “derecho de devolución” brabanzón, fue el pretexto que llevó a la guerra, y la razón que obligó a Madrid a desviar el flujo de asitencias desde Badajoz hacia Bruselas. En hecho iba a suponer el derrumbe de lo que quedaba del ejército en las fronteras de Portugal. En julio, Caracena informó al Consejo de Estado que el proveedor de su tren de artillería le había retirado la mitad de las piezas ante el vencimiento del último pago, que la Real Hacienda no había satisfecho (3). Una semana después lo que faltaba era cebada para la caballería, mientras la deserción de las tropas era incontenibile (4). En Madrid se sospechaba que los portugueses intentarían atacar Vigo en septiembre con la ayuda de Luis XIV, “lo cual sería muy fácil si fuese cierto” (5). También Bayona y La Coruña se creían amenazadas (6). Si esta era la situación en Galicia, en Cataluña se temía por la caída de Rosas, mientras en la costa cantábrica se consideraba inminente el bloqueo o el asalto a los puertos de Pasajes, Fuenterrabía y San Sebastián. Lo mismo sucedía con Cádiz, Gibraltar o Ayamonte, lugares que se hallaban indefensos y “con la artillería apeada”. Por lo demás, se creía que si la armada francesa no atacaba las costas de España, pondría rumbo a los Países Bajos donde podría temerse lo peor (7). La pesadilla y el miedo a ver la Península rodeada de buques enemigos obedecía a la noticia que se había tenido de acuerdo firmado entre Lisboa y París el 31 de marzo de aquel año. La tenaza terrestre franco-portuguesa venía a sumarse a la marítima representada por la unión luso-británica.

La última carta que la Regencia podía jugarse era la de aliarse con Holanda: desde el estallido de la Guerra de Devolución, Madrid solicitó la ayuda de La Haya para la firma de un tratado que incluyera su ayuda marítima a España, o en su defecto, el ataque a la flota del Brasil, a cambio de frenar el avance francés en Flandes. Pero la Guerra anglo-holandesa y el temor a irritar a Luis XIV mantenían paralizados a los bátavos. Sólo cuando Holanda tuvo noticias del acuerdo franco-portugués accedió a negociar con Madrid, a condición de que los españoles dispusieran como mínimo de una armada de 20 navíos, lo que en aquel momento era casi imposible. En respuesta a aquel desafío, el embajador españo en La Haya, don Esteban Gamarra, recordó a los holandeses que en el Consejo de Estado ya se hablaba de si era conveniente abandonar los Países Bajos en favor de Luis XIV, lo que sería de gran perjuicio para sus intereses al tener que compartir frontera con tan belicoso vecino (8).

Mientras todo esto sucedía en La Haya, en septiembre de 1667, los portugueses rompían el frente de Galicia. Desde Madrid se ordenó desesperadamente a Caracena que intentara entrar por Extremadura para frenar la ofensiva lusa en el norte, algo que el Marqués rechazó indignado:

si se diera crédito a las representaciones que hago no se me enviarían órdenes semejantes” (9).

Sin embargo, Caracena se enfurecería aún más al conocer que el gobierno había optado por priorizar el frente de Cataluña respecto al de Portugal, lo que suponía un calco de la táctica aprobada por Felipe IV en 1640. Todo resultó inútil. En enero de 1668 la armada de Luis XIV lograba bloquear el acceso a los Países Bajos a través del Canal de la Mancha con 29 unidades de guerra, impidiendo así que llegase la ayuda española. El desequilibro de aquella confrontación revelaba el final de una época: mientras Inglaterra y Francia mantenían expeditas las rutas con Lisboa, Madrid veía perderse a lo lejos un Flandes inalcanzable, adonde ya era absolutamente imposible acceder por ninguna de las vías de antaño. En estas condiciones, solo un demente se habría negado a firmar la paz con Portugal.



Fuentes principales:

* Rodríguez Rebollo, Mª Patricia: “El Consejo de Estado y la Guerra de Portugal (1660-1668)". Universidad de Valladolid, 2006.
* Valladares, Rafael: “La rebelión de Portugal: guerra, conflicto y poderes en la Monarquía Hispánica (1640-1680)”, Valladolid, 1998.
* Valladares, Rafael: “Portugal y la Monarquía Hispánica (1580-1668)”, Madrid, 2002.

Notas:

(1) BNM, ms. 2.393, fols. 3-4, “Aclamación que hizo la notable villa de Olivenza en nombre de todo el reino de Portugal, reconociendo por rey legítimo rey y señor natural a la majestad del rey don Carlos”, Olivenza, 7/II/1666.

(2) Recuérdese que doña Luisa era hija del VIII Duque de Medinaceli, siendo, por tanto, hermana del díscolo IX Duque que intentò proclamarse rey de Andalucía en 1641. En 1633 había casado con el Duque de Braganza, futuro Juan IV de Portugal. Fue madre de los reyes Alfonso VI (durante cuya minoridad ejerció la regencia hasta ser derrocada por el golpe de estado del Conde de Castel Melhor) y de Pedro II, así como del príncipe del Brasil don Teodosio (muerto en 1653) y de doña Catalina de Braganza, reina consorte de Inglaterra.

(3) AGS, Estado, leg. 2.686, Consejo de Estado, 5/VII/1667.

(4) AGS, Estado, leg. 2.686, Consejo de Estado, 14/VII/1667.

(5) AGS, GA, leg. 2.131, Consejo de Guerra, 6/VII/1667.

(6) AGS, Estado, leg. 2.686, el Condestable de Castilla a don Pedro Fernández de Campo, Pontevedra, 4/IX/1667.

(7) AGS, Estado, leg. 2.686, el duque de Medinaceli a la Reina regente, 4/IX/1667.

(8) Para saber más de todas estas negociaciones consúltese Herrero Sánchez, Manuel: “El acercamiento hispano-neerlandés (1648-1678)”. 2000.

(9) AGS, Estado, leg. 2.686, Consejo de Estado, 1/X/1667.

miércoles, 23 de junio de 2010

LAS GUERRAS DEL REINADO I: LA GUERRA DE RESTAURACIÓN PORTUGUESA (PARTE III)

Retrato de doña Mariana de Austria por Juan Bautista Martínez de Mazo (1666).

La muerte de Felipe IV sobrevino en una situación militarmente asumible (al final de la terrible campaña de 1665), aunque sumamente peligrosa desde el punto de vista político, según afirma el profesor Valladares (1). Desde la muerte de don Luis de Haro en 1661, el Rey había resistido a las presiones de quienes aspiraban a acupar el puesto de valido (2). Ninguno de los dos candidatos más firmes para el cargo, el Conde de Castrillo y el Duque de Medina de las Torres, parece lograron ganarse la total confianza del Rey Planeta. En consecuencia, el monarca dejó establecido en su testamento una Junta de Regencia que buscaba afirmar la autoridad de la reina doña Mariana de Austria por encima de las facciones cortesanas (3). Parece ser, por tanto, que la exclusión de don Juan José de Austria y el Duque de Medina de las Torres estaba relacionada con este deseo del fallecido rey, sin embargo, la oposición de los Grandes y la falta de habilidad política de doña Mariana dieron al traste con estos objetivos.


En medio de esta situación, el nuevo gobierno de regencia tuvo que afrontar una guerra que se daba unánimamente por perdida, aunque nadie sabía como liquidarla. La Regente era consciente de que el descontento de la población (alentado por la gran nobleza) había convertido los últimos reveses militares en una coartada para atacar a su gobierno, cada vez más impopular a causa del nuevo valido, el jesuita austriaco Juan Everardo Nithard. De esta forma, aislada, doña Mariana, intentó arropar su política con la intervención de las Cortes de Castilla con el fin de trasladar a este organismo la responsabilidad de decidir sobre la Guerra de Portugal. En marzo de 1666, la Reina sugirió al Consejo de Estado la posibilidad de convocar Cortes para obtener fondos destinados a Extremadura, idea que fue rechazada en bloque por ineficaz y porque causaría “otros inconvenientes” (4). El Consejo de Estado, por entonces favorable a continuar la guerra de Portugal, temía lo peor de una asamblea reunida en tiempos de minoridad real y quebranto social. La mayoría de los Grandes, resentidos con la Regente por su marginación política, buscaban proseguir la guerra para hacer naufragar a Nithard. De ahí que el verdadero objetivo de la Reina al convocar las Cortes fuera presentar ante ellas las condiciones de paz que Lisboa había ofrecido a Madrid. Si la asamblea, como ella esperaba, concedía el visto bueno, Mariana procedería a clausurar la guerra con el respaldo de las Cortes contra la aristocracia. Sin emabargo, la presión de los Consejos logró convencerla de que un asunto de aquella envergadura competía a los tribunales y no a las Cortes, como en efecto se hizo (5).


