miércoles, 28 de septiembre de 2016

Fernando de Valenzuela, un valido advenedizo (Parte XIV)

1. Retrato de don Gaspar de la Cerda Sandoval Silva y Mendoza, Conde de Galve y Virrey de Nueva España (1690). Anónimo. Museo Nacional de Historia de Castillo de Chapultepec, Ciudad de México.

Pasados los diez años de su destierro en Filipinas, Fernando de Valenzuela fue liberado por cédula de 7 de junio de 1687, lo cual se le comunicó el 24 de septiembre de 1688. No obstante, no se le permitiría regresar a la Península, como hubiera sido su deseo, sino que debería permanecer en Nueva España.

Para entonces don Juan José de Austria ya había muerto (17 de septiembre de 1679), el nuevo hombre fuerte en la Corte era el Conde de Oropesa, primer ministro desde 1685 como sucesor en el puesto del Duque de Medinaceli, ambos antiguos conocidos de Valenzuela. Por otra parte, la reina madre doña Mariana de Austria se había reconciliado con su hijo y trasladado de nuevo a Madrid, circunstancia que se apunta como razón principal del permiso para salir de las Filipinas. Que el ansiado retorno a la Península no se llegase a producir parece que fue debido a la intervención de Jerónimo de Eguía, a la sazón Secretario de Estado, y antiguo enemigo de Valenzuela, aunque no hay que descartar que Oropesa interviniese también para evitar la vuelta de un potencial rival político.

La lucha constante de su esposa en la Corte hizo que el Rey dispusiese, por Orden de 15 de enero de 1689, devolver a doña María Ambrosia de Ucedo la jurisdicción y rentas de las villas de San Bartolomé de los Pinares (Villasierra), del Herradón y de otros lugares propiedad de don Fernando, que habían sido secuestrados por la Real Hacienda por decreto de 21 de agosto de 1677.

En una carta escrita por Valenzuela y dirigida al Rey, fechada el 4 de octubre de 1688, solicitaba el permiso para ir a morir a España, y más concretamente al lugar que había dado nombre a su Título de Castilla: San Bartolomé de Villasierra. Asegurando “(…) a V. M. que mi edad, achaques y desengaños de lo peligroso, falaz e inquieto de las cortes, están para apetecer ni desear otra cosa”.

Valenzuela partió de Manila a bordo del galeón Santo Cristo de Burgos el 28 de junio de 1689 y tras realizar la siempre larga travesía del Tornaviaje, llegó al puerto de Acapulco el 18 de diciembre de 1689. Con el levantamiento de su pena, había sido restituido en los honores de su Título de Castilla, que no en su uso, y al llegar a la Ciudad de México fue recibido por el entonces virrey Gaspar de la Cerda Silva Sandoval y Mendoza, Conde de Galve (1), a quien se había dirigido deforma previa, y en sentida misiva, para comunicarle su próxima llegada. En la misma se nos dan a conocer los antiguos lazos entre ambos personajes:

Con amorosa y rendida instancia suplico á Vuestra Excelencia considere lo siguiente, al viso de su gran sangre, punto y garbo de caballero, sin otras especies remotísimas de mi desengaño y conocimiento propio; y paso á acordar á Vuestra Excelencia cuán antiguo y favorecido criado soy de la Casa del Infantado, cuyo blasón he mantenido en próspera y adversa fortuna, al cual correspondí como pude y consta á Vuestra Excelencia, así con los señores duques, padre y hermano de Vuestra Excelencia, como con mi señora, con el señor Conde de Galve, Vuestra Excelencia y el señor don José (qué esté en gloria), veo y confieso que la solicitud mía fue superflua á vista de tanto mérito; pero la refiero como crédito de mi buena ley en todos lances, y que sólo incurriendo en el de ingrato podía esperar que Vuestra Excelencia me degradase de los honores que le debí en Madrid, pues son crédito del esplendor del dueño la conservación y fomento de los lustres del siervo, y nadie dejará de extrañar ni creerá que Vuestra Excelencia se retira de lo obrado sin causa suficiente, lo cual redunda en desdoro de mi fineza; porque, ¿quién ha de creer que el que debe conservar como fuente del honor le ultraje sin sombras que perturben su cristal?

Valenzuela llegó a la capital novohispana el 28 de enero de 1690. Y el 29 de enero, en comunicado al Virrey, volvía a pedir el pasar a terminar sus días a España, tal y como ya lo había hecho en la ya mencionada carta dirigida al Rey de 4 de octubre de 1688. Pasó entonces don Fernando, mientras confiaba en su regreso a la Península, a instalarse con lujo en una casa situada al costado poniente del Convento de San Agustín. De dicho acomodo fue informado Carlos II por parte del Conde de Galve en carta de 5 de febrero de 1690.

La vida social de Valenzuela debió volver a ser intensa y se sabe que el miércoles 9 de mayo de 1691, se organizó una máscara o desfile con motivo del casamiento de Carlos II con su segunda mujer, la reina doña Mariana de Neoburgo. Dicho desfile fue organizado en nombre de la Universidad de México por don Fernando de Valenzuela.


                                                                                                                             CONTINUARÁ...


Notas:

(1) Don Gaspar de la Cerda Sandoval Silva y Mendoza (1653-1697), era hijo de don Rodrigo Díaz de Vivar de Silva y Mendoza, IV Duque de Pastrana, y de doña  Catalina Gómez de Sandoval y Mendoza, VIII Duquesa del Infantado y, por tanto, hermano de don Gregorio de Silva y Mendoza, V Duque de Pastrana y IX del Infantado etc. Recordemos que Valenzuela había sido paje del IV Duque de Pastrana en los años en los que éste fue Virrey de Sicilia.

Fuentes:

1. Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Precedencia y dirección del Gobierno. El ascenso ministerial de Fernando de Valenzuela en la Corte de Carlos II" en García García  Bernardo J. y Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Vísperas de Sucesión. Europa y la Monarquía de Carlos II". Fundación Carlos de Amberes, 2015.

2. Castillo Soto, Josefina: "Don Juan José de Austria (hijo bastardo de Felipe IV): Su labor política y militar". UNED, 1991.



3. Luque Talaván. Miguel: "La inconstante fortuna de Fernando de Valenzuela y Enciso. Su destierro en las islas Filipinas y los últimos años en la ciudad de México (1678-1692)". Archivo Agustiniano, XCV (2011), 213-244.

