lunes, 2 de octubre de 2017

El retrato de Juan José de Austria, de Isidoro de Burgos Mantilla

Fig.1. Don Juan José de Austria, obra de Isidoro de Burgos Mantilla (1674). Real Monasterio de El Escorial.

Llama poderosamente la atención que la historiografía que ha tratado la figura de don Juan José de Austria (Maura y Gamazo, Sánchez Marcos, Von Kalnein,...) haya preferido, de forma mayoritaria, mostrar al príncipe en las portadas o ilustraciones principales de sus libros a través de un problemático e indocumentado cuadro anónimo del Museo del Prado, donde es difícil identificar en el representado a don Juan (Fig.2). De hecho, aunque su rostro puede remitir al don Juan de su época juvenil y ostenta la cruz de San Juan, de la que era Prior en Castilla, invalida cualquier identificación con el hijo de Felipe IV la presencia abrumadora del collar del Toisón de Oro, ya que don Juan nunca recibió este honor. Este curioso fenómeno ha hecho que hoy en día se haya puesto en circulación un rostro de don Juan que no le corresponde.Y todo esto pese a que el príncipe cuente con multitud de grabados con su efigie o retratos en lienzo tan destacados como el de Ribera, de su periodo napolitano y perteneciente a Patrimonio Nacional; el de Jiménez Donoso (1677) hoy en el Museo Balaguer de Vilanova i la Geltrú; o el de Isidoro de Burgos Mantilla (1674) en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

Hoy nos ocuparemos de éste último, el retrato de don Juan José de Austria obra de Isidoro de Burgos Mantilla. Este gran lienzo de San Lorenzo de El Escorial, constituye un interesantísimo retrato de aparato que sin duda fue realizado con instrucciones directas de don Juan y con una intención propagandística clarísima puesto que quedan simbólicamente recogidas todas las facetas políticas, militares y personales del hijo bastardo de Felipe IV. Este lienzo posee una gran trascendencia ya que se trata del único ejemplar que pervive de una época en que la proliferación de retratos de don Juan José fue asombrosa. Además de este retrato de Isidoro de Burgos Mantilla, "Su Alteza" también fue inmortalizado por Jusepe Martínez y hasta en dos ocasiones por el hijo de éste, Joseph Martínez. Todos estos retratos fueron realizados por encargo directo de don Juan, lo cual demuestra su gran preocupación por la difusión controlada de su propia imagen. Y aquí el término "difusión" no es gratuito, ya que estos lienzos no se realizaron para engrosar la colección pictórica del propio príncipe sino que fueron entregados a modo de presente a diversas personalidades como el Consell valenciano, su confesor y, finalmente, en el caso que ahora nos ocupa, al Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

Fig.2. Retrato de un caballero (¿Juan José de Austria?), anónimo madrileño de la segunda mitad del s.XVII. Museo Nacional del Prado, Madrid.

Todavía son muy pocos los datos con los que se cuentan para reconstruir la trayectoria vital y profesional de Isidoro de Burgos Mantilla. Nacido en Madrid en 1649, era hijo del también pintor Francisco de Burgos Mantilla. Su padre, famoso por sus composiciones religiosas, bodegones y retratos, se había formado en el dibujo con Pedro de las Cuevas pasando más tarde a ser discípulo de Velázquez. Isidoro de Burgos Mantilla debió de formarse como pintor bajo la tutela directa de su padre y tras la muerte de éste, acaecida en 1672, pasó a heredar todas las pertenencias del taller de su progenitor. Pero este no sería el único legado que recibió del padre; los biógrafos de Francisco de Burgos han hecho especial hincapié en su reputación como retratista. Esta faceta retratista sería la que heredaría su hijo Isidoro. Gracias a Ceán Bermúdez sabemos que Isidoro de Burgos Mantilla acometió en 1671 la empresa pictórica de retratar a los Reyes de España de cuerpo entero, desde Enrique II a Carlos II, para la Cartuja de El Paular. Esta serie de retratos colgaba en las habitaciones de los huéspedes de la cartuja cuando Ceán, a finales del siglo XVIII, las contempló y admiró por sus "buenas actitudes y estar pintados en buen gusto de color". Lamentablemente ninguno de estos lienzos ha llegado hasta nosotros debido a que, por motivos desconocidos, no se incluyeron en el lote de obras que fue recogido en la Cartuja por el Museo de la Trinidad (para luego ingresar en el Museo del Prado) y desde 1917 permanecen en paradero desconocido. Por este motivo, reviste tanta importancia el retrato de don Juan José de Austria de El Escorial, pues se trata de la única obra que hasta la fecha conservamos salida de los pinceles de Isidoro de Burgos Mantilla.

Se ignora como pudo establecer contacto el príncipe con el pintor y qué motivaciones le impulsaron a encargarle el retrato. Sin embargo, por una anotación en el bureo de la casa de don Juan se sabe que el 26 de mayo de 1674, de su puño y letra, mandaba pagar a "Isidoro de Burgos Mantilla, pintor, quinientos reales de vellón por un retrato de S.A. que ha hecho para San Lorenzo el Real". Este retrato ha sido identificado por Elvira González Asenjo con el que se encuentra en la actualidad en el mismo emplazamiento para el que fue pintado: el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Aunque hasta ahora este cuadro figuraba como obra anónima, todos los indicios apuntan a que se trata a que se trata de la misma pintura aludida en la documentación. Según González Asenjo inclina a pensar en esta coincidencia el destino, pero sobretodo el hecho de que don Juan de Austria aparezca representado con gran verismo, en torno a la edad de 45 años, precisamente las mismas fechas en que se produjo la orden de pago al pintor Isidoro.