No era la Regente la única interesada en poner fin al conflicto luso, aunque sólo fuera por estabilizar la situación política. Su hermano, el emperador Leopoldo I, hacía algunos años que pretendía lo mismo con el fin de frenar la agresividad de Luis XIV. Se trataba de que Madrid reactivase los frentes de los Países Bajos y Milán con vistas a fortalecer la posición de Viena ante Francia. Sin embargo, el profesor Valladares afirma que sería erróneo pensar que la Regente y Nithard, ambos austriacos, deseasen la paz con Lisboa sólo para beneficiar al Emperador; más bien, aunque por motivos diferentes, Mariana y Leopoldo coincidían en sus objetivos, aunque ello, en el crispado ambiente madrileño diese lugar a todo tipo de elucubraciones.


De por medio estaba también el matrimonio del Emperador con la infanta Margarita Teresa (6). Puesto que su hermana María Teresa había estado destinada, previa renuncia a sus derechos dinásticos, a sellar la paz con Francia, se deduce que Felipe IV consideró a Margarita, nacida en 1651, como su heredera, al menos hasta que pudiera nacerle un hijo varón. De esta forma Felipe IV no se comprometió a conceder al Emperador la mano de la infanta hasta ver en qué paraba su descendencia (7). Sin embargo, después de la muerte del Rey la paciencia de la corte de Viena llegó al límite. Leopoldo se mostraba inquieto, pues no sólo se le daban largas a su ansiado matrimonio con Margarita sino que, además Carlos II podía morir en cualquier momento, con lo que sus opciones sucesorias se verían mermadas frente a Luis XIV. Su impertinencia le llevó a dirigirse a su hermana, por medio de su embajador el Barón de Lisola, como si fuera el rector de la política española, instándola a que se olvidase de Portugal (8). No pocos en Madrid opinaban igual. De esta forma, comenzaba a estar claro que el deseo de la Corte por conservar los Países Bajos iba a traer consigo la crisis definitiva de lo que el gobierno ya denominaba “la diversión de Portugal”(9).


Las facciones luchaban entre sí. Una primera estaba encabezada por el Duque de Medina de las Torres, a quien acompañaba la Regente y el padre Nithard, favorables a una política de supervivencia en Europa basada en el pragmatismo. Ello implicaba hacer la paz con Portugal, estrechar lazos con Viena (única forma de asegurar Flandes e Italia) y promover la amistad con Inglaterra para conservar el tráfico indiano. Frente a éstos, se alzaba la facción del Conde de Castrillo desde la Junta de Regencia, integrada, por el Duque de Alba, de Medinaceli, el Marqués de Caracena y el de Velada, para los cuales la única alternativa era la alianza franco-holandesa, que permitiría a la Monarquía recuperar posiciones (10).


En realidad, se trataba de la vieja disputa entre “españoles” y “austriacos”, es decir, entre aquellos que daban prioridad a los asuntos castellanos, frente a los que primaban la política de tradicional unión entre las dos ramas de la Casa de Austria y la defensa de sus intereses dinásticos en Europa. Como reacción a este conflicto de intereses, la Reina decidió acelerar el matrimonio de la infanta Margarita con Leopoldo. El 25 de abril de 1666 tuvo lugar la boda por poderes en la que Medina de las Torres representóal Emperador. Unos meses más tarde, el octogenario Conde de Castrillo presentò su dimisión a la Reina, advirtiendo del “fin ruinoso” que tendría la Monarquía, cuyo gobierno juzgó “muy diferente a la que debería ser” (11).


La forma en que esta división se proyectó sonre el problema portugués fue bastante curiosa: a medida que Flandes se vió más amenazado, el Consejo de Estado presionó a la Regente para que aceptase las condiciones de paz ofrecidas por Lisboa. Pero doña Mariana y el padre Nithard se oponían ahora a lo mismo que, nada más morir Felipe IV, habían defendido. La razón según Valladares es simple: lo que en 1665 habría supuesto estabilizar la Regencia, un año después se había convertido en una trampa mortal tendida por los enemigos de la Reina para desprestigiar su labor de abandono de Portugal. Mariana seguía creyendo en la necesidad de un ajuste con Lisboa, pero el estallido de la segunda guerra anglo-holandesa aconsejaba no apresurarse al respecto hasta que el panorama europeo se aclarase.




Fuentes principales:


* Rodríguez Rebollo, Mª Patricia: “El Consejo de Estado y la Guerra de Portugal (1660-1668)". Universidad de Valladolid, 2006.

* Valladares, Rafael: “La rebelión de Portugal: guerra, conflicto y poderes en la Monarquía Hispánica (1640-1680)”, Valladolid, 1998.

* Valladares, Rafael: “Portugal y la Monarquía Hispánica (1580-1668)”, Madrid, 2002.


Notas:


(1) Valladares, Rafael: “La rebelión de Portugal: guerra, conflicto y poderes en la Monarquía Hispánica (1640-1680)”, Valladolid, 1998, pag. 193.


(2) Para profundizar en el tema consúltese: Hermosa Espeso, Cristina, “Ministros y ministerio de Felipe IV (1661-1665)”. Universidad de Valladolid, 2007.


(3) Para más detalles sobre la Junta de Regencia y el testamento de Felipe IV consúltese mi entrada: “Testamento de Felipe IV: Mariana de Austria y la Junta de Regencia”.


(4) Consulta del Consejo de Estado, 8/IV/1666.


(5) BNM, ms. 19.700-36 fol. Lv., “Discurso del duque de Medina de las Torres sobre las paces con Portugal”, Madrid, 11/VIII/1666.


(6) Para saber más sobre este asunto consúltese mi entrada “La familia del Rey, los hermanos de Carlos II: Margarita Teresa de Austria, infanta de España y emperatriz de Alemania”.


(7) El nacimiento de Felipe Próspero en 1657 (fallecido en 1661), de Fernando Tomás en 1658 (muerto en 1659) y del futuro Carlos II en 1661, disuadieron a Felipe IV de hacer jurar a Margarita como heredera, al igual que años antes la esperanza de tener un hijo varón y las negociaciones con Francia impidieron hacer lo propio con María Teresa. Con todo, hasta 1657 no hay duda de que ambas hermanas fueron, por orden de edad, las presuntas herederas de la Monarquía.


(8) AGS, E, leg. 2.738, el barón de Lisona a la reina regente, Madrid, 5/XII/1665.


(9) AGS, E, leg. 2.738, Consejo de Estado, 15/XII/1665.


(10) R.A. Stradling: “A spanish Statestman of Appeasement: Medina de las Torres and Spanish Policy, 1639-1670”, Historical Journal, XIX, 1976, en especial pp. 13-18, 21-22 y 26-28.

sábado, 19 de junio de 2010

LAS GUERRAS DEL REINADO I: LA GUERRA DE RESTAURACIÓN PORTUGUESA (PARTE II)

Alegoría de la Guerra de Portugal: el dragón portugués derrotando al león español.


Tras la firma de la Paz de los Pirineos con Francia, y desde finales de 1660, el frente de Portugal sufrió una reactivación con el envío de tropas desde Flandes, Italia y otros puntos de la Península, además de producirse un considerable incremento del envío de recursos financieros.

Nadie albergó excesivas dudas sobre a quién correspondería el honor de comandar este ejército que se estaba preparando en la frontera extremeña: en 1642, cuando solo contaba con trece años de edad, don Juan José de Austria ya había sido nombrado “Superintendente de la guerra de Portugal”. Según Valladares en difícil saber si Felipe IV aprovechó la necesidad de situar a un miembro de su familia en el frente de Portugal para reconocer a su bastardo, o si, por el contrario, tal reconocimiento fue producto de la carencia de personas de sangre real para aquel puesto. En todo caso, se formó una junta de asesores al servicio de don Juan constituida por consejeros de Estado y Guerra, así como por los generales destacados en la frontera de Portugal. Sin embargo, por motivos desconocidos, aquella decisión quedó en suspenso, y no hay prueba alguna de que la junta llegara a funcionar. Hasta la expedición de Nápoles en 1648, el hijo de Felipe IV permaneció en un discreto segundo plano, rápidamente superado por su actuación en Cataluña y luego en Flandes. De este modo, en 1660 don Juan aparecía, a sus treinta y un años, como el único miembro de la familia real dotado de la experiencia militar suficiente para ostentar el generalato de la guerra portuguesa. Así, a finales de 1660, Felipe IV otorgó a don Juan José de Austria el título de “Capitán General de la Conquista de Portugal” con mando supremo sobre cualquier otro general (1). Sin embargo, la euforia de 1660 se enfrió rápidamente a medida que los problemas en el frente se multiplicaban, sobre todo debidos a la imposibilidad de mantener a un ejército tan numeroso como el que se había acuartelado en Extremadura. Debido a los problemas de intendencia (2) y abastecimiento del ejército, en junio de 1661 se intentará un pequeño avance por el territorio portugués para reducir el peso de los alojamientos en el solar extremeño, lo que se materializó en la toma de Arronches (16 de junio), plaza de escaso valor (3).