4. Ruiz Rodríguez, Ignacio: "Don Juan José de Austria en la Monarquía Hispánica. Entre la política, el poder y la intriga". Dykinson, 2007.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Fernando de Valenzuela, un valido advenedizo (Parte XIII)

      1. Plaza ensenada de Cavite con sus fortificaciones y pueblos cercanos (1663). Archivo General de Indias, Sevilla.

Una real cédula de 28 de febrero de 1678 dirigida al Gobernador y Capitán General de las Islas Filipinas don Juan de Vargas Hurtado venía a organizar la vida de Fernando de Valenzuela en su nueva morada, el Castillo de San Felipe de Cavite:

“(…) Y os mando que luego que llegue deis orden al castellano del castillo de San Phelippe del Puerto de Cavite, para que le reciba y tenga en dicho castillo,con toda custodia y seguridad, y sin permitir que para effecto alguno salga de él, ni ninguno de los dos criados, con advertencia que si alguno de ellos saliere, no ha de bolber a entrar. Y siendo necessario le señalareis persona que acuda a lo que hubieren menester de afuera. Y al castellano ordenareis que no le dexe hablar con nadie, sino en presencia de guardas (que le pondrán de toda confianza) y no en secreto con persona alguna, no le permita escribir ni recibir cartas, ni a ninguno de su familia.Y para que tenga lo necesario para alimentarse, os mando que le hagais acudir con lo que juzgáredes precisso e innescusable, con que a lo más no exeda de lo que importa el salario de un oydor de mi Audiencia de Manila, procurando que sea menos, todo lo que se pueda.Y como quiera que para este effecto, quede qualquiera caudal que me pertenezca le hagais acudir y que se le acuda, os encargo, en las primeras vacantes que hubiere de encommiendas a vuestra distribuction, appliqueys a este gasto lo necessario para escusarle a mi Real Hacienda, fiando de vuestro zelo y applicación a mi serbicio que lo executareis todo con la precissión y puntualidad que os mando. Y que en la primera ocassión que podáis, me dareis cuenta, remittiendo testimonio authéntico de quedar en el dicho castillo, y de lo que hubiéredes dispuesto, assí enquanto a la forma de asistirle como en las prevenciones con que ha de estar”.

Por no haberla, y para su habitación, se construyó una casa en el citado Castillo de San Felipe. De los diez largos años de su prisión, se conservan algunos documentos referidos a la situación del prisionero: dos reales cédulas de 8 de febrero de 1684 y una reducida correspondencia mantenida entre el Gobernador y Capitán General de Filipinas y el castellano de Cavite don Alonso de Aponte y Andrade transladan la preocupación de las autoridades insulares ante un posible intento de fuga del antiguo Primer Ministro, o ante la eventualidad de que alguna de las naves de naciones vecinas atracadas cerca del castillo intentasen su liberación en una acción sorpresa.

En una carta de 27 de noviembre de 1686 dirigida por Carlos II al Gobernador don Gabriel de Curucelaegui y Arriola en contestación a la suya de 31 de mayo de 1685 se decía que: “(…) en cumplimiento de la Cédula de 31 de julio del de 1682, alzasteis a don Fernando de Valenzuela las prohibiciones de ablar, escrivir, recivir cartas y salir sus criados del Castillo deCavite, donde decís quedava asegurado, de que remitis testimonio. Y visto en mi Consejo de las Indias, ha parecido deciros, como lo hago, que esta bien lo que en esto aveis executado (...).

Era así como la dureza de su cautiverio se veía aliviada al permitírsele, entre otras cosas, escribir y recibir cartas, aspecto prohibido en los años antecedentes de su encarcelamiento. Circunstancia que Valenzuela aprovechó para dirigir al Rey un memorial en donde exponía su pesar por lo que a sus ojos era una injusta prisión y castigo:

Señor, favorecidos y Ministros han perecido a la ciega influencia de la emulación o a la justa calumnia de su crimen, acreditada en el castigo público. Pero que en el Católico Gobierno de V.M. se oiga y vea castigar al vasallo (y de la constitución en que la magnificencia de un Rey puede ponerle) sin que el vasallo sepa su delito, dé descargo ni escuche el nombre de su Rey (siquiera para logro de sacrificar a su orden, el padecer), no tiene ejemplar, ni el eco de tan irregular golpe puede dejar de resonar en todo el orbe”.

Ahondaba también en la pesadumbre de su prisión, en su difícil y vigilada vida en Cavite, implorando a Carlos II la gracia de un alivio a tanto pesar. Acerca de su situación dice también que cuando llegó a Cavite:

“(…) donde luégo le entregaron preso al castellano del Castillo San Felipe, y en él le tienen, y ha estado hasta el presente dia en tan rigorosa prision que no se le permitia ver ni hablar á persona alguna sin guardas de vista, ni salir de dos aposentos que tiene por habitación, con todos los gravámenes que caben en los criminales más execrados. Esto, sobre tantos y tan contínuos trabajos y necesidades como ha pasado desde que le sacaron del Escorial (…)”.

De sus palabras se desprende el desengaño, incomprensión ante las injusticias, fugacidad de la fama, el recuerdo de la familia dejada atrás…precisamente los temas que aparecen en una de las facetas más desconocidas de Valenzuela, la de literato. Según Wenceslao Emilio Retana, máximo representante de "Filipinismo" moderno, Valenzuela compuso en su prisión de Cavite varias obras literarias, poesías y comedias, que desgraciadamente no conocemos por ahora, tocaba la guitarra y solía recibir muchas visitas, frecuentemente de religiosos. Hecho que, por otra parte, no debería sorprender si tenemos en cuenta que es bien sabido que durante la regencia de doña Mariana de Austria, Valenzuela organizó varias representaciones teatrales a las que asistía la Corte. En ellas, ejerció como director de escena, encargándose también de los decorados y del vestuario. Su ayudante era el Conde de Galve, hermano del Duque de Pastrana, que más adelante será Virrey de la Nueva España y protector del don Fernando durante el período en que, tras abandonar Filipinas, pasase a residir en México.


CONTINUARÁ...


Fuentes:

1. Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Precedencia y dirección del Gobierno. El ascenso ministerial de Fernando de Valenzuela en la Corte de Carlos II" en García García  Bernardo J. y Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Vísperas de Sucesión. Europa y la Monarquía de Carlos II". Fundación Carlos de Amberes, 2015.

2. Castillo Soto, Josefina: "Don Juan José de Austria (hijo bastardo de Felipe IV): Su labor política y militar". UNED, 1991.