En el retrato don Juan aparece representado de cuerpo entero, ataviado con una sobria pero rica y elegante vestidura de seda negra aguada con capa y golilla blanca, ostentando una venera con la cruz de la Orden de San Juan, de la que era Prior en los reinos de Castilla y León. Su rostro está tratado con gran realismo, de cara ligeramente ancha, papada incipiente, con pelo largo y bigote. Rasgos, todos ellos, muy definitorios y semejante, a la imagen coetánea que ofrecen los grabados de la época con su efigie.

Como corresponde a los retratos de aparato, la figura de don Juan José de Austria se sitúa en un interior cuyo espacio queda enmarcado por una gran colgadura-telón al fondo y un paisaje que se abre tras las balaustrada a la derecha de la composición, donde se desarrolla una escena de batalla delante de distintas edificaciones torreadas. En la parte inferior de la composición, a los pies de don Juan y sobre el suelo, figuran diversos elementos de guerra, parte de una armadura, una banderola tricolor francesa, que sin duda alude a sus éxitos militares en Nápoles, Piombino y Portolongone, así como Cataluña, donde combatió contra las tropas francesas. Si su carrera militar queda plasmada con estos elementos iconográficos, no podía ser menos su faceta política: don Juan de Austria sostiene con la mano derecha, que está enguantada, un billete o memorial, que representa una imagen típica del poder. En esta misma línea, la mano izquierda, ya sin guante, queda apoyada sobre un sombrero que está recostado en una mesa donde se aprecian diversos objetos que aluden a las sublimes y elevadas aficiones de Su Alteza por las ciencias, las artes liberales y mecánicas, ya que como se puede apreciar, invaden la mesa numerosos instrumentos matemáticos y de medición diseminados entre los papeles, como el compás de arquitecto, una esfera alminar y, sobre todo, un curioso reloj apenas perceptible de caja en forma de urna, ricamente aderezado con un remate en forma de bola donde se erige una representación figurativa de un hombre con lanza o lo que podría ser un San Jorge. Todos estos objetos no se hayan dispuestos de forma casual sino que están destinados a constatar y ensalzar la fama que en su época alcanzó son Juan  como "científico versado". Del príncipe decía su médico de cámara, el insigne Juan Bautista Juanini, "ciertamente mi señor y príncipe tan capaz y universal en todas las las facultades que de cualquiera dava la más adequada razón a los hombres más eminentes que las profesaban. Los theólogos y filósofos enmudecían  de estupor a sus respuestas y soluciones sobre los más difíciles e intrincados argumentos que le venían propuestos. En todas partes de matemática era versadísimo, conocía y manejaba con gran destreza y acierto los instrumentos que la aplicación de los mayores hombres en astrología inventó para examinar la altura, magnitud, distancia y curso de los astros. Sabía lo que cada uno avía contribuido a esta facultad  y en que se avía aventajado a los antiguos que la profesaban. Distinguía las doctrinas de todos con incomparable  claridad y lo bueno, dudoso y religioso de ellas, dando a Aristóteles, Ptolomeo, Ticho Brahe, Copérnico Galileo y otros lo que les tocava. En la geometría, geografía, cosmografía, hablaba y obraba con la misma excelencia y como el mando de la mar era el primer empleo que el destinó la prudente atención del señor rey su padre, no aviéndola aun visto en los diez y seis años de su edad...tenía el arte náutica tan sabida y juntamente la de fortificar las plazas con todos los adherentes de una y otra facultad que el Padre La Faylle [uno de sus mentores] de la compañía de Jesús, uno de los mayores hombres del orbe en aquella doctrina, dixo al rey no sabía ya qué enseñarle".

Por último, la importancia de este retrato estriba también en que fue encargado por don Juan José de Austria en la coyuntura política de los cruciales años de 1674-1675 cuando Carlos II alcanzaría su mayoría de edad y la regente doña Mariana de Austria trataría, una vez más, de alejar al príncipe de España. Aprovechando, de hecho, que el mandato de don Juan como virrey de Aragón estaba ya cercano a su fin, la Reina le envió un despacho en el que le proponía el Gobierno de Flandes. Sin embargo, mientras se estaba preparando el viaje, la delicada situación de Mesina produjo una variación en los planes: don Juan se dirigiría primero a Italia y, apaciguada la Isla, pasaría a Flandes. Para ello la reina expidió el nombramiento de don Juan  como "Vicario General de Italia" el 22 de marzo de 1675. Para evitar este traslado, pues don Juan no estaba dispuesto a abandonar España, dio todo tipo de largas y disculpas pues sus auténticos objetivos estaban puestos en la citada mayoría de edad de su hermano el Rey y la oportunidad que este hecho le ofrecía para ocupar el poder, como de hecho ocurriría 2 años después, en 1677, tras marchar sobre Madrid y derrocar al valido de la Reina, Fernando de Valenzuela

**Esta entrada está basada en la obra de Elvira González Asenjo "Juan José de Austria y la artes (1629-1679)", publicado por Fundación de Apoyo a la Historia Arte Hispánico (Madrid, 2005).

martes, 30 de mayo de 2017

El IX Duque de Medinacali: embajador, virrey y mecenas (Parte V)

1. Retrato del cardenal Pedro Salazar Gutiérrez de Toledo.

El nuevo pontífice Alejandro VIII Ottoboni mostró pronto sus afinidades políticas al conceder la púrpura cardenalicia al francés Toussaint Forbin de Janson, Obispo de Beauvais, a pesar de la oposición del Emperador y de no dar ningún capelo a España, pues monseñor del Giudice era napolitano, aunque súbdito de Carlos II. Los cardenales Salazar, Aguirre y de Goes, y el Príncipe de Liechtenstein, embajador imperial, enviaron graves acusaciones contra Cogolludo a Madrid por haber apoyado la elección de Ottoboni y consentido la concesión de estos capelos, que estuvieron a punto de ocasionarle el destierro.