Una particularidad de esta guerra iba a ser el brutal estío que obligaba a partir la campaña en dos tiempos, uno de primavera y otro de otoño, lo que exigía el llevar a cabo acciones muy rápidas y de gran contundencia. Además, agravaba el problema el mantenimiento de las tropas durante los meses de forzosa ociosidad. De hecho, al poco de la toma de Arronches, Felipe IV, ordenó la reducción de las fuerzas destacadas en Extremadura, cuyo sostenimiento reconoció imposible. Sin embargo, el problema de licenciar tropas en agosto se traducía en la dificultad de reclutarlas en septiembre de nuevo.

Por otra parte, la ayuda inglesa a los Braganza, representó el factor más inquietante de la guerra, y de hecho, la decisión de suspender el ataque en el otoño de 1661, estuvo parcialmente motivada por el temor a que Lisboa ya hubiese recibido la citada ayuda inglesa. La campaña de 1662 fue el primer intento serio de conseguir un avance considerable en territorio portugués (4). El objetivo será la plaza de Jurumenha, que caerá a primeros de junio (5), pero la campaña no arrojó resultados significativos, y el inicial temor de Lisboa a una invasión firme se vio pronto superado al recibir la esperada ayuda inglesa, y más tarde al comprobar como Francia no estaba dispuesta a permitir que España recuperara Portugal con un primer envío de 500 soldados, así como de uno de sus generales más destacados, el mariscal Schomberg. Ni siquiera el avance desde Galicia, relativamente considerable, causó júbilo en Madrid, pues se sabía que los portugueses “les daba muy poco cuidado” lo obrado en este frente, por lo que se ordenó replegar el ejército hasta la frontera.

En 1663 Felipe IV advirtió la oportunidad perfecta para la conquista, decidió que había que aprovechar la crisis política que se había desatado en Lisboa con el golpe dado por el Conde de Castel Melhor para apartar a la reina regente doña Luisa de Guzmán y proclamar la mayoría de edad de Alfonso VI, asegurándose para sí el valimiento. Madrid ordenó reactivar todos los frentes antes de la primavera, en especial el de Extremadura, confiando en que a la vista del ejército la población se declararía por Felipe IV y las tropas pasarían a alojarse en el fértil Alentejo, aliviando a Castilla. Así, don Juan inició la conquista y tras vencer las primeras plazas fronterizas se dirigió a Évora, la segunda ciudad del reino situada estratégicamente en la ruta hacia Lisboa, la cual se rindió tras un corto asedio (22 de mayo) (6). Algunos días después de capturar Évora, el victorioso ejército de don Juan, abandonó la ciudad, dejando atrás una importante guarnición. Fue una salida apresurada, forzada por la escasez de alimentos para mantener al ejército.

Aunque paralizados en un primer momento, los portugueses sabían que si lograban cortar la línea de comunicación entre Évora y Badajoz, la ciudad lusa se rendiría muy pronto por falta de asistencias, con lo que lograría hacer retroceder a los españoles a su punto de partida. El 26 de mayo, Castel Melhor logró que el Consejo de Guerra aprobase un plan de ataque en campo abierto contra el ejército de don Juan. El bastardo, que había retrocedido con el grueso de sus tropas para organizar la retaguardia, se vio obligado a presentar batalla en Estremoz, punto neurálgico al noreste de Évora y sobre la ruta de invasión que partía de Extremadura. Si la suerte te ponía de parte de ejército de don Juan, Portugal quedaría prácticamente a expensas de los castellanos. La Batalla de Estremoz (o Ameixal) del 8 de junio de 1663, sin embargo, supuso la victoria de los anglo-portugueses del Conde de Vila Flor, causando a los castellanos 4.000 muertos, 2.500 heridos y 3.500 prisioneros. La catástrofe del ejército juanista desató una tormenta de acusaciones entre los distintos ministros de la Corte. La única salida que quedaba ahora, con vistas a rentabilizar el enorme esfuerzo realizado, consistía en la conservación de Évora, sin embargo, la guarnición española acabaría por rendirse el 24 de junio. Nadie podía engañarse respecto de los que se había perdido con el desastre de Estremoz y Évora. El mismo Felipe IV, nada más saber la toma de la ciudad, había afirmado que de aquel suceso podía esperarse “la recuperación de aquel reino”. En consecuencia, el efecto de la pérdida de Évora fue el contrario al que había despertado su caída.

La calma del verano se aprovechó para examinar la situación. Don Juan fuhe llamado a Madrid, adonde llegó el 3 de agosto mientras corrían voces sobre su relevo. Se ordenó abrir una visita para averiguar el uso del dinero consumido en los años de su mandato y se formó una junta que se reunía a diario en El Retiro para estudiar los medios que podrían aplicarse a la guerra (7). Esta junta acordó la sustitución del bastardo real por el Marqués de Caracena, el general más experimentado con que en ese momento contaba Felipe IV (8). A la espera de su llegada desde Flandes, don Juan José partió de nuevo para Badajoz a primeros de octubre, con singular dignidad y ante el pasmo de los madrileños.

Debido al agotamiento de los dos bandos, la campaña de 1664 no supuso ninguna sorpresa. La única acción llamativa la llevó a cabo el Duque de Osuna, general de la fuerzas de Castilla, que ordenó el ataque a las fortalezas de Almeida y Castelo Rodrigo, con la intención de convencer al gobierno de Madrid de que la mejor ruta de invasión era la castellana (9), pero de nuevo resultó un fracaso, con pérdidas de casi mil hombres y de toda la artillería, lo cual le supuso la apertura de un proceso del que finalmente fue absuelto.

Por aquellas fechas en la Corte ya se hablaba de intentar una tregua con el reino rebelde a la vista de que el curso de los acontecimientos no era para nada favorable a los intereses de la Monarquía. De hecho, el Rey llegó al verano de 1665 con la esperanza de que un último golpe de suerte en los campos de batalla le permitiera un ajusto decoroso (se hablaba de un tregua con Portugal). Aquella ilusión se concretó en el ejército que aguardaba a Caracena en Badajoz, formado por 13.000 infantes y 6.500 caballos.

El primer objetivo de Caracena fue asegurar una plaza que sirviera de base para la retaguardia, por lo que decidió intentar la toma de la simbólica Vila Viçosa (10), sede de los Duques de Braganza, aunque los portugueses, advertidos de ello, concentraron allí una fuerza de 25.000 hombres dirigidos por António Luís de Meneses y asistidos por Schomberg que acamparon en Montes Claros, lo que obligó al general castellano a abandonar el asedio y presentar batalla al ejército portugués. El día 17 junio se produjo la última y más sangrienta batalla de aquella guerra. Tras ocho horas de reñido combate, el general español ordenó la retirada hacia la frontera, dejando tras de sí un panorama dantesco de 4.000 muertos y 6.000 prisioneros.

El vendaval desatado en Madrid por la catástrofe de Estremoz acabó en huracán. Las críticas lanzadas contra el Marqués de Caracena traspasaron los mentideros de la Corte y en a toda la Monarquía se hizo familiar la discusión entre apologistas y detractores del Marqués (11). Y es en estos momentos tan duros cuando sobreviene la muerte de Felipe IV el 17 de septiembre de 1665. A partir de este año la guerra portuguesa se mantendría bajo mínimos a la espera de una solución diplomática con la negociación de una tregua o de una paz.



Fuentes principales:

* Lorrain, White: “Estrategia geográfica y fracaso en la reconquista de Portugal por la Monarquía Hispánica (1640-1668)”. Salamanca, 2003.

* Rodríguez Rebollo, Mª Patricia: “El Consejo de Estado y la Guerra de Portugal (1660-1668)". Universidad de Valladolid, 2006.

* Valladares, Rafael: “La rebelión de Portugal: guerra, conflicto y poderes en la Monarquía Hispánica (1640-1680)”, Valladolid, 1998.

* Valladares, Rafael: “Portugal y la Monarquía Hispánica (1580-1668)”, Madrid, 2002.

Notas:


(2) La campaña de 1661 se demoró bastante debido a la llegada de don Juan y a los preparativos pertinentes.

(3) Para saber más sobre esta campaña remito a la entrada anteriormente citada.

(4) Las fuerzas de don Juan constaban de 12.000 infantes, 6.000 jinetes y 30 piezas de artillería, 4.500 “bagajes de arrieros” para transporter la cebada dstinada a la caballería, 1.200 carretas de bue yes cargados de bizcocho y pan de munición para la tropa, 500 mulas de tiro, 300 acémilas con municiones y otros 100 carros de mulas para el traslado de resto de enseres. BNM, ms. 20.467, fol. Relación del ejército de don Juan José de Austria en la campaña de 1662.


(6) Para conocer más detalles sobre la campaña de 1663 consúltese mi entrada “La familia del Rey, los hermanos de Carlos II, don Juan José de Austria, bastardo real y mesías del pueblo (parte IX)”.

(7) La junta estaba formada por el Conde de Castrillo, el Duque de Medina de las Torres, el Marqués de Mortara, don Luis Poderico, don Vicente Gonzaga y los barones de Ausi y Bateville.

(8) Don Luis de Benavides Carrillo y Toledo, marqués de Caracena, había ocupado el gobierno de Milán entre 1648 y 1656, y el de Flandes entre 1658 y 1664. Para una biografía pinchar aquí.