3. Luque Talaván. Miguel: "La inconstante fortuna de Fernando de Valenzuela y Enciso. Su destierro en las islas Filipinas y los últimos años en la ciudad de México (1678-1692)". Archivo Agustiniano, XCV (2011), 213-244.

4. Ruiz Rodríguez, Ignacio: "Don Juan José de Austria en la Monarquía Hispánica. Entre la política, el poder y la intriga". Dykinson, 2007.



lunes, 5 de septiembre de 2016

Fernando de Valenzuela, un valido advenedizo (Parte XII)


1. Viaje de don Fernando de Valenzuela desde España hasta su exilio filipino.

Carlos II, en cumplimiento de lo dispuesto por el nuncio Millini el 9 de febrero de 1678, envió varias reales cédulas referidas al destierro de Valenzuela el 28 de febrero de ese mismo año. Cabe destacar la dirigida al Virrey de Nueva España en la que se describe con detalle el destino y los términos del exilio:

“El Rey. Mi Virrey de la Nueva-España: hallándose don Fernando Valenzuela en la villa de Consuegra debajo de la protección de la Iglesia y pendiente de la causa de inmunidad, el Nuncio de Su Santidad, en virtud de comisión particular que para ello tuvo de la Sede Apostólica en vista de los autos que contra él se habían escrito por los ministros seculares, y considerando que de la residencia de dicho don Fernando en estos reinos puede resultar perjuicio á su persona y también á la quietud pública, y pareciendo ser del servicio de Dios Nuestro Señor y mío, usando de la facultad que le está concedida en dicha comisión, despachó mandamientos en 9 de este mes de Febrero, relegando á dicho D. Fernando Valenzuela á las Islas Filipinas, donde esté por tiempo de diez años, para que durante ellos no pueda salir del fuerte de Cavite, que se le señala por su morada y habitación por el dicho tiempo; y se le manda no salga de él, pena de excomunión mayor y otras, al arbitrio del Nuncio, lo contrario haciendo; para cuyo cumplimiento, mando que el General de galeones le llevase en la Capitana de ellos, y á Doña María de Uceda su mujer, un hijo y una hija que tienen, y dos criados y dos criadas hasta el puerto de la Habana, sin dejarle saltar a tierra ni á ninguno de su familia, sin hablar con nadie sino en presencia de los guardas que le pusiesen de vista, y no en secreto, ni permitirles escribir ni recibir carta; y que si al llegar los dichos galeones al puerto de la Habana se hallase en algún bajel de los cinco de la armada de Barlovento, lo entregase con la dicha familia al Capitán ó Cabo de él para que los llevase al de Veracruz de este reino; y que en caso de no hallarse allí Capitán alguno de dicha armada cuando llegase, lo entregasen al castillo del Morro de aquel puerto para que estuviese en él hasta que hubiese navío en que transportarlo, con órden al Cabo que lo llevare, que luégo que llegue al dicho puerto de la Veracruz lo entregue al castellano del castillo de San Juan de Ulúa, al cual mando por Cédula de la fecha de esta que lo reciba y tenga en él, y á la dicha su mujer y familia, con toda guarda y custodia hasta que vos mandéis; que desde esa ciudad vaya el carruaje y personas que tuviereis por conveniente, que con el cuidado y prevenciones referidas le lleven, y á la dicha familia, a ciudad de Méjico ó á la parte que por mejor tuviereis, adonde esté en el ínterin que haya nao para Filipinas; que en la primera que saliere para aquellas Islas, dispondréis y daréis órden para que sea llevado, encargando, así á la persona que lo llevare hasta el puerto de Acapulco, como al Cabo que lo recibiere y dicha su familia á bordo de la nao en que hubiese de ir, lo lleve con las dichas prevenciones y custodia hasta entregarlo al castellano del castillo de Cavite, con órden del Gobernador y Capitán general de aquellas Islas, para el cual os remito Cédula con esta mandándole que le haga recibir y tener en el dicho castillo con la dicha su mujer, hijos y criados, con calidad: por lo que toca á la mujer é hijos, a de ser á su voluntad estar ó no en dicho castillo, con sólo la prohibición de que si elige entrar con su marido, no ha de poder salir sino es que quiera irse para no volver á entrar; y para los gastos que fuere necesario hacer, así en los carruajes como en el sustento del dicho D. Fernando y su familia desde que salga de la Veracruz (que el tiempo que allí estuviere envío a mandar á mis Oficiales Reales de aquella ciudad den para su sustento tres pesos cada día) hasta que llegue al puerto de Acapulco, y lo que costare el rancho que se hiciere para la embarcación, lo haréis pagar de mi Real Hacienda, procurando respecto de los alcances de ella que sea con toda la moderación posible. Y mando á mis Oficiales Reales de esa ciudad que paguen lo que para esto libráredes sobre ellos. Y de lo que en todo se ejecutare, me daréis cuenta en la primera ocasión (…)".

Valenzuela partió del castillo de Consuegra el 2 de abril de 1678, llegando a Cádiz en donde fue alojado en el fuerte del Puntal, situado extramuros de la localidad. Allí permaneció hasta el 14 de julio del mismo año. 

En Cádiz, embarcó solo, ya que su familia había decidido no seguirle en su destierro, en la Flota de Tierra Firme rumbo a Puerto Rico el 14 de julio de 1678. Parece ser que la decisión de su mujer de no acompañarle se debe a que doña María de Ucedo debió pensar que, quedándose cerca de la Corte, podría tratar de recuperar los bienes incautados a la familia. Lo que finalmente consiguió unos años más tarde como veremos.

De Puerto Rico Valenzuela embarcó en la Flota de Nueva España llegando finalmente a Veracruz, en cuyo castillo de San Juan de Ulúa estuvo preso desde el 15 de octubre de ese mismo año hasta el 20 de febrero de 1679, día en el que fue conducido a Acapulco, embarcando por último el 31 de marzo para su destino final a bordo del galeón San Antonio. Tras un largo viaje, en el que había estado a cargo del general Felipe de Montemayor y Mansilla, llegó finalmente a Filipinas:

"(…) llegó a éstas Islas en 31 de julio de 1679, y habiendo dado fondo en el puerto de Palapag, el mismo general le traxo a su cargo al puerto de Cavite, en cuya fuerza y castillo de S. Phelippe se le tenía ya fabricado en medio della un quarto de madera, capaz, adonde con la guardia necessaria se pusso su persona y la de dos criados suyos, y todo dando cumplimiento a lo que Su Magestad mandava por su Real Cédula, (…)".

CONTINUARÁ...