Como consecuencia de estas acusaciones, algunos autores indican que la cancillería imperial presionó para que le destituyeran por permitir la creación cardenalicia de Janson, y el representante del Elector de Baviera en Madrid comenta a su soberano, el 3 de mayo de 1690, que el Rey había llamado al Marqués de Cogolludo para que respondiese a las acusaciones que había contra él, entregando los papeles de la embajada al Cardenal Salazar. Pero lo único cierto es que Cogolludo envió a Juan Vélez de León a Madrid, de 27 de mayo de 1690, aunque no se sabe si para justificarse o para estar cerca de su padre que estaba gravemente enfermo, pues el Marqués continuó durante este tiempo en Roma al frente de la embajada.

El 1 de febrero de 1691 moría el Papa el embajador confesaba que tenía cierto miedo por no tener instrucciones concretas y no conocer las preferencias cortesanas, para no verse expuesto a nuevas acusaciones. En un principio consiguió que los cardenales españoles e imperiales caminasen unidos, sacrificando al servicio del Rey y el Emperador los disgustos que unos y otros le habían causado. Sin embargo, el Cardenal Salazar empezó a decir que tenía órdenes precisas del Rey para favorecer la elección del Cardenal Barbarigo, apoyado por el grupo de cardenales celantes. Ante la actitud de rebeldía, el embajador le escribió un billete pidiéndole explicaciones por su actuación y exigiéndole que mostrara con qué fundamentos y autoridad actuaba contra las indicaciones del Cardenal Medici, que era quien tenía la voz del Rey Católico en el cónclave y a quien tenía que obedecer. Salazar trató de justificarse con un largo escrito, pero no adujo ninguna prueba, se limitó a apelar a la conciencia y a hacer un elogio de Barbarigo. Unos meses después el embajador Cogolludo se sinceró con el Conde de Altamira del atrevimiento de "estos frailes", que perjudicaban al servicio del Rey, por lo que había despachado un correo extraordinario al monarca para quejarse de la actuación del Cardenal Salazar y de quienes le apoyaban, "pues no puede este fraile ser desvergonzado tan en extremo con otro fundamento que el de su apoyo".

En un principio se dijo que el Emperador quería hacer Papa al veneciano cardenal Barbarigo, el embajador manifestó su opinión y "los frailes" dijeron que había que hacerlo, pero luego llegó aviso de Viena que no lo querían y el Marqués de Cogolludo aprovechando su buena relación con los cardenales Altieri y Ottoboni, consiguió desbaratar su elección, con lo cual las cosas volvieron a estar como al principio. Aunque la lucha entre las distintas facciones estaba alargando e cónclave, el cansancio y el calor forzaron un acuerdo para elegir al cardenal napolitano Pignatelli, que subió al solio pontificio con el nombre de Inocencio XII y Cogolludo pudo vender como un triunfo para España la elección de este vasallo de Carlos II, aunque meses después calificaría negativamente su elección ya que pronto se descubriría la francofilia del nuevo pontífice.

La negativa que el Marqués tenía de Inocencio XII se fue acentuando a medida que pasaba el tiempo, pues solo prestaba atención a los negocios franceses, y en 1694 le llegó a decir que no era necesario que el Rey tuviera embajador, pues  con "un fraile le bastaba para lo que se ofreciese".

Sus penurias económicas el ansia de promover al Virreinato de Nápoles se fueron agudizando progresivamente. Por eso, cuando le llegaron noticias de que en la Corte pensaban prorrogar otro trienio al Conde de Satiesteban como virrey de Nápoles, se sinceraba con el Almirante de Castilla y le dice que quizás no había sabido servir bien al Rey en la embajada, a pesar de los negocios que había solucionado, y le advierte que sus empeños y ahogos eran tales que no podía pagar a sus acreedores y nadie le fiaba para comer de un día a otro. De esta forma, "si continuó aquí, expuesto a indecencias, como lo estoy, y sin poder hacer lo que es servicio del rey en una corte donde sólo se atiende al que más puede o más autoridad tiene, conocerás que ni por el servicio del rey ni por el mío puedo durar más aquí". Por ello le pide que trate de sacarle cuando antes de Roma, donde estaba cansado de servir bien y comer mal, y enviarle a Nápoles, pues de lo contrario estaba dispuesto a dejar la embajada y volverse a España, aunque le encerrasen en el castillo de Coca, que él había dejado tan honrado.

Todavía tuvo que esperar dos años más en la embajada romana, antes de ser promovido al virreinato napolitano. En los últimos días de 1695 tuvo noticia del nombramiento y, a principios de febrero, recibió los despachos e instrucciones para el nuevo cargo, adonde partió a mediados de marzo, siendo acompañado hasta la frontera del Reino por el Cardenal Spada, una compañía de caballos del Papa, y el barichel de camapaña del Estado Eclesiástico con cincuenta esbirros.