(9) Esta fue la única vez en durante la guerra de 1640-1668 en que se prefirió el corredor norte sobre el sureño, para ello Osuna montó la ofensiva desde Ciudad Rodrigo. Valladares, Rafael: “La guerra olvidada. Ciudad Rodrigo y su comarca durante la Restauración de Portugal (1640-1668)”. Salamaca, 1998.

(10) Vila Viçosa fue atacada en 1665, y aunque la ciudad pronto cayó en manos de los castellanos, el castillo resistió el tiempo suficiente para que un Ejército de socorro portugués llegara a relevarlo.

(11) “Harto defiendo a Caracena, pero me acompañan pocos, siendo muchos los que le hacen cargos”, escribió el Marqués de Aytona a don Esteban Gamarra, AGS, EEH, libro 139, 14/VII/1665. Véase también BNM, ms. 2.392, fols. 152-163, “Respuesta de un soldado del ejército de Extremadura a una carta de un ministro de Madrid” (1665). Documento favorable a Caracena, es probable que fuese redactado por él o por un colaborador de su entorno.

viernes, 18 de junio de 2010

Fallece José Saramago


Justo en estos momentos en los que estoy tratando la Guerra de Restauración portuguesa que separará definitivamente a España y Portugal con la firma del Tratado de Lisboa de 1668, he conocido la noticia de la muerte del Premio Nobel y genial escritor portugés José Saramago, un iberista convencido que luchó toda su vida por unir a estos dos países que somos España y Portugal, tan cercanos y al mismo tiempo tan lejanos, precisamente desde aquellos días de los albores del reinado de Carlos II en que nuestros destinos se separaron para siempre.



Descanse en paz maestro de las letras.

miércoles, 16 de junio de 2010

LAS GUERRAS DEL REINADO I: LA GUERRA DE RESTAURACIÓN PORTUGUESA (PARTE I)

Estandarte real de Carlos II desde 1668 (nótese la ausencia de las armas de Portugal a diferencia del utilizados por sus progenitores)**.


Se inicia hoy una serie de entradas denominadas “Las guerras del reinado”, en las que poco a poco iré narrando los distintos acontecimientos bélicos que marcaron todo el reinado de Carlos II y que hicieron de los mismos el epicentro de la política hispana de aquellos años. De igual forma, daré a conocer los diversos tratados que pusieron fin a estas guerras, así como sus consecuencias directas e indirectas para la Monarquía.
Los principales conflictos del reinado, a modo de resumen, fueron:

* El fin de la Guerra de Secesión o de Restauración Portuguesa (1640-1668), finalizada con el Tratado de Lisboa.

* La Guerra de Devolución (1667-1668), finalizada con el Tratado de Aquisgrán o de Aix-la-Chapelle.

* La Guerra de Holanda (1672-1678) (1), finalizada con el Tratado de Nimega.

* La Guerra de Luxemburgo de 1684, finalizada con la Tegua de Ratisbona.

* La Guerra de los Nueve Años (1688-1697), finalizada con el Tratado de Rijswijk.

Comencemos de manera cronológica con la Guerra de Restauración Portuguesa en su fase final (1660-1668), una vez firmado el Tratado de los Pirineos (1659):

La importancia de la guerra luso-castellana radica principalmente en que será un conflicto que además de su larga duración, incidirá de forma notable en la estructura de la Monarquía, ya que evidenciará además de la crisis desatada a partir de 1640, que era posible un éxito de la sublevación y, por lo tanto, la obtención de la ansiada independencia. La sublevación portuguesa, que rompía el sueño de la Unión Ibérica establecido por Felipe II con la unión en su persona de las dos coronas en 1588, fue de tal magnitud que, después de ella, la Monarquía Hispánica no volvió a ser la misma.

En primer lugar, me gustaría comentar que la figura fundamental para conocer este conflicto es la del profesor Rafael Valladares, que en los últimos años ha dedicado numerosos trabajos al respecto . Gracias a este autor conocemos de forma más profunda todo el desarrollo del conflicto bélico desde su estallido en 1640 hasta la firma de la paz en 1668, así como las dificultades militares, económicas y políticas por las que atravesó dicho conflicto, no sólo desde la parte castellana, sino también desde el otro lado de la “raya” (2), extendiéndose incluso a las consecuencias del mismo en los territorios ultramarinos. De esta forma, se puede afirmar que esta visión global y a la vez intensa de las relaciones entre el reino rebelde y la Monarquía, es la obra de referencia para poder entender la guerra y sus consecuencias (3).

Antes de empezar es necesario hacer un breve resumen del desarrollo del conflicto, ya que sin él no es posible llegar a comprender completamente las dificultades por las que pasó tanto la guerra como las negociaciones de tregua, y que harán necesaria la firma de la paz, sobre todo ante la complicación de la situación internacional de la Monarquía, en especial el estallido, en 1667, de la llamada Guerra de Devolución en los Países Bajos. Así como explicar las razones que llevaron al gobierno a postergar durante veinte años el problema portugués. No creo pertinente analizar las causas de la sublevación de diciembre de 1640 y la proclamación del Duque de Braganza como rey de Portugal con el nombre Juan IV (4), pero si comentar la evolución del conflicto a partir de 1660, ya que tras la firma de la Paz de los Pirineos con Francia en 1659, la reactivación del conflicto supone, a partir de 1664, el inicio de los contactos diplomáticos al mismo tiempo que se constata la inutilidad de los esfuerzos castellanos por reconquistar Portugal.

Tras la rebelión de 1640, la invasión se deshecho debido al mal estado de las fuerzas castellanas. Felipe IV prefirió dar mayor importancia al frente de Aragón que se encargaba de sofocar la otra rebelión peninsular, la de Cataluña. Igualmente la Guerra de los Treinta Años, fue otro de los frentes abiertos que influyó definitivamente a la hora de no dar prioridad al problema portugués. La importancia política y estratégica que esta guerra europea tenía para la Monarquía explica que durante todo el reinado de Juan IV, las operaciones militares no tuviesen gran envergadura. La guerra se limitó durante muchos años a campañas fronterizas, sin consecuencias decisivas para ninguna de las dos partes. De esta forma, durante dos décadas fue posible para el rebelde Portugal organizar su defensa, reconstruir las fortalezas, conseguir oficiales, armas y caballos para la guerra. Hasta que no se acabó con la revuelta catalana en 1652, tras la toma de Barcelona por don Juan José de Austria, y se firmó la Paz de los Pirineos, la situación poco variable del frente portugués se mantuvo más por la debilidad castellana que por la fuerza portuguesa. Tras la insurrección de Cataluña y Portugal, fue el Principado el que preocupó de forma más alarmante a la Corte, ya que Cataluña quedó formalmente anexionada a Francia y los ejércitos franco-catalanes avanzaron hacia Aragón. España y Francia luchaban por mantener, en el primer caso, o arrebatar, en el segundo, la hegemonía europea, siendo ésta la principal inquietud de Felipe IV. El peligro del avance francés dentro de la propia Península fue la razón principal, por la cual el problema luso fue relegado a un segundo plano, con la esperanza de que cuando se solucionara la emergencia catalana podrían concentrarse las fuerzas en someter al rebelde portugués.

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Fuentes principales:

* Rodríguez Rebollo, Mª Patricia: “El Consejo de Estado y la Guerra de Portugal (1660-1668)". Universidad de Valladolid, 2006.

* Valladares, Rafael: “La rebelión de Portugal: guerra, conflicto y poderes en la Monarquía Hispánica (1640-1680)”, Valladolid, 1998.

* Valladares, Rafael: “Portugal y la Monarquía Hispánica (1580-1668)”, Madrid, 2002.

Notas:

** En realidad Carlos II siguió utilizando en diversas ocasiones, como por ejemplo las monedas, sus armas con el escudo de Portugal, lo que generó una gran controversia con los embajadores portugueses que se resolvió sólo en 1685. Espero poder dedicar una entrada a este tema en el futuro.

(1) España entró en la guerra en 1673 en apoyo de las Provincias Unidas. Enmarcado en este conflicto tendrá lugar también la llamada Guerra de Mesina (1674-1675), magistralmente tratada por el profesor Luis Ribot en su libro “La Monarquía de España y la guerra de Mesina (1674-1678)”. Editorial Actas S.L., 2002.

(2) Barbero Bajo, Jaime: “Relaciones históricas entre España y Portugal, “la raya” y la evolución legislativa peninsular”. Lex nova n°57, 2009.

(3) La obra fundamental de Valladares a la que se alude es: “La rebelión de Portugal: guerra, conflicto y poderes en la Monarquía Hispánica (1640-1680)”, Valladolid, 1998. Sin embargo, ha publicado otros muchos trabajos relacionados con el tema: “Portugal y la Monarquía Hispánica (1580-1668)”, Madrid, 2002; “Felipe IV y la Restauración de Portugal”, Málaga, 1995; “De ignorancia y lealtad. Portugueses en Madrid, 1640-1679”, Torre de los Lujanes, 37 (1995); “Castilla y Portugal en Asia (1580-1680): declive imperial y adaptación”, Lovaina, 2001; “El Brasil y las Indias españolas durante la sublevación de Portugal (1640-1668)”, Cuadernos de Historia Moderna, 14 (1993).

