miércoles, 24 de agosto de 2016

Fernando de Valenzuela, un valido advenedizo (Parte XI)

1. "La prisión de Valenzuela", obra de Manuel Castellano (1866). Museo del Prado de Madrid.

Don Juan José obró con rapidez. Cuando el 21 de enero de 1677 partía de Hita, una tropa de unos 500 jinetes se hallaba ya camino de El Escorial, donde pensaba apresar a Valenzuela. A las órdenes de don Antonio de Toledo, hijo del Duque de Alba, y del Duque de Medina Sidonia, éstos llegaban a su destino la mañana del 22 cercando todo el recinto del monasterio. A su encuentro saldría saldría el Prior, al que exigieron la entrega de Villasierra por orden de don Juan José de Austria. El máximo mandatario del Real Monasterio les respondió que para ello sería necesario que le entregasen una orden escrita del mismo Rey. Al no tenerla, los nobles alegaron que dicho mandato había sido realizado de manera oral, ante lo cual fray Marcos de Herrera se negó en rotundo a entregar a aquel que había recibido el amparo eclesiástico, advirtiéndoles de que no perturbaran la paz de aquel sacro lugar.

Poco después se haría entrega de un escrito al Prior en donde solicitaban una entrevista privada con don Fernando de Valenzuela, buscando que éste saliese voluntariamente de dicho lugar y se entregase. Sin embargo, Villasierra se negó a salir del Monasterio, indicando que se encontraba allí en virtud de una licencia otorgada por el Rey y que, para retirarse, sería necesaria otra carta en contra que procediese del mismo.

Con aquella negativa, al día siguiente los juanistas entraron por la fuerza en el Monasterio. Tras un minucioso registro no consiguieron encontrar a Valenzuela, el cual se había escondido en un desván. De allí pasaría a la celda de un religioso en donde, por fin, sería encontrado y apresado.

Mientras todo esto acaecía, en la madrugada del 23 de enero, a las cinco horas, don Juan José de Austria había hecho finalmente su entrada triunfal en la capital de la Monarquía, pasando a alojarse en el Palacio del Buen Retiro, donde se hallaban ya desde varios días antes Carlos II y el Duque de Medinaceli.

Una vez en manos de los asaltantes, Valenzuela sería llevado preso a Consuegra el 27 de enero, donde sería encerrado en una torre del castillo prioral, propiedad de don Juan José de Austria, y, por decreto real, privado de todos los honores, preeminencias y prerrogativas obtenidas durante su privanza. Por otra parte, se ordenaría el confinamiento de su mujer, doña María de Ucedo, e hijos en el Convento de las Ursulinas de Talavera de la Reina, a los que, sin embargo, se les concedía 4.000 ducados de renta por juro de heredad situados en lo mejor de su hacienda. Hubo, por tanto, un auténtico ensañamiento con Valenzuela.

Cabe destacar que el apresamiento de Valenzuela y el asalto del monasterio escurialense provocaron una situación más que tensa con las autoridades eclesiásticas, Tras varias cartas cruzadas entre la Corona y la Santa Sede, ésta aceptó devolver a Valenzuela a la justicia eclesiástica. En un primer momento el antiguo privado sería trasladado a la iglesia de Tembleque, en donde sería entregado al vicario general de Madrid, don Francisco Forteza, para posteriormente ser llevado de nuevo a Consuegra, ahora bajo la protección de la jurisdicción eclesiástica. 

El 28 de febrero de 1677 se reunió la congregación de la Inmunidad para tratar de solucionar el conflicto de competencias. Se aprobó la intervención del nuncio papal, Savo Millini, requerida por el Prior de El Escorial, que, tras hacerse con la causa por el fallecimiento del Arzobispo de Toledo, don Pascual de Aragón, y sin haber sentencia condenatoria, requisó los bienes de Valenzuela y acto seguido, el 9 de febrero de 1678 ordenó sus destierro a las Islas Filipinas por un periodo de diez años. Entre sus bienes se encontraban desde las alhajas hasta el ajuar doméstico, pasando por el mobiliario, alfombras, tapicerías, colgaduras, pinturas, armas, ropa personal, etc. La jurisdicción y rentas de sus villas de Villasierra y del Herradón y de otros lugares de su propiedad fueron igualmente secuestrados por la Real Hacienda. 