Fuentes:

* Domínguez Rodríguez, José María: "Roma, Nápoles, Madrid. Mecenazgo musical del Duque de Medinaceli, 1687-1710". Ediciones Reichenberger, 2013.


martes, 31 de enero de 2017

El IX Duque de Medinacali: embajador, virrey y mecenas (Parte IV)

1. Retrato del papa Inocendio XI Odescalchi, obra de Giovanni Battista Gaulli "Il Baciccio". Galleria dell'Accademia di S. Luca, Roma.

Para orientarle de cómo debía gobernarse en el desempeño de su cargo, Cogolludo recibió una instrucción de carácter general y otra secreta. La primera glosa de forma general sobre los más diversos temas, desde cuestiones protocolarias y de comportamiento al análisis de la geopolítica italiana y la provisión de los obispados, recordándolo que su principal objetivo debía consistir en "ganarse la voluntad del papa, de sus parientes y de aquellos por cuya dirección corriesen los negocios del gobierno, pues este es el medio más seguro de que se encaminen los que pasasen por vuestra mano". En cambio la secreta se ocupa de algunos puntos más concretos: la forma de gobierno pontificio, el problema del cuartel (barrio) de la embajada, la dirección durante la sede vacante y la actitud ante la tregua o la paz con Francia (1).

En primer lugar, le advierten que el papa Inocencio XI Odescalchi era severo de condición y radical en sus dictámenes, de forma que su celo por la religión y el bien de la Iglesia hacía que tomase algunas decisiones más justas que convenientes; por ello debía actuar en las negociaciones con arte, maña y prudencia, presentando las súplicas con justificación y autoridad. Su máxima de gobierno consistía en conservar la paz en la Cristiandad, para lo que había condescendido con Francia "más de lo que hacía posible la razón de su natural y de su propia justificación". El hecho de no tener nepote y pretender publicar una bula para abolir este clásico sistema de gobierno papal, aunque era positivo para el bien de la Iglesia, no era tan conveniente para la Monarquía, porque los nepotes procuraban fundar casa y estados que igualasen en rentas y grandeza a las mayores de Italia, y como "no era fácil conseguirlo sin incluirse en mis dominios, había esta puerta por donde entrar a ganarlos y a que con atención mirasen a mis intereses". Por último, respecto al Cardenal Cybo, secretario de Estado, le indican que su concepto era mejor antes de entrar en el cargo que después, pero su sagacidad y el ministerio que desempeñaba obligaban a cuidar mucho la buena relación, no sólo por le presente sino también por el futuro porque tenía posibilidades de llegar al Pontificado.

En segundo lugar le informan de la situación del cuartel de la embajada, que el Papa había mandado allanar tras la marcha del Marqués del Carpio al virreinato de Nápoles, aunque el embajador de Francia lo seguía conservando, advirtiéndole que debía entrar en Roma sin pretenderlo, pero estando atento por sí se producía algún cambio en caso de sede vacante. Pues, si moría el Pontífice y el Duque d'Estrées lo mantenía, debía entrar en posesión del cuartel en la misma forma que lo tenía el embajador francés, "sin faltar ni exceder en nada de lo que él practicase, pues la igualdad de las coronas no permite que haya en esto ni en lo demás género alguno de diferencia".

En tercer lugar se centra en la posible sede vacante. En este punto se insta a Cogolludo a conocer a los cardenales, a la vez que le avanzan algunas notas sobre los purpurados Chigi, Altieri y Rospigliosi que eran las cabezas de las tres facciones existentes. El primero, de espíritu liberal y con máximas de príncipe más que de eclesiástico, siempre había sido afecto a la Corona. El segundo, que se llamaba Paluzzi degli Albertoni antes de que el papa Clemente X le declarase su nepote y cambiase su apellido por por el de Altieri en honor al Papa, era prudente y sagaz en los negocios políticos, y mantenía buena relación con Francia, aunque se podía dudar "si es afecto de disimulada política o concierto de una segura amistad". Y el tercero, sobrino de Clemente IX, estaba achacoso y retirado de los negocios, y aunque manifestado últimamente que tenía afecto a los intereses españoles era dudoso porque los suyos siempre habían apoyado a Francia. Le pide que confronte estas noticias con las que pudiera adquirir de todos los cardenales "manteniendo con seguridad a los de mi facción y a los que se juntaron a ellos en el cónclave último y los demás que se declarasen por servidores míos, y a todos en general y en particular", pues de ello dependía el buen acierto en el negocio que más importaba.

De acuerdo con las instrucciones recibidas, el Marqués de Cogolludo mantuvo buena relación con Inocencio XI, logró una solución airosa para el problema de la jurisdicción del cuartel de la embajada y procuró fortalecer el partido español con vistas a la próxima sede vacante, que se presentó el 12 de agosto de 1689 con la muerte de Inocencio XI. Reunido el cónclave, el Marqués pidió que se suspendiera la elección hasta que llegase el Cardenal de Goes con las órdenes del Emperador, como se había esperado a los cardenales franceses , pero el aviso solo sirvió para acelerar la elección del cardenal Ottoboni, apoyado por Venecia y Francia, y también por el embajador español, según indica el Marqués de Villagarcía, a la sazón embajador de Carlos II en Venecia. Pues le confiesa que, aunque los cardenales venecianos eran poco afectos a España, Ottoboni si que lo era. Por ello se muestra satisfecho con su elección, aunque confiesa que no podía adivinar su actuación como Papa.