(4) De manera resumida, podemos decir que las tres razones fundamentales del malestar portugués con los Austrias, incrementado durante el reinado de Felipe IV, fueron: lo ataques y pérdidas territoriales llevados a cabo por los holandeses en sus territorios ultramarinos, los esfuerzos por excluir a los portugueses del comercio con las Indias castellanas, y las pretensiones de la Corona de una mayor colaboración impositiva para la defensa de la Monarquía, en especial la política olivariana de la Unión de Armas. Todo ello había desatado ya las revueltas de Évora de 1637.

A POR EL MUNDIAL


Hoy empieza la andadura de ESPAÑA hacia el mundial.

lunes, 14 de junio de 2010

CONDECORACIÓN DE LA MUY REAL Y NOBLE ORDEN DE MATHÍAS-MENCIÓN ESPECIAL



Hoy me gustaría dedicar esta entrada a dar las gracias a mi real amigo Mathías, rey viudo de las Españas, del blog Cafe Stereo, que en el capítulo de ayer, 13 de junio de 2010, de su muy real y noble Orden de homónimo nombre, celebrado según me consta en la ciudad de Pilar, en el indiano reino de Paraguay, me condecoró con la cruz de la dicha real y noble orden por los siguientes motivos que el mismo cita:

"En el día 13 de junio de 2010, oyendo todos los pros y contras de parte de su Consejo Privado, y por las siguientes razones:
  • Por su brillante comandancia en la "Campaña contra la Junta"
  • Por su obvio merecimiento, aparte del motivo ya citado, y
  • Porque se me olvidó en la primera edición
Su Majestad Matías, Rey Viudo de las Españas, condecora con la Orden de Mathías, a su Colega del Siglo XVII y gran amigo, CAROLVS II, REX HISPANIARUM".

A lo que añade: "Si hubiera aprendido a ser buen estratega hace 330 años, España hubiera llegado a la Antártida antes que Inglaterra a la Oceanía".

Las armas que me conceden están formadas, como podéis ver en la imagen superior, por las reales armas de Carlos II que representan cada uno de los reinos europeos sobre los que mi real persona ejercía su dominio, ceñidas por la corona real de España. Todo ello viene rodeado por el Toisón de Oro y a su vez por el collar de la Orden de Mathías que lleva los colores de la bandera del Paraguay, y aquí añado una nueva frase del Rey Mathías: "Un detalle que tuve con estas armas, es el hecho de que mantuve el Toisón de Oro, y lo puse en un lugar de preeminencia mayor que el de mi Orden".

No me queda otra que darle de nuevo las gracias por esta condecoración de la que espero seguir siendo merecedor en el futuro.

PD: si queréis leer mi última entrada sobre la proclamación Carlos II en 1665 podéis pinchar aquí.

domingo, 13 de junio de 2010

LA PROCLAMACIÓN DE CARLOS II EN 1665

Pendón Real de Castilla utilizado para la proclamación de Carlos II en Medina del Campo (1666). Museo de Ferias de Medina del Campo, Colegiata de San Antolín.



La entrada de hoy versa sobre la proclamación como nuevo soberano de Carlos II en 1665, tras el óbito de su padre en septiembre de ese mismo año.

Como es sabido, y a diferencia de lo que ocurría en otras monarquías como la francesa o la inglesa, en Castilla el nuevo rey no subía al trono mediante el acto de coronación, sino a través de la llamada “proclamación”, llevada a cabo mediante el alzamiento del pendón real.

El acto de proclamación de un nuevo rey estaba revestido de gran solemnidad y las crónicas que narran los sucesivos reinados de la corona castellana dan buena prueba de ello. Hasta el siglo XIV, el viejo ritual del proclamación, establecía, por este orden, los actos de coronación, elevación al Solio Real y el tremolar de pendones. Este último rito es el único que se mantendrá entre los siglos XIV y XVIII, llegándose a conocer la ceremonia con la expresión “alzar pendones” por el hecho de enarbolar el pendón real ante la concurrencia, al tiempo que se aclamaba al nuevo monarca en los lugares más concurridos de la población.

A ia muerte del Rey, el nuevo soberano o el Regente, en el caso del óbito de Felipe IV lo hace doña Mariana de Austria en nombre de su hijo Carlos II que en esos momentos contaba con tan solo cuatro años de edad, comunica a los reinos y señoríos, así como a las ciudades con voto en Cortes y a las demás con corregimiento, el tránsito a mejor vida del monarca por medio de una Real Cédula rubricada de su mano y refrendada por el Secretario del Despacho Universal. En el Reino de Castilla la Corona se dirige a la figura del corregidor para comunicarle todos los acontecimientos que giran en torno a la realeza y la Monarquía a fin de que informe de ellos, por sí o a través de los alcaldes mayores, a las ciudades y villas de su jurisdicción.

Las ciudades, una vez recibida la noticia de la muerte del Rey, escribían al nuevo soberano dándole el pésame por tan desgraciado suceso y el pláceme por su entronización. Tras esto, y de acuerdo con lo ordenado por la Corona en la Real Cédula despachada, se preparaban para organizar con todo el boato posible el ceremonial pertinente respecto a la celebración de las exequias por el difunto soberano y el alzamiento del pendón para aclamar al nuevo rey, una práctica, esta última, que sólo entrará en vigor en los reinos de la Corona de Aragón a partir del reinado de Felipe V (1).

Ambas ceremonias, exequias y proclamación, que enlazan con la tradición castellana heredada de la Edad Media, apenas modificadas por el ritual borgoñón implantado por Carlos I, al menos en cuanto al alzamiento del estandarte real (2) desencadenan en todas partes donde se celebran una serie de preparativos en orden a su ejecución y que van desde la erección de túmulos funerarios abarrotados de mensajes simbólicos sobre la realeza hasta la organización de procesiones en las que intervienen todas las instituciones, seglares y eclesiásticas, pasando por la celebración de misas por el alma del difunto soberano.

Tal despliegue, como ilustran con detalle las Relaciones coetáneas publicadas sobre los actos que han tenido lugar en la Corte, en las ciudades castellanas capital de provincia, así como en las principales ciudades de la Corona de Aragón, de los reinos italianos y de los territorios americanos, no sólo refleja el poder de las ciudades y de las comunidades que lo organizan, sino también su vinculación ideológica con la Monarquía y su deseo de agradar a la Corona, razones por las cuales se invierten elevadas sumas de dinero para costear las exequias y demás manifestaciones públicas en honor del monarca difunto y del sucesor, aunque las finanzas locales no estuvieran demasiado boyantes.

El peso de la tradición tenía una enorme incidencia en este tipo de celebraciones, pues lo importante es que todo se ejecute con la solemnidad requerida y exigida por la misma Corona. En este sentido cabe citar el siguiente pasaje de Cabrera de Córdoba con referencia a la programación de tales eventos por Felipe II: “En los actos públicos, casamientos, baptismos, juramentos, funestas, aumentaban la Majestad las órdenes que daba, correspondiendo todo con mayor grandeza por ellas. Guardábase respeto, composición y silencio” (3).

Se puede decir además, que con independencia del lugar exacto donde transcurría un festejo (4) de tanta trascendencia política como la proclamación del Rey, la ciudad en estas ocasiones se convierte en un gigantesco escenario y experimenta, si no modificaciones importantes en su fisonomía, sí cuando menos cambios momentáneos con la finalidad de magnificar el acto festivo que va a celebrarse.

En otro orden de cosas, cabe señalar que la sociedad de los siglos XVI y XVII, como sabemos, es una sociedad estratificada y fuertemente jerarquizada, en la que todos los individuos ocupan una posición bien definida de acuerdo con el nacimiento y la riqueza, aun cuando algunos individuos, por su “industria” y sus servicios a la Corona, puedan elevarse socialmente y alcanzar el estatuto de la nobleza o, si no, gozar de la consideración de noble por comportarse como tal y vivir de las rentas. De aquí, por tanto, la importancia que tiene para los individuos y las familias conservar el status adquirido, defender las preeminencias particulares que disfrutan según su rango en las ocasiones en que se ven amenazadas, actitud comprensible si tenemos en cuenta el sentido y el significado que éstas tenían entre los hombres con los que se relacionaban y cuya opinión les interesaba. Porque aparecer ocupando una posición menos lucida o encumbrada que la de otros personajes, aunque fuese muy ligera la diferencia, significaba, desde ese instante, ser tenido por inferior, decaer en la estimación pública (5). Este hecho nos ayuda a entender muchos de los problemas de precedencia que se dieron en estas proclamaciones y que hoy en día nos parecerían de los más absurdas.