Fuentes:

1. Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Precedencia y dirección del Gobierno. El ascenso ministerial de Fernando de Valenzuela en la Corte de Carlos II" en García García  Bernardo J. y Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Vísperas de Sucesión. Europa y la Monarquía de Carlos II". Fundación Carlos de Amberes, 2015.

2. Castillo Soto, Josefina: "Don Juan José de Austria (hijo bastardo de Felipe IV): Su labor política y militar". UNED, 1991.

3. Luque Talaván. Miguel: "La inconstante fortuna de Fernando de Valenzuela y Enciso. Su destierro en las islas Filipinas y los últimos años en la ciudad de México (1678-1692)". Archivo Agustiniano, XCV (2011), 213-244.

4. Ruiz Rodríguez, Ignacio: "Don Juan José de Austria en la Monarquía Hispánica. Entre la política, el poder y la intriga". Dykinson, 2007.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Fernando de Valenzuela, un valido advenedizo (Parte XI)

1. "La prisión de Valenzuela", obra de Manuel Castellano (1866). Museo del Prado de Madrid.

Don Juan José obró con rapidez. Cuando el 21 de enero de 1677 partía de Hita, una tropa de unos 500 jinetes se hallaba ya camino de El Escorial, donde pensaba apresar a Valenzuela. A las órdenes de don Antonio de Toledo, hijo del Duque de Alba, y del Duque de Medina Sidonia, éstos llegaban a su destino la mañana del 22 cercando todo el recinto del monasterio. A su encuentro saldría saldría el Prior, al que exigieron la entrega de Villasierra por orden de don Juan José de Austria. El máximo mandatario del Real Monasterio les respondió que para ello sería necesario que le entregasen una orden escrita del mismo Rey. Al no tenerla, los nobles alegaron que dicho mandato había sido realizado de manera oral, ante lo cual fray Marcos de Herrera se negó en rotundo a entregar a aquel que había recibido el amparo eclesiástico, advirtiéndoles de que no perturbaran la paz de aquel sacro lugar.

Poco después se haría entrega de un escrito al Prior en donde solicitaban una entrevista privada con don Fernando de Valenzuela, buscando que éste saliese voluntariamente de dicho lugar y se entregase. Sin embargo, Villasierra se negó a salir del Monasterio, indicando que se encontraba allí en virtud de una licencia otorgada por el Rey y que, para retirarse, sería necesaria otra carta en contra que procediese del mismo.

Con aquella negativa, al día siguiente los juanistas entraron por la fuerza en el Monasterio. Tras un minucioso registro no consiguieron encontrar a Valenzuela, el cual se había escondido en un desván. De allí pasaría a la celda de un religioso en donde, por fin, sería encontrado y apresado.

Mientras todo esto acaecía, en la madrugada del 23 de enero, a las cinco horas, don Juan José de Austria había hecho finalmente su entrada triunfal en la capital de la Monarquía, pasando a alojarse en el Palacio del Buen Retiro, donde se hallaban ya desde varios días antes Carlos II y el Duque de Medinaceli.

Una vez en manos de los asaltantes, Valenzuela sería llevado preso a Consuegra el 27 de enero, donde sería encerrado en una torre del castillo prioral, propiedad de don Juan José de Austria, y, por decreto real, privado de todos los honores, preeminencias y prerrogativas obtenidas durante su privanza. Por otra parte, se ordenaría el confinamiento de su mujer, doña María de Ucedo, e hijos en el Convento de las Ursulinas de Talavera de la Reina, a los que, sin embargo, se les concedía 4.000 ducados de renta por juro de heredad situados en lo mejor de su hacienda. Hubo, por tanto, un auténtico ensañamiento con Valenzuela.

Cabe destacar que el apresamiento de Valenzuela y el asalto del monasterio escurialense provocaron una situación más que tensa con las autoridades eclesiásticas, Tras varias cartas cruzadas entre la Corona y la Santa Sede, ésta aceptó devolver a Valenzuela a la justicia eclesiástica. En un primer momento el antiguo privado sería trasladado a la iglesia de Tembleque, en donde sería entregado al vicario general de Madrid, don Francisco Forteza, para posteriormente ser llevado de nuevo a Consuegra, ahora bajo la protección de la jurisdicción eclesiástica. 

El 28 de febrero de 1677 se reunió la congregación de la Inmunidad para tratar de solucionar el conflicto de competencias. Se aprobó la intervención del nuncio papal, Savo Millini, requerida por el Prior de El Escorial, que, tras hacerse con la causa por el fallecimiento del Arzobispo de Toledo, don Pascual de Aragón, y sin haber sentencia condenatoria, requisó los bienes de Valenzuela y acto seguido, el 9 de febrero de 1678 ordenó sus destierro a las Islas Filipinas por un periodo de diez años. Entre sus bienes se encontraban desde las alhajas hasta el ajuar doméstico, pasando por el mobiliario, alfombras, tapicerías, colgaduras, pinturas, armas, ropa personal, etc. La jurisdicción y rentas de sus villas de Villasierra y del Herradón y de otros lugares de su propiedad fueron igualmente secuestrados por la Real Hacienda. 

Con el destierro a Filipinas de Valenzuela y el alejamiento a Toledo de la reina madre doña Mariana de Austria, don Juan José de Austria se hacía definitivamente con el control total del la Corte, el Rey y el Gobierno universal de la Monarquía.

CONTINUARÁ...


Fuentes:

1. Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Precedencia y dirección del Gobierno. El ascenso ministerial de Fernando de Valenzuela en la Corte de Carlos II" en García García  Bernardo J. y Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Vísperas de Sucesión. Europa y la Monarquía de Carlos II". Fundación Carlos de Amberes, 2015.

2. Castillo Soto, Josefina: "Don Juan José de Austria (hijo bastardo de Felipe IV): Su labor política y militar". UNED, 1991.

3. Luque Talaván. Miguel: "La inconstante fortuna de Fernando de Valenzuela y Enciso. Su destierro en las islas Filipinas y los últimos años en la ciudad de México (1678-1692)". Archivo Agustiniano, XCV (2011), 213-244.

4. Ruiz Rodríguez, Ignacio: "Don Juan José de Austria en la Monarquía Hispánica. Entre la política, el poder y la intriga". Dykinson, 2007.

martes, 9 de agosto de 2016

Fernando de Valenzuela, un valido advenedizo (Parte X)

1. Retrato de don Juan José de Austria dentro del libro de Gaspar Sanz "Instrucción de música sobre guitarra española". Zaragoza, 1674. BNM.