CONTINUARÁ...
Notas:

(1) AGS, Estado, leg. 3142. "Instrucción que se dio al marqués de Cogolludo...", 1687.


Fuentes:

* Domínguez Rodríguez, José María: "Roma, Nápoles, Madrid. Mecenazgo musical del Duque de Medinaceli, 1687-1710". Ediciones Reichenberger, 2013.



martes, 20 de diciembre de 2016

El IX Duque de Medinacali: embajador, virrey y mecenas (Parte III)

1. Fiesta frente a la embajada de España en Roma por el nacimiento del futuro Carlos II, obra de Willem Reuter (1662).


El cursus honorum del Marqués de Cogolludo prosiguió en 1686 cuando fue designado como embajador de Carlos II en Roma. Parece que el nombramiento del nuevo embajador se estuvo decidiendo en otoño de 1686, y estuvo determinado por la bula que prohibía las franquicias de los "quartieri" (o barrios de las embajadas), publicada por el papa Inocencio XI el 14 de mayo de 1687. Inicialmente el candidato de Carlos II para el puesto fue el Conde de Melgar, pero éste renunció desobedeciendo la orden del Rey y volviendo a Madrid sin permiso, por lo que fue apresado.

Inmediatamente se nombró como embajador a don Luis, que a la sazón se encontraba en España, puesto que tras el incidente con Pignatelli en Nápoles se vio obligado a salir de la ciudad. En febrero de 1687 el Marqués de Cogolludo preguntó si había inconveniente en que hiciese el viaje por tierra, pero le respondieron que lo realizase mejor por mar para evitar los inconvenientes que podían surgir en la actual coyuntura política, y se dio orden para aprestar tres galeras que le llevasen a Italia. Cogolludo se trasladaría de Madrid a Cartagena para iniciar la travesía, pero los temporales le obligaron por dos veces a refugiarse en Alicante. Por fin pudo hacerlo en tres bajeles ingleses y pidió al Rey que le abonasen el flete de las embarcaciones y los gastos del viaje, comenzando a correrle el sueldo desde el primer día de enero. A principios de mayo llegó a Nápoles y escribió a Francisco Bernardo de Quirós, agente diplomático y encargado de la embajada de Roma en el interín, para que entregase una carta al Cardenal Cybo, secretario de Estado, dejase libre el palacio de la embajada en la Piazza di Spagna y le informase de la situación en Roma, adonde esperaba encaminarse lo antes posible. Quirós le respondió que ya había abandonado el palacio y que el Cardenal le había dicho de parte del Papa que si iba a Roma con la pretensión del cuartel no le recibiría, "conforme a diversas veces se había escrito al nuncio para que lo participase a V.M. y sus ministros, y también al mismo Cogolludo, como el nuncio comunicó haberlo ejecutado".

Cogolludo declaró que no pretendía cuartel, como lo habían tenido sus predecesores, se embarcó en la escuadra del Duque de Tursis con su familia y desembarcó en Ostia el 3 de julio, donde le recibieron el Condestable Colonna con sus hijos (el mayor de los cuales estaba casado con la hermana de don Luis), los Marqueses de los Balbases, los Duques de Sesto, el cardenal Pompeo Azzolino, el Marqués Bongioanni. Monsignor del Giudece, los dos auditores de la Rota y Bernardo de Quirós. Entró en Roma a las dos de la madrugada, al día siguiente le visitaron los cardenales nacionales por la puertecilla y el 9 por la tarde fue a besar los pies del Papa, "que se detuvo con él más de cuatro horas con mucho agrado". Al no poder ponerse en público por cumplir la orden del Rey, comenzó a visitar a los miembros del Sacro Colegio de incógnito y en la misma forma le devolvieron la visita, incluso el Cardenal Cybo. El maestro de ceremonias, Agustín Nipho, no ocultó su satisfacción por la presencia del nuevo embajador, cuya alcurnia le permitía codearse sin desdoro con los príncipes romanos, y que muy pronto provocó el asombro de los romanos por el lujo y la ostentación de que haría alarde.

La decisión de Carlos II de mantener al nuevo embajador de incógnito durante los nueve años que duró su embajada, con las diferencias con el Papa respecto al cuartel, implicaba no celebrar la ceremonia de la entrada pública y ciertas diferencias de etiqueta en su actividad pública, como recibir a los embajadores y cardenales por la puertecilla y ser recibido por ellos del mismo modo. Pero tenía la ventaja de no tener que disputar la precedencia a otros ministros en caso de conflicto. De todas formas el hecho de estar de incógnito no suponía ocultarse ante la gran nobleza romana y los cardenales, y Cogolludo utilizó la música y las fiestas como poderoso instrumento de propaganda y relación.

Don Luis, al no poder hacer entrada pública por estar de incógnito, utilizó las celebraciones festivas para presentarse públicamente ante la Corte romana. El 26 de julio puso luminarias y una gran máquina de fuegos artificiales sobre la fuente de la Barcaccia para celebrar la onomástica de la Reina madre, y el 25 de agosto hizo una gran serenata en la Piazza di Spagna para festejar el cumpleaños de la reina María Luisa de Orleans. El Marqués concibió la serenata como una estrategia para burlar la condición de ingógnito que le había impuesto la Corte de Madrid por la cuestión del quartiere y hacer su presentación pública, exaltando la figura de la Reina y declarando simbólicamente ante la Corte romana que sería ella quien asegurase la fortaleza de la Monarquía dando al Rey un heredero.