Por otra parte, el cuidado que se pone en atender a los participantes en el acto viene a reforzar la importancia que en la época se daba a la posición social de los individuos, realzada a través del protocolo, concebido, en acertada expresión de C. Lisón Tolosana, como “el poder de la representación y la representación del poder” (6). Por supuesto, tales nombramientos no siempre fueron bien aceptados en la medida en que algunos podían sentirse postergados en beneficio de otros y, por tanto, dañados en su reputación, lo cual hizo que en la Corte estos agravios desembocaban a veces en huelgas de la nobleza, cuando no en reyertas con derramamiento de sangre, debiendo intervenir el monarca para acallar las discordias.

La autoafirmación social que implican tales reivindicaciones la encontramos asimismo en otros elementos externos, de manera muy especial en la necesidad, o más bien, obligación, que tienen los individuos, y las corporaciones, en su caso, de mantener unos gastos de prestigio y representación con la intencionalidad de demostrar a todo el mundo la posición y la estima social alcanzadas. Así se explican el engalanamiento de las ciudades y recintos donde se van a celebrar la proclamación del Rey.

Por lo que respecta a la ceremonia de proclamación en sí, y aunque en alguna ocasión las exequias por el rey difunto se celebraron después de ser proclamado el nuevo soberano, como sucede en Segovia a la muerte de Isabel la Católica (así lo narra Diego Colmenares) (7), lo común, sin embargo, al menos en los siglos XVI y XVII, fue que el acto de proclamación tuviese lugar una vez realizadas las demostraciones de luto, de acuerdo con lo observado en 1474 tras el óbito de Enrique IV y lo estipulado por Fernando el Católico en las instrucciones que envió a los concejos castellanos a finales de 1504. Y es así que ocurriría en la Castilla de 1665, tras la muerte de Felipe IV y la subida al trono de Carlos II.

El alzamiento del estandarte real, acto con el que el Reino viene a reconocer la autoridad del rey sobre el territorio y las gentes que lo habitan, como manifestación cultural y estética reproduce los rasgos esenciales que, en opinión de J. A. Maravall, definen a la cultura del Barroco; dicho de otro modo, la ceremonia en la que se proclama a un soberano de la Casa de Austria, y esto es aplicable también a los reyes de la dinastía borbónica, es una ceremonia dirigida, masiva, urbana y conservadora (8.)

La Corona, como se ha indicado anteriormente, programa desde Madrid los actos que deben celebrarse en las principales ciudades de sus reinos y no en otras, este dato viene, pues, a confirmar el carácter urbano al que se refería J.A. Maravall, pero éstas, a su vez, asumen dicho programa y lo ejecutan, obligando a todos los vecinos a participar de manera activa en las ceremonias, de acuerdo con lo establecido en el Fuero Real (9). Por lo que respecta al carácter masivo, y como acontecía con las entradas de los reyes en las ciudades, la ceremonia del alzamiento del pendón por el rey exige la presencia de toda la población, pues el mensaje que se desea transmitir es el de la continuidad de la Monarquía a través de la continuidad dinástica, de donde se deduce el carácter conservador del acto al que se aludía anteriormente. La búsqueda por las autoridades de un emplazamiento espacioso donde celebrar la proclamación del Rey se ajusta, desde luego, al propósito de la Corona de que la ceremonia fuese contemplada por todos, aunque se ignora si los asistentes, cualquiera que fuese el motivo de su participación en el acto (es de suponer que la mayoría asistiría por voluntad propia más que por temor a las sanciones previstas en el caso de no acudir), alcanzaron a comprender el mensaje que se les estaba transmitiendo o quedaron simplemente impresionados por la representación, por la ceremonia en sí misma. Por otra parte, cabe pensar que la Corona y las autoridades locales eran conscientes de que lo importante no era tanto que la población captase el significado profundo de lo que estaba presenciando, como que recordara y transmitiera a las generaciones siguientes el esplendor de la representación y que ésta, en toda su grandeza, se asociara en igual medida con la Monarquía y con el poder local.

Finalmente y para describir la ceremonia del “alzamiento del pendón” en honor de Carlos II, tomaré como ejemplo las desarrolladas en Medina del Campo y Vitoria:

1. MEDINA DEL CAMPO:

Esta ceremonia revistió en Medina del Campo un carácter especial al pretender el Ayuntamiento dar una prueba de su poderío, por entonces ya en franco declive, al tiempo que hacía pública expresión de lealtad y acatamiento al nuevo monarca.

Se celebró en la Plaza Mayor el 1 de febrero de 1666, con varios días de retraso por acudir numerosos caballeros medinenses a la misma celebración en la ciudad de Ávila. En dicha plaza se levantó un tablado con forma de castillo con cubos en las esquinas, revestido con lienzos de damasco, terciopelos y lujosas alfombras, campeando en él las armas de la villa. Las nuevas Casas Consistoriales, construidas entre 1656 y 1667 y quizás inauguradas oficialmente en este momento aprovechando tan singular ocasión, también estaban profusamente engalanadas para el acto, al igual que todas las casas de la plaza.

Una vez formado el Ayuntamiento “en forma de villa”, el Alférez Mayor acompañado por una comitiva de 20 caballeros recibió de manos del Corregidor el pendón real confeccionado para la ocasión con el fin de hacer aclamación pública del nuevo rey en plazas y calles. Constituida la comitiva de homenaje, se unieron a ella, presidiéndola, el dicho Alférez enarbolando el pendón y a sus flancos el Corregidor y el Decano portando dos cordones rematados en borlas que nacían del mismo. Llegados al entarimado acastillado y dispuestos estos personajes sobre él, se dieron cuatro aclamaciones, una a cada lado del tablado con la fórmula “Castilla, Castilla, Castilla. Don Carlos II, Nuestro Rey y Señor viva muchos años” coreada por el numeroso público asistente. Lo mismo se hizo en la Plaza del Pan, calles de San Martín, Salamanca y Corral de Bueyes. Prosiguieron los actos oficiales hasta la noche en que se fue a buscar nuevamente al Corregidor para que en el Ayuntamiento “sacase el pendón y le entregase al Cabildo de la Colegial para que le colocase en ella como estaba determinado, elección que hizo la villa como mejor custodia”. (9)

2. VITORIA:

El alzamiento del pendón en la capital alavense revierte especial interés por tratarse la provincia de Álava de un territorio sujeto a fueros y leyes propias.

El ritual del alzamiento del estandarte se inicia en las casas del Diputado General de la Provincia de Álava donde estaban colgados el estandarte y los gallardetes de la proclamación. Aquí, se congregan los procuradores de las hermandades, los caballeros de la Provincia y otras personas particulares para, luego, desplazarse todos juntos, con acompañamiento de chirimías, cajas y trompetas, hacia la sala del consistorio en el convento de San Francisco. Después, los procuradores elegidos por el Diputado General a instancias de la Junta parten del convento de San Francisco con maceros, chirimías y cajas para recoger el estandarte y los gallardetes, dirigiéndose a continuación a la iglesia donde estaba ubicado el tablado y entregarlos al Diputado General.

La entrega del estandarte se realiza del siguiente modo: los comisarios, hincados de rodillas y con los sombreros en la mano, lo depositan en las manos del Diputado General al tiempo que exigen a los escribanos fieles de la Provincia que levanten testimonio de dicha entrega. A continuación, los procuradores añaden que el Diputado General ha de alzar el estandarte “por la Muy Noble y Muy Leal Provincia de Álava en conformidad del contrato real de su entrega al señor rey don Alfonso el Onceno y de sus exenciones y privilegios” (11). No es aventurado suponer que con esta frase, recogida en la Relación aunque no expresada en el momento de alzarse el pendón, la Provincia pretende dar a la Corona una respuesta a sus reiteradas demandas en los últimos años de hombres y dinero para la defensa de la Monarquía, máxime cuando Álava mantenía por estas fechas un enconado litigio con el Consejo de Hacienda a causa de la administración de las aduanas y, sobre todo, por la pretensión de Bilbao de abrir el puerto de Orduña, lo cual desplazaría a Vitoria, y también a San Sebastián, del tráfico comercial con Castilla.

Una vez que el Diputado General de la Provincia ha recibido el estandarte en el tablado de la plaza (lo hace hincado de rodillas) y que han sonado las trompetas y chirimías, los maceros que le acompañan reclaman silencio a los concurrentes al acto con la frase: “¡Silencio, silencio, silencio! ¡Oíd, oíd, oíd!”, tras lo cual el Diputado General de la Provincia, tremolando el pendón con “mucha bizarría” exclama, “¡Castilla, Castilla, Castilla por el Rey don Carlos, Segundo de este nombre. Nuestro Señor, que viva muchos años!”, a lo que los asistentes, “con singular alborozo“, respondieron “¡Viva, viva, viva!” en medio del sonar de las chirimías, el repicar de las campanas de todas las iglesias y el estruendo de una salva de trabucos, morteretes y piezas de artillería.