Al poco de publicarse el famoso Manifiesto de los Grandes, Valenzuela se retiró a El Escorial junto a su mujer embarazada y sus dos hijas, acompañado por una escolta de veinte "chambergos". Allí Villasierra quedaría amparado por el asilo eclesiástico. Sin embargo. el Consejo de Estado recomendaba al Rey alejarle incluso aún más:

"el primer paso que se debe dar es apartar y asegurar la persona del marqués de Villasierra, porque estarse en El Escorial, no es tan apartado y asegurado...que Vuestra Majestad le mande salir de San Lorenzo, y que un alcalde, u otro sujeto le lleve al Alcázar de Segovia...".

Con todo, y después de haberse decantado el Rey finalmente por la localidad escurialense, enviaría una carta el 23 de diciembre al padre fray Marcos de Herrera, prior del Real Convento, pidiendo que allí fuese recibido y acogido don Fernando de Valenzuela:

"Venerable y devoto fray Marcos de Herrera, prior del convento Real de San Lorenzo. En caso en que don Fernando de Valenzuela, marqués de Villasierra vaya a ese convento, os mando le recibáis en él y le aposentéis en los aposentos de Palacio, que le señalaron cuando yo estuve en ese sitio, asistiéndole en todo cuanto hubiere menester para la comodidad y seguridad en su persona y familia, y para los demás que pudiere ofrecérsele, con el particular cuidado y aplicación que fío de vos en que me haréis servicio muy Grande".

Por otra parte, en la semana anterior a Navidades la reina doña Mariana de Austria intentó desesperadamente defenderse ordenando en reiteradas ocasiones al presidente del Consejo de Castilla, apresar a los cabecillas de la conjura: Alba, Osuna y Medina-Sidonia. Desde una postura desafiante, los tres hicieron saber que estaban armados y dispuestos a defenderse. No obstante, el presidente, el Conde de Villaumbrosa, se negó a ejecutar la orden. movido, probablemente por su repulsa tanto a Valenzuela como al comportamiento de la Reina en el otoño de 1676, así como por el temor a una guerra civil.

Mariana de Austria echó mano de lo único que creía capaz de controlar la situación: llamar al Arzobispo de Toledo y Primado de España, el cardenal Pascual de Aragón, a la capital, donde haría su entrada el 24 de diciembre. Después de 11 años de regencia, la Iglesia y la nobleza, recuperaban el poder perdido y se hacían dueños de los acontecimientos políticos.

2. Retrato de don Pascual de Aragón, obra de Alberto Pérez (1678).

El prestigio de don Pascual de Aragón se mantenía intacto y su poder sobre la Iglesia castellana era enorme, No obstante, como ya en otras ocasiones, no se sintió capaz de asumir el Gobierno que se le ofrecía. En su lugar, se creó una Junta en los días de Navidad en la que él, el Almirante de Castilla, el Condestable, el Duque de Medinaceli, el Rey y doña Mariana trataron de manejar el curso de los acontecimientos.

Pero los ánimos en Madrid estaban totalmente agitados, el rearme del Palacio impulsado por Valenzuela y el revuelo de las masas populares hicieron temer lo peor. Algunos de los conjurados y, sobre todo, don Pedro de Aragón (hermano del Arzobispo de Toledo) no resistieron la tensión y comenzaron incluso a aproximarse de nuevo a Valenzuela y la Reina. No obstante, la resolución de los otros, principalmente de Alba, Osuna y Medina-Sidonia, no dejaba cabida a otras solución que no fuera la fijada por los Grandes.

Por consejo de don Pascual de Aragón y del Almirante, Carlos II acabó enviando el 27 de diciembre el siguiente billete a su hermano don Juan José de Austria:

"Don Juan de Austria, mi hermano: Habiendo llegado las cosas universales de la Monarquía a términos de necesitar de toda mi aplicación y dar cobro ejecutivo a las de mayor importancia, en que os hallo tan interesado; debiendo fiar de vos la mayor parte de mis resoluciones; he resuelto ordenaros vengáis sin dilación alguna a asistirme en tan grave paso, como lo espero de vuestro celo a mi servicio, cumpliendo en todas las circunstancias de la jornada lo que es tan propio de vuestras obligaciones".

Al mismo tiempo, la reina doña Mariana enviaba al Príncipe una carta en la que ratificaba la orden de su hijo con un requerimiento en los mismo términos:

"Don Juan, mi primo: El Rey, mi hijo, ha resuelto, como entenderéis por la que os escribe, que vengáis luego a asistirle al expediente de los negocios universales; y yo he querido deciros de cuánto agrado y gusto me será que lo ejecutéis con la brevedad que solicita el estado de las cosas de la Monarquía, como lo fío de vuestro celo é intención: pudiendo aseguraros de lo que siempre atenderá a todo lo que fuera de vuestra mayor satisfacción".

Sin embargo, a diferencia de 1669 y 1675, don Juan José no veía con demasiada confianza su marcha a Madrid. Ya había visto frustrada en dos ocasiones su esperanza de servir como Primer Ministro de Carlos II, de ahí que, al contrario de lo que cabría esperar, éste se hubiera pasado los meses anteriores entregado plácidamente a otras ocupaciones, manteniendo sólo de manera esporádica contactos con Madrid. En secreto, sin embargo, Su Alteza, desde Zaragoza, hizo todos los preparativos oportunos para poder dar una pronta respuesta a las posibles señales que llegaran a Madrid. De ayuda le serviría ahora la posición que se había forjado en sus años de virreinato en Aragón, como padrino de la nobleza y del tercer estamento. Empezó a reunir soldados y pertrechos, se hizo con el control de la línea postal entre Cataluña, Aragón y Madrid, y avivó su apoyo a los diputados del Reino,

También en Cataluña don Juan pudo comprobar que la mayoría de los soldados estaban de su parte. Los jinetes catalanes a las órdenes de don Gaspar de Sarmiento representaban un importante refuerzo para las tropas juanistas. Bajo su enérgico mando, los jinetes marcharon rumbo oeste en continua afluencia hasta que el Príncipe hizo parada en Ariza al fin de organizar sus unidades.

Los datos discrepan a la hora de ponderar la fuerza y el número de su tropa: 3.000 soldados de infantería y 1.000 de caballería le atribuiría un cronista adverso; 7.500 y 1.600 son las cifras aportadas por un seguidor del Príncipe. En Madrid corrían rumores de que llevaba consigo hasta un total de 15.000 hombres; aunque ya poco después después se decía que sólo eran 1.000 soldados de infantería y 600 de caballería.