CONTINUARÁ...
Fuentes:

* Domínguez Rodríguez, José María: "Roma, Nápoles, Madrid. Mecenazgo musical del Duque de Medinaceli, 1687-1710". Ediciones Reichenberger, 2013.


domingo, 23 de octubre de 2016

El IX Duque de Medinacali: embajador, virrey y mecenas (Parte II)

1. Don Luis Francisco de la Cerda y Aragón, Marqués de Cogolludo, obra de Jacob-Ferdinand Voet (h.1684). Museo del Prado.

Tras el nombramiento de su padre, el VIII Duque de Medinaceli, como Primer Ministro por influencia de al reina María Luisa de Orleans, el 22 de septiembre de 1680, la carrera del Marqués de Cogolludo fue rápidamente in crescendo. En 1682 fue nombrado capitán de las costas y galeras de Andalucía, mientras que en 1684 fue designado para dirigir las galeras de Nápoles. siendo virrey del reino partenopeo su tío, don Gaspar de Haro, VII Marqués del Carpio. El nombramiento estaba ya decidido en septiembre de 1684. Su llegada a la ciudad se produjo el 25 de enero de 1685, siendo acogido de manera calurosa por Carpio. Sin embargo, no todo fueron rosas en la relación entre tío y sobrino: Confuorto, diarista de la ciudad, recoge el incidente entre Cogolludo y Carpio al saltarse el primero la pragmática sobre el lujo publicada por el Virrey y presentarse en los "spassi di Posillipo" en julio de 1685 a bordo de una suntuosa faluca. También es conocido gracias a Confuorto otro altercado entre don Luis Francisco y el Duque de Santo Mauro, Giulio Pignatelli, a la salida de la comedia degli Armonici, el 7 de enero de 1686: es probable que se tratase de la comedia "Olimpia vendicata" estrenada en diciembre de 1685. La documentación permite matizar las afirmaciones de algunos libelistas que acusaron al Marqués de Cogolludo de salir del generalato de las galeras de Nápoles "porque se mareaba y porque su odioso trato no le había conciliado los ánimos de aquellos naturales". Es dudoso tal mareo; de hecho, a finales del otoño de 1685, las galeras realizaron su habitual viaje a Génova, desde donde don Luis Francisco escribió varias veces a Carpio pidiéndole instrucciones. A mediados de diciembre el general estaba ya de vuelta en Nápoles, por lo que con toda seguridad asistió a los festejos del carnaval de aquella temporada.

Precisamente de sus años de general de las galeras de Nápoles podría proceder el que quizás sea el retrato más famoso de don Luis Francisco de la Cerda. Hablamos del retrato que alberga el Museo del Prado de Madrid y que ilustra esta entrada, obra del pintor flamenco Jacob-Ferdinand Voet.  Para José María Domínguez Rodríguez el yelmo que reposa sobre la mesa y la vista del mar con barcos en un segundo plano parecen reforzar la teoría sobre la procedencia del lienzo de sus años de generalato. Sin embargo, otras evidencias apuntan, sin embargo, que el retrato pudiera haberse realizado una vez que don Luis Francisco había tomado posesión del virreinato napolitano (1695). Esto explicaría la utilización de determinados símbolos que en la retratística tradicional europea se asocian a la majestad y la justicia, como, por ejemplo la mesa, la columna y el cortinaje, de difícil explicación en caso contrario. El bastón de mando y el yelmo tienen perfecto sentido como alusiones a la autoridad del Virrey y al poder guerrero que implicaba el puesto de Capitán General parejo al cargo de Virrey.

2. Retrato de don Gaspar de Haro, VII Marqués del Caprio, obra de Arnold Van Westerhout. BNM.

Un aspecto destacable del cuadro es la moda francesa en la vestimenta, que no es de extrañar teniendo en cuenta que Francia había unificado la indumentaria de toda Europa desde mediados de siglo. La corbata francesa, los tacones altos, las medias, la casaca y las "mangas de bota" o "mangas de pagoda" junto con la peluca son elementos preeminentes en el retrato de Medinaceli. El referente francés será una constante a lo largo de su carrera: la petición de pelucas "muy pulidas y de la moda" al embajador español en Londres y la apertura de una Academia Palatina en Nápoles según el modelo académico establecido por Luis XIV, son otras manifestaciones de esta tendencia que, sin embargo, no afectará a su gusto musical, ámbito en el que la música italiana era sinónimo de buen gusto.

El retrato de don Luis Francisco de la Cerda transmite la imagen de una personalidad de genio capaz de saltarse la etiqueta del país al que representaba para estar a la vanguardia de las modas y elevar la representatividad de su corte con el fin de igualarla al resto de cortes italianas. Pudiera parecer extraño que el modelo de etiqueta que adoptó para sí ya desde época temprana fuera tan contraria a la tradición cortesana española. Pero no lo es si se piensa que los dos referentes y modelos para él fueron la corte napolitana de su tío el Marqués del Carpio, de la que el mismo formó parte como acabamos de ver y, por otra parte, la del Condestable Colonna en Roma, que estaba culminando un largo proceso de reivindicación del reconocimiento de su status como príncipe soberano. En ese proceso la imagen simbólica de su corte se convierte en una influencia fundamental. En el caso de Carpio son conocidos los cambios de identidad cortesana en función del escenario y los protagonistas del lugar donde se halló en cada momento, de tal manera, que su modelo de corte en Madrid tuvo muy poco que ver con el que "aprende y aprehende en Roma, o el que conoce en Nápoles". En consecuencia, la huella madrileña que se percibe en Carpio al principio de su embajada romana (1677-1683) se va diluyendo en los modelos imperantes en Italia. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió con su tío, el modelo de corte de Medinaceli, sus gustos y el consiguiente reflejo de todo ello en las ocasiones representativas apenas sufrieron variaciones durante los 17 años que permaneció en Italia.