Concluido el acto de la proclamación, el Diputado General de la Provincia desciende del tablado e inicia un corto recorrido por la ciudad llevando el estandarte. Acompañado de los comisarios que habían sido nombrados, pasa por delante de la alhóndiga (aquí se dispara la artillería), sigue por la calle de la Correría, continúa por la calle de la Cuchillería y entra en la plaza por la puerta que mira frente al convento, donde se dispara otra salva de artillería, para, seguidamente, entrar en la iglesia del convento, poniendo fin así a la procesión. Por último, la Junta General recibe el estandarte de manos del Diputado General de la Provincia, a quien agradece todas las gestiones realizadas y el haber actuado, como se dice en la Relación, “con tanto lucimiento y haber ilustrado el acto con tanta autoridad y grandeza", razones por las cuales es remunerado con el citado estandarte y los gallardetes “en muestras de su estimación y reconocimiento” (12).


A modo de conclusión podemos decir que la ceremonia del alzamiento del estandarte real debe ser considerada una fiesta de la Monarquía, en la que tan importante son las palabras de aclamación del rey como el contenido político que va implícito en toda la representación, la cual, por sí sola, refuerza la vinculación del Reino con la Corona.

Finalmente, el ritual de la proclamación del soberano, que reviste un carácter teatral como muchas otras celebraciones de la época, ya sean eclesiásticas o seglares , puede ser considerado una fiesta popular en el sentido de que supone una parada en el discurrir de los días, contribuyendo a liberar a las gentes de la rutina, pero también porque la presencia del pueblo y sus manifestaciones de entusiasmo refuerzan la unicidad de la comunidad.


Fuentes principales:

* Lisón Tolosana, C . “La imagen del Rey. Monarquía. realeza y poder ritual en la Casa de Austria". Madrid. 1991.

* Maravall J.A., “Poder, honor y élites en el siglo XVII“. Madrid, 1979.

* Sánchez Belén, Juan Antonio: “Proclamación del monarca en la provincia de Álava durante el siglo XVII”. Espacio. Tiempo y Forma, Serie IV, Historia Moderna, t. 10, 1997. págs. 173-200.



Notas:

(1) Un buen ejemplo del ritual pactista de acceso al trono en la Corona de Aragón lo ofrece Monteagudo Robledo. M. P., en “El espectáculo del poder en la Valencia moderna“, págs 86-96.

(2) Ver al respecto Nieto Soria, José M,, “Ceremonias de la realeza. Propaganda y legitimación en la Castilla Trastámara“. Madrid, 1993. págs. 26-45 para las ceremonias de acceso al poder, y págs. 97-118 para las ceremonias mortuorias. En cuanto al ceremonial borgoñón, Palacio Aiard, E., “El ceremonial borgoñón y la exaltación mayestática del poder real”. Boletín del Museo e Instituto "Camón Aznar", 17. 1984, págs. 11-14.

(3) Cabrera de Córdoba, L., "Historia de Felipe II, rey de España". Madrid, 1876, vol. IV, pág. 323.

(4) Por ejemplo, el alzamiento en 1621 del pendón real por Felipe IV en Madrid tuvo lugar en los espacios más públicos y nobles, es decir, en la Plaza Mayor, en la Plaza de la Villa y en el convento de las Descalzas Reales, los mismos recintos que fueron utilizados con motivo de la proclamación de Carlos III en 1759 después de haberse alzado el estandarte en la plaza de la pelota, del Palacio del Buen Retiro, ante la presencia de la reina Isabel de Farnesio.

(5) Maravall J.A., “Poder, honor y élites en el siglo XVII“. Madrid, 1979 y Elias, N., “La sociedad cortesana“. México, 1993.

(6) Lisón Tolosana, C . “La imagen del Rey. Monarquía. realeza y poder ritual en la Casa de Austria“. Madrid. 1991;

(7) Colmenares, Diego De, “Historia de ia insigne ciudad de Segovia“. II, cap. XXXVI, pág. 154, citado por Nieto Soria, J . M., “Ceremonias de la realeza. Propaganda y legitimación en la Castilla Trastámara“. Madrid, 1993, pág. 109.

(8) Maravall, J. A., “La cultura del Barroco. Madrid“, 1975.

(9) En la Nueva Recopilación, ley I, tít 3, lib 2, se recoge la ley única del til 3, lib I del Fuero Real por la cual expresamente se ordena que a la muerte del rey todos los súbditos “vengan a su hijo o a su hija, que reynare después de él, a obedecerle por Señor, y hacer su mandamiento, y todos comunalmente sean tenudos de hacer homenage a él, o a quien él mandare en su lugar, quando quier que lo demandare, y si alguno (...) esto no cumpliere, y alguna cosa de ellas errare, él y todas sus cosas sean en poder del Rey”.

(10) Esta ceremonia está descrita con todo lujo de detalles en el Libro de Acuerdos del Concejo de 1666, conservado en el Archivo Municipal de Medina del Campo.

(11) A.P.A, Actas. M. 16, fols. 187-187v. Sesión de la Junta General de Álava, 26 de noviembre de 1665.

(12) A.P.A, Actas, M. 16, fol. 187v. Sesión de la Junta General de Álava, 26 de noviembre de 1665.

viernes, 11 de junio de 2010

LA CANONIZACIÓN DE FERNANDO III EN 1671: SACRALIZACIÓN DE LA CASA DE AUSTRIA Y DE CARLOS II

Carlos II representado como San Fernando por Jan van Kessel III. Colección particular.


En tiempos de Carlos II, como bajo sus predecesores, las honras fúnebres dedicadas a la familia real permitieron ensalzar en el púlpito de la Capilla Real la piedad de la Casa de Austria (1). Los predicadores reales aprovecharon las exequias para proclamar la santidad de los parientes difuntos del monarca, glosando sus devociones y virtudes heroicas. La imagen de la santidad regia planeaba sobre el conjunto del linaje, aún cuando algunos de sus exponentes no se hubiesen caracterizado precisamente por su vida piadosa (baste como ejemplo la de su padre Felipe IV, tan dado al “pecado carnal”). Sin embargo, la Monarquía Hispana carecía de un rey santo de culto reconocido por la Santa Sede, a diferencia de los principales reinos europeos que contaban con reyes santos desde los tiempos bajomedievales (2).

Durante los primeros años del reinado de Felipe IV se promovió desde la Corte la canonización de algún rey de Castilla o de Aragón que se hubiese distinguido por su vida virtuosa y por su empeño en la propagación militar de la Fe. El propio Felipe IV declaraba cuánto le interesaba al reino “ver uno de sus reyes en el Catálogo de los Santos, requisito que faltaba a la grandeza de esta Monarquía”.

Tras plantearse varias candidaturas como las del rey de Castilla Alfonso VIII y del rey de Aragón Jaime I el Conquistador, al final los recursos de la Corona se concentraron en probar ante Roma la santidad de Fernando III, rey de Castilla y León (el conquistador de Sevilla). El lento proceso de beatificación y canonización de Fernando III sufrió los avatares de las relaciones entre la corte de Madrid y la Sede Apostólica, especialmente, bajo el pontificado de Urbano VIII, quien, como bien se sabe, inclinó decididamente la política de la Santa Sede a favor de Francia y en contra de España. De esta forma se frenaba la polìtica de “canonizaciones españolas” que habían tenido lugar en los primeros años del reinado bajo el pontificado de papas “pro-hispanos” (Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola o San Francisco Javier).

A partir de 1629, se proponen como candidatos a la canonización al carmelita Juan de la Cruz, al beato Simón de Rojas, al cardenal Cisneros, al inquisidor Pedro Arbués y al citado rey Fernando III, entre otros. Sin embargo, Urbano VIII estableció la prohibición de canonizar a nadie que hubiera muerto en los últimos cincuenta años. Aplicar este criterio significó excluir a Juan de la Cruz y a Simón de Rojas. Decidió también el papa excluir a quienes hubiesen recibido ya algún tipo de culto, aunque esto viniera ocurriendo desde “tiempo inmemorial”. Con esta otra puntualización, se sacaba, igualmente, de la lista de candidatos, al rey Fernando III. Abundando en su idea, decidió finalmente Urbano VIII que, en adelante, no se canonizaría más que en tandas de cuatro santos, como mínimo, cada vez. Al mismo tiempo, ordenó que las sesiones en que había que estudiar y decidir sobre cada canonización se distanciaran entre sí mediante períodos mínimos de seis meses. Al parecer, el papa estaba dispuesto a dejar a los españoles que aspiraban a la santidad oficial sin su principal mérito: el de venir recomendados por el Rey Católico.

Todo quedó, por tanto, paralizado, hasta 1644, fecha en que subió al solio pontificio el papa Inocencio X, favorable a los intereses españoles. El nuevo papa revocó las disposiciones dadas por su antecesor, con lo que quedó desbloqueado el proceso de canonización de Fernando III. Pero el desenlace final del mismo sólo se produjo en tiempos de otro papa igualmente favorable a España, Clemente X, quien reconoció el culto público a san Fernando eel 7 de febrero de 1671, reinando ya Carlos II.