Al parecer, don Juan fue considerando cada vez más la idea de reducir su escolta, pues, por un lado, desconfiaba de la fuerza de una tropa demasiado heterogénea y, por otro, no quería entrar en la capital  como un "golpista", sino como aquel que había sido llamado por Carlos II. Cuando acampó finalmente en Hita (un territorio del juanista Duque del Infantado, al noreste de Guadalajara), sus soldados eran seguramente muchos menos de los que tenía en Ariza.

Hasta Hita se desplazaría don Pascual de Aragón para tratar allí con don Juan los detalles de su entrada en Madrid y pedirle que "deshiciese la gente", a lo que el Príncipe impuso dos condiciones: la prisión de Valenzuela y la extinción de la Guarda Chamberga.

CONTINUARÁ...


Fuentes:

1. Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Precedencia y dirección del Gobierno. El ascenso ministerial de Fernando de Valenzuela en la Corte de Carlos II" en García García  Bernardo J. y Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Vísperas de Sucesión. Europa y la Monarquía de Carlos II". Fundación Carlos de Amberes, 2015.

2. Castillo Soto, Josefina: "Don Juan José de Austria (hijo bastardo de Felipe IV): Su labor política y militar". UNED, 1991.

3. Luque Talaván. Miguel: "La inconstante fortuna de Fernando de Valenzuela y Enciso. Su destierro en las islas Filipinas y los últimos años en la ciudad de México (1678-1692)". Archivo Agustiniano, XCV (2011), 213-244.

4. Ruiz Rodríguez, Ignacio: "Don Juan José de Austria en la Monarquía Hispánica. Entre la política, el poder y la intriga". Dykinson, 2007.


lunes, 18 de julio de 2016

Fernando de Valenzuela, un valido advenedizo (Parte IX)

1. Retrato de don Fernando de Valenzuela, Marqués de Villasierra, obra de Claudio Coello. Real Maestranza de Ronda.

El meteórico ascenso de Valenzuela hizo que nobles y cortesanos, que incluso debían sus puestos a la intervención de Villasierra, y Grandes desatendidos por un Rey “marioneta”, mantuvieran comunicaciones fluidas desde agosto de 1676 con el fin de elaborar estrategias de actuación para derrocar al nuevo Primer Ministro y erigirse en los nuevos árbitros legítimos de la Monarquía Así, en un complejo proceso, la nobleza, de manera casi espontánea, se hizo dueña de la opinión pública y cortesana.

Los buenos modos orientados a conseguir el beneplácito de Carlos II habían fracasado, por lo que el Duque de Medinaceli y el Conde de Oropesa optaron en última instancia por el recurso a la violencia y la colaboración con don Juan José de Austria, que seguía los sucesos de la Corte desde su exilio zaragozano y que también intentó convencer al Arzobispo de Toledo, don Pascual de Aragón, de su participación en la expulsión de Valenzuela. El Duque de Medinaceli, sumamente prudente, se condujo con especial cautela en todo el asunto y trató de atraerse hacia sí la voluntad del Rey para protegerse de futuras represalias a la vez que fue pieza activa en la captación del citado Arzobispo para el recurso de la fuerza en el asunto Valenzuela. La carta que mandó a don Pascual es ilustrativa al respecto:

"Señor no quiero quietarme en mi celo y obligaciones, acompañados del conocimiento que me asiste, y en que me han constituido la experiencia de tan repetidos trabajos como en los que se ve este infeliz Palacio y esta desgraciada monarquía, si dejase ir la carta inclusa sin expresar a Vuestra Eminencia mi dolor en el horror que me deja ver tan ciego a quien se ha procurado abrir los ojos por todos los caminos de la conciencia, de las obligaciones de rey, de las de caballero y aún de las de hombre racional, que tengo testigos a Dios gracias…"

En septiembre de 1676 ocurrió un hecho que precipitó la evolución de los acontecimientos: el Marqués de Villasierra fue ascendido a Grande de España durante el desarrollo de una cacería con un suceso desafortunado: En el transcurso de tan saludable actividad para el adolescente Carlos II, éste logró cazar (según los testimonios de sus más allegados “cortesanos”) un fabuloso jabalí. Con la emoción el Rey disparó varios tiros al aire con tan mala suerte que uno de ellos acertó a dar en el pie de Valenzuela, El Rey quiso resolver el incidente con un gesto escandaloso que enervó a los nobles allí presentes: llamó a Villasierra y le pidió que "cubriese su cabeza", gesto tradicional para nombrar a un Grande de España, con derecho a compartir posición y privilegios con los más esclarecidos linajes de la Monarquía. Desde aquel bochornoso episodio, los Grandes y títulos, los cortesanos descontentos y don Juan Juan José de Austria, decidieron que Valenzuela debía ser expulsado de la Corte y con él la Reina madre, su gran valedora.

En noviembre tuvo lugar lo que Álvarez Ossorio ha denominado "Huelga de Grandes": los Grandes se negaron en rotundo a incluir a Valenzuela en su selecto círculo, así, en un acto de desobediencia al Rey sin precedentes en la monarquía de los Austrias, el 4 cuatro de noviembre, onomástica de Carlos II, los Grandes dejaron a Valenzuela solo en el banco de la Capilla Real, reservado para las altas dignidades y, el día del cumpleaños regio, 6 de noviembre, sólo acudieron a la ceremonia del besamanos cinco Grandes como protesta ante el reciente ascenso de Villasierra, incluso Medinaceli se disculpó por malestar físico en la audiencia pública de Valenzuela el día 10 de noviembre.

El 15 de diciembre casi todos los Grandes firmaron un manifiesto contra Valenzuela que certificaba la rebeldía de la nobleza y su respaldo incondicional a don Juan José de Austria: "declaramos que cualesquiere que intentaren oponerse a embarazar nuestros designios, encaminados al mayor servicio de Dios, de Su Magestad, y bien de la causa pública, los tendremos y trataremos como a enemigos jurados del Rey y de la patria uniéndonos todos contra ellos". Al final del manifiesto se hacía referencia concreta a la postura de don Juan José: "Y el Señor don Juan, en su particular, declara que el haber convenido el último de los tres puntos dichos que toca a su persona, es por haberlo juzgado los demás conveniente al servicio de Dios y del Rey, pues de su motivo propio, protesta delante de su Divina Magestad, no viniere en ello, por muchas razones".