CONTINUARÁ...


Fuentes:

* Domínguez Rodríguez, José María: "Roma, Nápoles, Madrid. Mecenazgo musical del Duque de Medinaceli, 1687-1710". Ediciones Reichenberger, 2013.

domingo, 16 de octubre de 2016

El IX Duque de Medinacali: embajador, virrey y mecenas (Parte I)

1. Posible retrato de don Francisco de la Cerda de niño. Colección Duque de Medinaceli.

Don Luis Francisco de la Cerda y Aragón nació el 2 de agosto de 1660 en el Castillo de San Marcos de El Puerto de Santa María. Era hijo de don Juan Francisco de la Cerda Enríquez de Ribera, VIII Duque de Medinaceli (1637-1691), y de doña Catalina Antonia de Aragón Folch de Cardona (1635-1697). La línea paterna lo entroncaba con el primogénito de Alfonso X el Sabio, el infante don Fernando de la Cerda, mientras que por línea materna lo hacía con el rey Alfonso I de Aragón. En efecto, la la figura de don Luis Francisco llegó a ser glosada como descendientes de varias estirpes reales.

Su padre, el VIII Duque de Medinaceli, fue uno de los cortesanos más importantes de la primera mitad del reinado de Carlos II, llegando a ser Primer Ministro tras la muerte de don Juan José de Austria, entre 1680 y 1685. La estrategia matrimonial del VIII Duque para sus hijos estuvo claramente orientada a afianzar su poder e influencia política, coadyuvando en ello los intereses de otros nobles como el condestable de Nápoles Lorenzo Onofrio Colonna, por entonces virrey de Aragón, que acordó con el Duque el casamiento de su primogénito Filippo con con una de las hijas de don Juan Francisco, Lorenza Clara de la Cerda, como parte de la búsqueda de su reconocimiento como príncipe soberano sobre el estado de Paliano. De sus otras nueve hijas, siete casaron con otros tantos nobles principales: el Marqués de Guevara, el IV Marqués de los Balbases, el III Marqués de Solera, el X Duque de Alburquerque, el VII Duque de Medina de Rioseco, el XII Marqués de Astorga y el VII Marqués de Priego fueron cuñados de don Luis Francisco.

Siendo el único hijo varón del VIII Duque que sobrevivió, no es de extrañar que la educación del Marqués de Cogolludo (título con el que don Luis Francisco sería conocido hasta la muerte de su padre en 1691) estuviera dirigida a gestionar la mayor expansión de la historia de la casa ducal. A los estados de Medinaceli heredados por vía paterna, había que sumar los de Aragón que llegaban por vía materna. El elenco de títulos (cuatro de ellos con grandeza de primera clase) y honores que confluyeron en el que sería IX Duque de Medinaceli eran abrumadores.

Don Luis Francisco contrajo matrimonio con una hija del V Duque de Osuna, doña María Teresa de las Nieves Téllez Girón. El entronque de Medinaceli con la Casa de Osuna a través de matrimonio del heredero era la contrapartida española al casamiento de Lorenza Clara con el heredero de la casa romana de los Colonna. Tanto Filippo Colonna como María de las Nieves eran los herederos de una generación de príncipes que habían consolidado el cambio de estilo de vida noble, desechando el ejercicio de las armas en favor de las letras. Otro noble cuyo comportamiento cumple esta misma pauta fue don Gaspar de Haro y Guzmán, VII Marqués del Carpio, que además de ser tío de Luis Francisco, sería su modelo político.


CONTINUARÁ...


Fuentes:

* Domínguez Rodríguez, José María: "Roma, Nápoles, Madrid. Mecenazgo musical del Duque de Medinaceli, 1687-1710". Ediciones Reichenberger, 2013.

* Frutos, Leticia de: "Una española en la corte de los Colonna. Lorenza de la Cerda (1681-1697) y los cambios en la visibilidad de las mujeres en Roma". Pedralbes, 34 (2014), 205-233.

lunes, 3 de octubre de 2016

Fernando de Valenzuela, un valido advenedizo (Parte XV y FINAL)

1. Vista de la Plaza Mayor de la Ciudad de México, obra de Cristobal de Villalpando (1695). Corsham Court Museum.

Sin que nada hiciese presagiar su muerte, Fernando de Valenzuela hizo testamento en el mes de noviembre de 1691 declarando heredero universal a su único hijo legítimo don Fernando de Valenzuela y Ucedo. De igual forma, y entre otras medidas, enviaba a Lorenzo Pagsaligan, natural de Manila, la cantidad de 3.000 pesos. Y asignaba 1.000 pesos a Fernando Magno, un niño de ocho años natural de Cavite, que podría tratarse de su hijo natural.