Con el destierro a Filipinas de Valenzuela y el alejamiento a Toledo de la reina madre doña Mariana de Austria, don Juan José de Austria se hacía definitivamente con el control total del la Corte, el Rey y el Gobierno universal de la Monarquía.

CONTINUARÁ...


Fuentes:

1. Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Precedencia y dirección del Gobierno. El ascenso ministerial de Fernando de Valenzuela en la Corte de Carlos II" en García García  Bernardo J. y Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Vísperas de Sucesión. Europa y la Monarquía de Carlos II". Fundación Carlos de Amberes, 2015.

2. Castillo Soto, Josefina: "Don Juan José de Austria (hijo bastardo de Felipe IV): Su labor política y militar". UNED, 1991.

3. Luque Talaván. Miguel: "La inconstante fortuna de Fernando de Valenzuela y Enciso. Su destierro en las islas Filipinas y los últimos años en la ciudad de México (1678-1692)". Archivo Agustiniano, XCV (2011), 213-244.

4. Ruiz Rodríguez, Ignacio: "Don Juan José de Austria en la Monarquía Hispánica. Entre la política, el poder y la intriga". Dykinson, 2007.

martes, 9 de agosto de 2016

Fernando de Valenzuela, un valido advenedizo (Parte X)

1. Retrato de don Juan José de Austria dentro del libro de Gaspar Sanz "Instrucción de música sobre guitarra española". Zaragoza, 1674. BNM.


Al poco de publicarse el famoso Manifiesto de los Grandes, Valenzuela se retiró a El Escorial junto a su mujer embarazada y sus dos hijas, acompañado por una escolta de veinte "chambergos". Allí Villasierra quedaría amparado por el asilo eclesiástico. Sin embargo. el Consejo de Estado recomendaba al Rey alejarle incluso aún más:

"el primer paso que se debe dar es apartar y asegurar la persona del marqués de Villasierra, porque estarse en El Escorial, no es tan apartado y asegurado...que Vuestra Majestad le mande salir de San Lorenzo, y que un alcalde, u otro sujeto le lleve al Alcázar de Segovia...".

Con todo, y después de haberse decantado el Rey finalmente por la localidad escurialense, enviaría una carta el 23 de diciembre al padre fray Marcos de Herrera, prior del Real Convento, pidiendo que allí fuese recibido y acogido don Fernando de Valenzuela:

"Venerable y devoto fray Marcos de Herrera, prior del convento Real de San Lorenzo. En caso en que don Fernando de Valenzuela, marqués de Villasierra vaya a ese convento, os mando le recibáis en él y le aposentéis en los aposentos de Palacio, que le señalaron cuando yo estuve en ese sitio, asistiéndole en todo cuanto hubiere menester para la comodidad y seguridad en su persona y familia, y para los demás que pudiere ofrecérsele, con el particular cuidado y aplicación que fío de vos en que me haréis servicio muy Grande".

Por otra parte, en la semana anterior a Navidades la reina doña Mariana de Austria intentó desesperadamente defenderse ordenando en reiteradas ocasiones al presidente del Consejo de Castilla, apresar a los cabecillas de la conjura: Alba, Osuna y Medina-Sidonia. Desde una postura desafiante, los tres hicieron saber que estaban armados y dispuestos a defenderse. No obstante, el presidente, el Conde de Villaumbrosa, se negó a ejecutar la orden. movido, probablemente por su repulsa tanto a Valenzuela como al comportamiento de la Reina en el otoño de 1676, así como por el temor a una guerra civil.