Entre los nobles firmantes se encontraban las Casas de Alba, Osuna, Pastrana, Veragua, Gandía, Híjar, Camiña, Infantado, Lemos, Oñate, Medina-Sidonia, etc. Sin embargo, dos importantísimos nombres no suscribieron este comprometedor documento, se trataban, nada más y nada menos, que del Duque de Medinacli y el Conde de Oropesa. Sus razones parecen claras: Medinaceli siempre jugó con la ambigüedad propia de un experto cortesano, se mostró favorable a la expulsión de Valenzuela, incluso fue partidario del uso de la violencia, pero nunca abiertamente. Medinaceli procuró ante todo que no le salpicaran las posibles represalias que pudieran venir de uno u otro bando, calibró fríamente las consecuencias y decidió no firmar por lo que pudiera ocurrir, además si triunfaba don Juan José bien podría justificar su apoyo al bastardo con sus esfuerzos pasados. El Conde de Oropesa, tan cercano en intereses a Medinaceli y con un puesto importante que perder o conservar, debió realizar las mismas reflexiones. Ambos no firmaron y ambos llegaron a ser, tras la muerte de don Juan José de Austria, primeros ministros de la Monarquía. Tampoco estamparon sus nombres en el documento el Almirante, el Condestable o don Pascual de Aragón.

Con aquel manifiesto se confirmó la rebelión de la nobleza auspiciada por don Juan José de Austria. Un ataque a la Regente y al Marqués de Villasierra que se iba a saldar con los dos objetivos planteados por los conjurados: el alejamiento de doña Mariana de Austria y el encarcelamiento de Valenzuela.

CONTINUARÁ...


Fuentes:

1. Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Precedencia y dirección del Gobierno. El ascenso ministerial de Fernando de Valenzuela en la Corte de Carlos II" en García García  Bernardo J. y Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Vísperas de Sucesión. Europa y la Monarquía de Carlos II". Fundación Carlos de Amberes, 2015.

2. Castillo Soto, Josefina: "Don Juan José de Austria (hijo bastardo de Felipe IV): Su labor política y militar". UNED, 1991.

3. Luque Talaván. Miguel: "La inconstante fortuna de Fernando de Valenzuela y Enciso. Su destierro en las islas Filipinas y los últimos años en la ciudad de México (1678-1692)". Archivo Agustiniano, XCV (2011), 213-244.

4. Oliván Santaliestra, Laura: "Mariana de Austria en la encrucijada política del siglo XVII". UCM, 2006.

martes, 17 de mayo de 2016

Fernando de Valenzuela, un valido advenedizo (Parte VIII)

1. Estatua orante de don Pedro Fernández de Campo, primer Marqués de Mejorada. Museo Arqueológico Nacional de Madrid.


Desde principios de julio de 1676 el Marqués de Villasierra desplegó su labor política en el despacho de los negocios. Por un lado, continuaba inmiscuyéndose en los asuntos relativos a provisiones de oficios y dignidades civiles y eclesiásticas. Por otro, se implicó en el abastecimiento de alimentos a Madrid. En el mes de junio se había centralizado el abastecimiento de la carne en Madrid, al hacer depender los vendedores de carne del carnero del Rastro de las compañías de obligados que gestionaban la carne en la Villa y su alfoz. Como se detallaba en un diario: "en 6 de julio de dicho año, mandó don Fernando de Balançuela llamar a los obligados de las carnicerías de esta Corte, en que les mando bajasen tres cuartos en cada libra de carne, sobre que hubo muchos debates, y que el dinero de la Villa a 5 por ciento y no más". La gestión del abastecimiento de Madrid era crucial para asegurar la quietud de la Corte. En estos días, el descrédito del gobierno de doña Mariana de Austria en la opinión común era creciente. Por las calles de la ciudad circulaban pasquines e impresos contrarios a la Regente. La intervención sobre los abastos, en una fase de penuria como esta, tuvo como finalidad templar los ánimos del pueblo. Debido a medidas como estas, la imagen del ministerio de Valenzuela ha pasado a la historiografía moderna asociada al arquetipo de "pan y circo", combinando las comedias y las fiestas de toros con el abaratamiento de los productos de primera necesidad en Madrid. Fiestas y alimentos baratos buscaban contentar a la plebe madrileña, consideraba un "monstruo" poco fiable por los patrones cortesanos.

A principios de agosto se confirmó en Madrid la bajada del precio de la carne impuesta por Valenzuela. Durante aquellos meses fue constante su intervención en los asuntos de la Villa, desde la financiación de las obras reales hasta la reforma del número de alguaciles y la política de abastos.

El reforzamiento del poder de Villasierra suscitó la oposición abierta o tácita de los principales beneficiarios políticos de su ausencia de Madrid. El Duque de Medinaceli utilizaba su jefatura de la cámara del Rey para obstaculizar su ascenso. En julio circularon rumores de un posible cese del Conde de Villaumbrosa. Como eventual sucesor en la Presidencia del Consejo de Castilla se aludió al obispo electo de Oviedo, Alonso Antonio de San Martín, abad de Alcalá la Real, hijo natural de Felipe IV. Desde la jornada de Valenzuela a Vélez Málaga eran constantes las alusiones al interés de la Reina en reforzar su partido con la presencia en el gobierno de un hijo natural de Felipe IV que sirviese de contrapeso a don Juan José de Austria.

Sin embargo, tanto Medinceli como Villaumbrosa consiguieron conservar sus puestos durante el ministerio de Valenzuela. Distinta suerte tuvo el tercer miembro del triunvirato que dirigió el gobierno durante los primeros meses de 1676. A mediados de julio estalló un violento enfrentamiento entre Valenzuela y el Secretario del Despacho Universal, el bilbaíno Pedro Fernández del Campo y Fernández Angulo, Marqués de Mejorada desde 1672. Tanto él como su hermano Íñigo anudaron lazos durante sus carreras con el Conde de Peñaranda. El poderoso secretario encabezaba una extensa red de parientes y amigos, para quienes consiguió destacados puestos en la Corte y el gobierno, así como dignidades eclesiásticas. Tras la caída de Nithard, Fernández del Campo asumió un papel decisivo en el gobierno de la Monarquía. Era una hechura de la Reina, quien prefería que un hidalgo controlase el despacho regio a otorgar el valimiento a un Grande de España.