El dinero enviado a Fernando Magno quedaría bajo la custodia de fray Manuel de la Cruz, presidente del Hospicio de Santo Tomás de Villanueva de la Ciudad de México, perteneciente a la Orden de Ermitaños de Nuestro Padre San Agustín y sujeto a la Provincia del Santo Nombre de las Islas Filipinas, hasta que el niño fuese adulto o tomase estado. Bajo la responsabilidad del religioso quedaban también la guarda y educación del infante.

De igual manera, Valenzuela otorgaba poder conjunto a favor de su esposa y del Conde de Galve, para que pudieran hacer su testamento según lo dispuesto en una memoria firmada de su nombre y dada en la Ciudad de México el 10 de noviembre de 1691.

El 30 de diciembre de 1691 un accidente ocurrido en su casa mientras trataba de domar a un caballo le dejó seriamente herido, muriendo a causa de la coz que le propinase el corcel en el bajo vientre el 7 de enero de 1692.

En sus últimas voluntades, el que fuera Marqués de Villasierra había expresado su deseo de ser enterrado de forma definitiva en la capilla que poseía en la Parroquia de San Pedro en la localidad toledana de Talavera de la Reina y mientras esto era posible pedía ser sepultado en el agustiniano Hospicio de Santo Tomás de Villanueva de la capital mexicana. Todo el sepelio debía de hacerse sin ostentación, e incluso de noche y en secreto, muestra del deseo de muchos que al morir deseaban alejarse de las glorias del mundo.

No fueron seguidas estas voluntades y todas las campanas de los templos de la ciudad tocaron a duelo en señal de respeto y sus honras fúnebres tuvieron lugar en medio de una gran solemnidad el 9 de enero en el Convento de San Agustín, donde fue sepultado, en presencia de las más altas autoridades y personalidades del Virreinato encabezadas por el virrey Conde de Galve. Pasados unos días, el 16 de enero, fueron celebradas nuevas honras, con igual suntuosidad y preclara asistencia.

No era casual la elección de su lugar de enterramiento. Su vinculación a la Orden de San Agustín queda de manifiesto en las siguientes palabras:

Declaro, que por bula del reverendísimo General de la Orden de nuestro Padre San Agustín, estoy incorporado en ella; y así, en fallecimiento, pido y suplico á todos sus religiosos se compadezcan de mi alma, y me comuniquen los sufragios acostumbrados á los tales hermanos. Y á mis albaceas, tengan cuidado de avisará mi fallecimiento a todos los conventos de dicha religión, para que ejerciten su caridad, y ella logre tanto bien”.

Su muerte dejaba planteados varios problemas relativos a la sucesión de las mercedes incautadas. De este modo su viuda siguió buscando el ver devueltas a su casa honores y rentas. Hasta donde se sabe, como ha sido ya comentado, doña María Ambrosia solo vio restituidas la jurisdicción y rentas de sus villas de San Bartolomé de los Pinares, del Herradón y de otros lugares propiedad de don Fernando y algunos bienes.

Doña María Ambrosia de Ucedo, en su testamento, fundó un mayorazgo a favor de su hijo Fernando de Valenzuela y Ucedo. Esta facultad le había sido concedida a la viuda por Real Cédula dada en Madrid, a 22 de septiembre de 1698. Se cumplía de este modo el deseo de don Fernando expresado en sus últimas voluntades de 5 de enero de 1692.

En el caso de extinguirse la línea de varón descendente de su hijo legítimo, eran varios los llamados a suceder en la titularidad del mayorazgo. Así, y entre los posibles herederos se encontraban Gaspar Vázquez de Mondragón y sus descendientes (1). A fines del siglo XIX recaían aún en un miembro de este linaje, José Vázquez de Mondragón y Acuña, los derechos a la titularidad del mayorazgo de don Fernando de Valenzuela y doña María Ambrosia de Ucedo.


Notas:

(1) Gaspar Vázquez de Mondragón y Salazar había nacido en la ciudad de Ronda (Málaga) el 30 de mayo de 1651, siendo hijo de Francisco Vázquez de Mondragón, regidor y alguacil mayor de Ronda, y de Juana Luisa Muñoz de Salazar y Padilla; y nieto de Juan Valenzuela y de Beatriz Vázquez de Mondragón. Éstos datos están extraídos del pleito de Hidalguía de Miguel Vázquez de Mondragón y Topete, nacido en Ronda, el 29 deagosto de 1733, caballero de la Orden de Calatrava, coronel de Infantería, capitán del Regimiento de Reales Guardias Españolas y maestrante de la Real Maestranza de Caballería de Ronda, nieto de don Gaspar; pleito que fue tramitado ante la Real Chancillería de Valladolid.

Fuentes:

1. Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Precedencia y dirección del Gobierno. El ascenso ministerial de Fernando de Valenzuela en la Corte de Carlos II" en García García  Bernardo J. y Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Vísperas de Sucesión. Europa y la Monarquía de Carlos II". Fundación Carlos de Amberes, 2015.

2. Castillo Soto, Josefina: "Don Juan José de Austria (hijo bastardo de Felipe IV): Su labor política y militar". UNED, 1991.

3. Luque Talaván. Miguel: "La inconstante fortuna de Fernando de Valenzuela y Enciso. Su destierro en las islas Filipinas y los últimos años en la ciudad de México (1678-1692)". Archivo Agustiniano, XCV (2011), 213-244.

4. Ruiz Rodríguez, Ignacio: "Don Juan José de Austria en la Monarquía Hispánica. Entre la política, el poder y la intriga". Dykinson, 2007.