Mariana de Austria echó mano de lo único que creía capaz de controlar la situación: llamar al Arzobispo de Toledo y Primado de España, el cardenal Pascual de Aragón, a la capital, donde haría su entrada el 24 de diciembre. Después de 11 años de regencia, la Iglesia y la nobleza, recuperaban el poder perdido y se hacían dueños de los acontecimientos políticos.

2. Retrato de don Pascual de Aragón, obra de Alberto Pérez (1678).

El prestigio de don Pascual de Aragón se mantenía intacto y su poder sobre la Iglesia castellana era enorme, No obstante, como ya en otras ocasiones, no se sintió capaz de asumir el Gobierno que se le ofrecía. En su lugar, se creó una Junta en los días de Navidad en la que él, el Almirante de Castilla, el Condestable, el Duque de Medinaceli, el Rey y doña Mariana trataron de manejar el curso de los acontecimientos.

Pero los ánimos en Madrid estaban totalmente agitados, el rearme del Palacio impulsado por Valenzuela y el revuelo de las masas populares hicieron temer lo peor. Algunos de los conjurados y, sobre todo, don Pedro de Aragón (hermano del Arzobispo de Toledo) no resistieron la tensión y comenzaron incluso a aproximarse de nuevo a Valenzuela y la Reina. No obstante, la resolución de los otros, principalmente de Alba, Osuna y Medina-Sidonia, no dejaba cabida a otras solución que no fuera la fijada por los Grandes.

Por consejo de don Pascual de Aragón y del Almirante, Carlos II acabó enviando el 27 de diciembre el siguiente billete a su hermano don Juan José de Austria:

"Don Juan de Austria, mi hermano: Habiendo llegado las cosas universales de la Monarquía a términos de necesitar de toda mi aplicación y dar cobro ejecutivo a las de mayor importancia, en que os hallo tan interesado; debiendo fiar de vos la mayor parte de mis resoluciones; he resuelto ordenaros vengáis sin dilación alguna a asistirme en tan grave paso, como lo espero de vuestro celo a mi servicio, cumpliendo en todas las circunstancias de la jornada lo que es tan propio de vuestras obligaciones".

Al mismo tiempo, la reina doña Mariana enviaba al Príncipe una carta en la que ratificaba la orden de su hijo con un requerimiento en los mismo términos:

"Don Juan, mi primo: El Rey, mi hijo, ha resuelto, como entenderéis por la que os escribe, que vengáis luego a asistirle al expediente de los negocios universales; y yo he querido deciros de cuánto agrado y gusto me será que lo ejecutéis con la brevedad que solicita el estado de las cosas de la Monarquía, como lo fío de vuestro celo é intención: pudiendo aseguraros de lo que siempre atenderá a todo lo que fuera de vuestra mayor satisfacción".

Sin embargo, a diferencia de 1669 y 1675, don Juan José no veía con demasiada confianza su marcha a Madrid. Ya había visto frustrada en dos ocasiones su esperanza de servir como Primer Ministro de Carlos II, de ahí que, al contrario de lo que cabría esperar, éste se hubiera pasado los meses anteriores entregado plácidamente a otras ocupaciones, manteniendo sólo de manera esporádica contactos con Madrid. En secreto, sin embargo, Su Alteza, desde Zaragoza, hizo todos los preparativos oportunos para poder dar una pronta respuesta a las posibles señales que llegaran a Madrid. De ayuda le serviría ahora la posición que se había forjado en sus años de virreinato en Aragón, como padrino de la nobleza y del tercer estamento. Empezó a reunir soldados y pertrechos, se hizo con el control de la línea postal entre Cataluña, Aragón y Madrid, y avivó su apoyo a los diputados del Reino,

También en Cataluña don Juan pudo comprobar que la mayoría de los soldados estaban de su parte. Los jinetes catalanes a las órdenes de don Gaspar de Sarmiento representaban un importante refuerzo para las tropas juanistas. Bajo su enérgico mando, los jinetes marcharon rumbo oeste en continua afluencia hasta que el Príncipe hizo parada en Ariza al fin de organizar sus unidades.