La decisión papal fue comunicada a doña Mariana de Austria, madre y regente de Carlos II durante su menor edad. La bula papal autorizaba a celebrar anualmente la fiesta de san Fernando, en todos los reinos de la Corona de España, el día 30 de mayo por sere el día de su muerte y, excepcionalmente, autorizaba también que se festejara aquel acontecimiento de forma especial dentro del año de 1671, en la fecha que pareciera más conveniente. Inmediatamente la Reina gobernadora hizo publicar el breve y una cédula real de 23 de marzo, enviada a todas las ciudades, para que se celebrara el nuevo culto. El 3 de septiembre de 1672 Clemente X ampliò amplió la veneración de San Fernando a toda la Iglesia universal y lo incluyó en el martirologio romano. Según afirmó Antonio de Solís (3).

En junio se celebraron en la Real Capilla de Palacio los breves pontificios. El culto al rey santo permitió a los predicadores glosar la obediencia debida a un trono sagrado y la santidad comunicada al conjunto del linaje por medio de la sangre regia. Además, la elevación a los altares de Fernando III fue utilizado por la regencia de Mariana de Austria para asociar su gobierno con la “Pietas Austriaca” y para remarcar su estrecha relación con la sacralidad. En el discurso pronunciado por el predicador Bartolomé García de Escañuela el 7 de junio de 1671 con ocasión de la primera celebración del culto al Rey Santo, la reina doña Mariana fue caracterizada de “Santa” al estar vinculada por sangre con Fernando III, y relacionada con la reina Berenguela, madre del santo rey, reconocida por su prudencia y devoción (4). Y es que a la altura de 1671, la Reina regente, que ya había expulsado a Nithard, seguía trabajando en pos de su legitimación.

Podemos decir que en la época barroca, la Monarquía, a través de su proceso absolutista, lograba convertirse en la instancia suprema. Pero tan importante como el ejercicio del poder era su representación, como señala Saavedra Fajardo, uno de sus principales teóricos. La imagen sagrada de la realeza hispana se constituirá en el principal componente de la ideología política. Los distintos instrumentos de la propaganda regia incidirán en su carácter espiritualista, ya sea, a través del arte, la literatura y, muy especialmente, la fiesta, debido a su carácter masivo y en la que muy a menudo convergían los otros dos mecanismos, a través de los sermones, las representaciones teatrales, las arquitecturas efímeras y los emblemas que las decoraban. La sociedad sacralizada del Antiguo Régimen y la vinculación en la práctica entre el Estado y la Iglesia hacían verdaderamente fácil, y hasta inexorable, esta unión entre el Rey y Dios, fruto tanto de la convicción como de los intereses políticos.

En España no se insistirá en la deificación, como sucedía en la vecina Francia, pero sí en su título de “Rey Católico”. El ideal de “Príncipe Cristiano”, formulado por Ribadenayra en contraposición a Maquiavelo, será recurrente. Un rey que tandrá en la religión su verdadera Razón de Estado y que encontrará en la virtud su guía para lograr el favor divino. En la historia se hallarían algunos modelos de monarcas virtuosos o piagoso, elevados a la mitificación, como Felipe II y, por supuesto, Fernando III. Para la mentalidad de la época se trataba ya de un santo y del rey ideal, cuya piedad y defensa de la Fe contra herejes y, sobre todo, infieles, había sido premiada por la providencia con la reconquista de Andalucía.

Si había un rey necesitado de un impulso propagandístico, e incluso legitimador, ese era Carlos II (5), sobre todo, durante su minoría de edad. Su naturalezza enfermiza y la situación anómala de una regencia que favorecía las luchas cortesanas, provocaban que la opinión pública contraria al gobierno, frente a los distintos validos de la Reina doña Mariana de Austria, se estuviera desarrollando más que nunca.

La canonización de Fernando III, apoda con vehemencia por Felipe IV y la Reina gobernadora, como ya hemos visto, llegaba en el mejor momento. La explosión del fervor religioso, sobre todo en el sur de España, donde existía una gran devoción al nuevo santo, no iba a ser la única consecuencia. Se ponía en marcha el “espectáculo del poder” (6), uno de los principales mecanismos de dominación, de difusión ideólogica y adhesión, con los que contaba la Monarquía, así como las demás instancias del poder: la fiesta. Las ideas de Maravall (7) sobre la cultura barroca, si bien, matizadas por diversos autores, siguen siendo válidas. Se buscaba la adhesión extrarracional, movilizar los ánimos hacia un poder y una determinada concepción del mundo, y para ello nada mejor que tratar de seducir, de conmover, de afectar a los individuos por medio de la fiesta. Era la puesta en práctica de la retórica aristotélica tomada por el Barroco para conseguir la dominación persuasiva: “docere, delectare, movere”.

No se puede dudar del carácter monárquico de las fiestas de 1671, teniendo en cuenta sus promotores y fines. Mariana de Austria fue su impulsora, como hemos visto ya, ordenando a todas las instancias de poder que la celebraran.

Los santos eran los grandes héroes de aquella sociedad sacralizada y empapada de trascendencia. La canonización de un rey castellano redundaba en el prestigio de la institución monárquica, pero especialmente en el de su titular. La relación entre el rey santo y Carlos II favorecía la imagen piadosa y sagrada del monarca actual y también la de su madre y regente, a la vez que se dotaba a la publicística regia de un carácter triunfalista, en medio de la realidad decadente, con la vinculación con aquel antepasado victorioso. Esta identificación se pone directamente de manifiesto en la literatura de los sermones, canciones, emblemas y arte efímero, desarrollados en el marco de aquellas fiestas. En las funciones realizadas por la Inquisición en Códoba, en el convento de San Pablo, aparecían en un mismo escenario el estandarte de San Fernando, el retrato de Carlos II y el ave fénix en el momento en el que se consume en el fuego antes de renacer; Carlos II era el ave fénix renacido de las cenizas de su abuelo, tal como explica el autor de la relación festiva (8).

Pero, a su vez, eran fiestas religiosas, con un contenido también propagandístico de la Iglesia a nivel nacional. Numerosas eran las celebraciones religiosas en las que de forma directa o indirecta se exaltaba a la Monarquía. Fiestas inmaculistas y de desagravios promovidas por la Corona, el establecimiento de funciones anuales como la Virgen del Patrocinio de 1656, rogativas y acciones de gracias en guerras, nacimientos de príncipes, … mostraban la piedad de los monarcas y la solidaridad entre el Absolutismo y la Contrarreforma. Aunque, posiblemente, en las fiestas de San Fernando, la transposición de intereses regios a realidades sacras llegó a su máxima, o cuanto menos novedosa, expresión.



Fuentes principales:

* Álvarez-Ossorio Alvariño: "La sacralización de la dinastía en el púlpito de la Capilla Real en tiempos de Carlos II". Criticón, 2002.

* Amigo Vázquez, Lourdes: “La apoteosis de la Monarquía Católica Hispánica. Fiestas por la canonización de San Fernando en Valladolid (1671)”. En: Aranda Pérez, Francisco José: "La declinación de la monarquía hispánica en el siglo XVII". Ed. Universidad Castilla La Mancha. Cuenca, 2004. pp. 189-207.

* Palacios, María: “La estética barroca al servicio de un Estado inquisitorial”. Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV, H." Moderna, t. IV, 1991, págs. 137-162.

* Mínguez Cornelles, Víctor Manuel: “Visiones de la Monarqía Hispánica”. Universitat Jaume I, 2007.


Notas:

(1) Varela, J., “La muerte del rey. El ceremonial funerario de la monarquía española (1500-1885)”, Madrid, Turner, 1990.

(2) A modo de ejemplo baste citar a la monarquía rival de Francia, que contaba con un rey santo desde 1297, el famoso San Luis (Luis IX).

(3) Antonio de Solís: “Gloria póstuma en Sevilla de S.Fernando rey de España desde su feliz tránsito hasta la última translación de su incorrupto cuerpo en el año 1729”, Ayuntamiento de Sevilla. Sevilla, 1999.

(4) Sobre el sermón del obispo de Puerto Rico declamado en la real capilla el 7 de junio de 1671. “Ceremonial de la majestad y protesta aristocrática: la Capilla Real en la corte de Carlos II”, en Juan José Carreras y Bernardo José García García (eds.), “La Capilla Real de los Austrias. Música y ritual de corte en la Europa moderna”. Madrid, Fundación Carlos de Amberes, 2001, pp. 382-384.

(5) Sobre la construcción de la imagen piadosa de Carlos II, dentro de este impulso propagandístico véase Álvarez-Ossorio, Antonio: “Virtud Coronada: Carlos II y la piedad de la Casa de Austria” en Fernández Albadalejo, Pablo y Pinto Crespo, Virgilio: “Política, religión e inquisición en la España moderna”. Madrid, 1996.

(6) Monteagudo Robledo, María Pilar: “El espectáculo del poder: fiestas reales en la Valencia Moderna”. Valencia, 1995.

(7) Maravall, José Antonio: “La cultura del Barroco”. Barcelona, 1986.

(8) Palacios, María: “Una fiesta barroca organizada por la Inquisición de Córdoba en honor de San Fernando”. Porto, 1991.