El fracaso de la pugna por la precedencia en el coche del Rey no frenó los intentos de a Reina por reforzar la proyección ministerial de Villasierra. A mitad de julio trató de dejar patente la subordinación de los Consejos, al imponer varios nombramientos de puestos supremos sin preceder las acostumbradas ternas, Quizá animado por el éxito de los gentilhombres de cámara en su oposición a Valenzuela, Mejorada optó por la vía de la resistencia a los designios del "Duende". El secretario recibió las órdenes para preparar los despachos por los que se nombraba virrey de Cataluña al Príncipe de Parma, Alessandro Farnese, y virrey de Sicilia a Anielo de Guzmán. Marqués consorte de Castel Rodrigo. Estas decisiones se adoptaron sin preceder las consultas de los Consejos de Estado y de Guerra. El secretario representó al Rey en el despacho como era costumbre de su padre Felipe IV, y de la Reina durante la regencia, resolver tales nombramientos tras examinar las consultas de los Consejos Carlos II escuchó el parecer de Mejorada y le dijo que hablaría con su madre.

La representación del secretario en defensa del papel de los Consejos suscitó la indignación de Villasierra, quien instó a Mejorada a preparar los despachos. Ante sus dilaciones, Valenzuela le reprendió de forma severa. Se reiteraron las órdenes reales para expedir los despachos, de modo que se rubricaron los nombramientos como virreyes de Castel Rodrigo y del Príncipe de Parma. Fernández de Campo se fingió enfermo, retirándose a su casa pretextando que no podía acudir al despacho en varios días. En su lugar comenzó a ejercer el puesto Jerónimo de Eguía, secretario de la Reina que tenía la facultad de sentar la plaza en caso de ausencia o enfermedad del titular. La promoción de Eguía alteró el "cursus honorum" de la pluma. Hasta entonces, lo habitual era que los secretarios de Estado accedieran a la secretaria de despacho. Eguía había ejercido las plazas de secretario de Órdenes y de Justicia en gobierno.

De este modo, Valenzuela doblegó la oposición de la secretaría del despacho universal, a la vez que restringía el margen de maniobra del Consejo de Estado. Al proveer los virreinatos por decreto sin preceder terna del Consejo de Estado, Villasierra reafirmaba su primacía frente al principal consejo de la Monarquía compuesto por Grandes de España y aristócratas. Con un solo golpe se quebraba la autoridad de la covachuela y mermaba la la del Consejo de Estado, dos instancias supremas de poder en la Corte desde la muerte de Luis de Haro (1661).

Durante su aparente convalecencia don Pedro Fernández de Campo sufrió la absoluta indiferencia de los Reyes. La pérdida del favor regio quedó acreditada con la ausencia de pretendientes en su antecámara. Como era habitual, Valenzuela utilizó los rumores para forzar la rendición final de Mejorada. Hacer correr una voz por los mentideros era un modo de sondear la opinión común de la Corte. Desde Palacio se comentó que había bajado un decreto prohibiendo a Mejorada volver a entrar en la covachuela, a la vez que supuestamente se encargaba a Lope de los Ríos que lo residenciase. A principios de agosto se especuló con que se preparaban numerosas acusaciones contra el secretario en asuntos graves, incluida la revisión de cuentas del Bolsillo Secreto del Rey. Tras amenazas de una visita particular y un proceso, Mejorada envió intercesores a Valenzuela y se avino a un acuerdo que minorase el rigor de su desgracia.

A principios de septiembre los representantes diplomáticos informaron cómo don Pedro Fernández de Campo había logrado ajustar su jubilación con Valenzuela, evitando la puesto en marcha de una residencia de su gestión. Mejorada había regresado a Palacio para besar la mano de los Reyes. El Marqués de Villasierra había vencido a la covachuela. Durante su ministerio se aseguró de no proveer en un titular propietario el puesto de secretario del despacho universal. En su labor como primer ministro Valenzuela utilizó los servicios de Jerónimo de Eguía, manteniendo siempre su condición de secretario interino. Para los pretendientes y negociantes en la Corte se trataba de un cambio radical, acostumbrados como estaban durante tres lustros al poder omnímodo de la covachuela.

Desde julio la covachuela se convirtió en una plataforma de poder del nuevo valido. El nombramiento sin consulta de los virreyes y la caída de Mejorada era el anuncio ante la Corte del encumbramiento ministerial de Villasierra. Valenzuela despachaba con Jerónimo de Eguía en Palacio a solas de forma frecuente, lo que equivalía a decir que el despacho universal del gobierno de la Monarquía  lo desempeñaba él mismo.

A finales de julio Fernando de Valenzuela contaba con dos logros destacados y varios fracasos desde su regreso wn abril a Madrid. Entre los éxitos, por un lado, estaba la obtención de la jefatura de la casa de la Reina. Por otro, el reconocimiento de su superioridad por parte de la secretaría del despacho universal. Este triunfo político estaba reciente cuando se celebró en Palacio la onomástica de la Reina. El 26 de julio, día de Santa Ana, se organizaron en la Corte comedias y saraos. La Chamberga lució sus nuevas libreas al desfilar en la plaza de Palacio. En los oficios de la real capilla acompañaron a los Reyes diecisiete Grandes de España. En el día del santo de doña Mariana se publicaron numerosas mercedes, como virreinatos, embajadas, mandos militares y pensiones. La expectativa de recibir beneficio reunió a la Grandeza de España y a la alta nobleza en torno a las personas reales. La reina Mariana, junto a su hijo y al valido Fernando de Valenzuela, podía considerar que había fortalecido su control de la dirección del gobierno de la Monarquía. Pero en aquellos días ya habían comenzado las cábalas de algunos aristócratas, como el Duque de Medinaceli y el Conde de Oropesa, tendentes a derribar a Fernando de Valenzuela La cámara del Rey volvía a movilizarse contra el nuevo valido. Sino caída el "Duende", el siguiente objetivo sería la propia Reina. Entre agosto y diciembre de 1676 el poder de doña Mariana entraba en una fase decisiva en la que estaba en juego tanto el destino final de su hechura como su propia supervivencia política.

CONTINUARÁ...


Fuentes:

1. Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Precedencia y dirección del Gobierno. El ascenso ministerial de Fernando de Valenzuela en la Corte de Carlos II" en García García  Bernardo J. y Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Vísperas de Sucesión. Europa y la Monarquía de Carlos II". Fundación Carlos de Amberes, 2015.

2. Luque Talaván. Miguel: "La inconstante fortuna de Fernando de Valenzuela y Enciso. Su destierro en las islas Filipinas y los últimos años en la ciudad de México (1678-1692)". Archivo Agustiniano, XCV (2011), 213-244.