Los datos discrepan a la hora de ponderar la fuerza y el número de su tropa: 3.000 soldados de infantería y 1.000 de caballería le atribuiría un cronista adverso; 7.500 y 1.600 son las cifras aportadas por un seguidor del Príncipe. En Madrid corrían rumores de que llevaba consigo hasta un total de 15.000 hombres; aunque ya poco después después se decía que sólo eran 1.000 soldados de infantería y 600 de caballería.

Al parecer, don Juan fue considerando cada vez más la idea de reducir su escolta, pues, por un lado, desconfiaba de la fuerza de una tropa demasiado heterogénea y, por otro, no quería entrar en la capital  como un "golpista", sino como aquel que había sido llamado por Carlos II. Cuando acampó finalmente en Hita (un territorio del juanista Duque del Infantado, al noreste de Guadalajara), sus soldados eran seguramente muchos menos de los que tenía en Ariza.

Hasta Hita se desplazaría don Pascual de Aragón para tratar allí con don Juan los detalles de su entrada en Madrid y pedirle que "deshiciese la gente", a lo que el Príncipe impuso dos condiciones: la prisión de Valenzuela y la extinción de la Guarda Chamberga.

CONTINUARÁ...


Fuentes:

1. Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Precedencia y dirección del Gobierno. El ascenso ministerial de Fernando de Valenzuela en la Corte de Carlos II" en García García  Bernardo J. y Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Vísperas de Sucesión. Europa y la Monarquía de Carlos II". Fundación Carlos de Amberes, 2015.

2. Castillo Soto, Josefina: "Don Juan José de Austria (hijo bastardo de Felipe IV): Su labor política y militar". UNED, 1991.

3. Luque Talaván. Miguel: "La inconstante fortuna de Fernando de Valenzuela y Enciso. Su destierro en las islas Filipinas y los últimos años en la ciudad de México (1678-1692)". Archivo Agustiniano, XCV (2011), 213-244.

4. Ruiz Rodríguez, Ignacio: "Don Juan José de Austria en la Monarquía Hispánica. Entre la política, el poder y la intriga". Dykinson, 2007.


lunes, 18 de julio de 2016

Fernando de Valenzuela, un valido advenedizo (Parte IX)

1. Retrato de don Fernando de Valenzuela, Marqués de Villasierra, obra de Claudio Coello. Real Maestranza de Ronda.

El meteórico ascenso de Valenzuela hizo que nobles y cortesanos, que incluso debían sus puestos a la intervención de Villasierra, y Grandes desatendidos por un Rey “marioneta”, mantuvieran comunicaciones fluidas desde agosto de 1676 con el fin de elaborar estrategias de actuación para derrocar al nuevo Primer Ministro y erigirse en los nuevos árbitros legítimos de la Monarquía Así, en un complejo proceso, la nobleza, de manera casi espontánea, se hizo dueña de la opinión pública y cortesana.

Los buenos modos orientados a conseguir el beneplácito de Carlos II habían fracasado, por lo que el Duque de Medinaceli y el Conde de Oropesa optaron en última instancia por el recurso a la violencia y la colaboración con don Juan José de Austria, que seguía los sucesos de la Corte desde su exilio zaragozano y que también intentó convencer al Arzobispo de Toledo, don Pascual de Aragón, de su participación en la expulsión de Valenzuela. El Duque de Medinaceli, sumamente prudente, se condujo con especial cautela en todo el asunto y trató de atraerse hacia sí la voluntad del Rey para protegerse de futuras represalias a la vez que fue pieza activa en la captación del citado Arzobispo para el recurso de la fuerza en el asunto Valenzuela. La carta que mandó a don Pascual es ilustrativa al respecto:

"Señor no quiero quietarme en mi celo y obligaciones, acompañados del conocimiento que me asiste, y en que me han constituido la experiencia de tan repetidos trabajos como en los que se ve este infeliz Palacio y esta desgraciada monarquía, si dejase ir la carta inclusa sin expresar a Vuestra Eminencia mi dolor en el horror que me deja ver tan ciego a quien se ha procurado abrir los ojos por todos los caminos de la conciencia, de las obligaciones de rey, de las de caballero y aún de las de hombre racional, que tengo testigos a Dios gracias…"

En septiembre de 1676 ocurrió un hecho que precipitó la evolución de los acontecimientos: el Marqués de Villasierra fue ascendido a Grande de España durante el desarrollo de una cacería con un suceso desafortunado: En el transcurso de tan saludable actividad para el adolescente Carlos II, éste logró cazar (según los testimonios de sus más allegados “cortesanos”) un fabuloso jabalí. Con la emoción el Rey disparó varios tiros al aire con tan mala suerte que uno de ellos acertó a dar en el pie de Valenzuela, El Rey quiso resolver el incidente con un gesto escandaloso que enervó a los nobles allí presentes: llamó a Villasierra y le pidió que "cubriese su cabeza", gesto tradicional para nombrar a un Grande de España, con derecho a compartir posición y privilegios con los más esclarecidos linajes de la Monarquía. Desde aquel bochornoso episodio, los Grandes y títulos, los cortesanos descontentos y don Juan Juan José de Austria, decidieron que Valenzuela debía ser expulsado de la Corte y con él la Reina madre, su gran valedora.

En noviembre tuvo lugar lo que Álvarez Ossorio ha denominado "Huelga de Grandes": los Grandes se negaron en rotundo a incluir a Valenzuela en su selecto círculo, así, en un acto de desobediencia al Rey sin precedentes en la monarquía de los Austrias, el 4 cuatro de noviembre, onomástica de Carlos II, los Grandes dejaron a Valenzuela solo en el banco de la Capilla Real, reservado para las altas dignidades y, el día del cumpleaños regio, 6 de noviembre, sólo acudieron a la ceremonia del besamanos cinco Grandes como protesta ante el reciente ascenso de Villasierra, incluso Medinaceli se disculpó por malestar físico en la audiencia pública de Valenzuela el día 10 de noviembre.

El 15 de diciembre casi todos los Grandes firmaron un manifiesto contra Valenzuela que certificaba la rebeldía de la nobleza y su respaldo incondicional a don Juan José de Austria: "declaramos que cualesquiere que intentaren oponerse a embarazar nuestros designios, encaminados al mayor servicio de Dios, de Su Magestad, y bien de la causa pública, los tendremos y trataremos como a enemigos jurados del Rey y de la patria uniéndonos todos contra ellos". Al final del manifiesto se hacía referencia concreta a la postura de don Juan José: "Y el Señor don Juan, en su particular, declara que el haber convenido el último de los tres puntos dichos que toca a su persona, es por haberlo juzgado los demás conveniente al servicio de Dios y del Rey, pues de su motivo propio, protesta delante de su Divina Magestad, no viniere en ello, por muchas razones".


Entre los nobles firmantes se encontraban las Casas de Alba, Osuna, Pastrana, Veragua, Gandía, Híjar, Camiña, Infantado, Lemos, Oñate, Medina-Sidonia, etc. Sin embargo, dos importantísimos nombres no suscribieron este comprometedor documento, se trataban, nada más y nada menos, que del Duque de Medinacli y el Conde de Oropesa. Sus razones parecen claras: Medinaceli siempre jugó con la ambigüedad propia de un experto cortesano, se mostró favorable a la expulsión de Valenzuela, incluso fue partidario del uso de la violencia, pero nunca abiertamente. Medinaceli procuró ante todo que no le salpicaran las posibles represalias que pudieran venir de uno u otro bando, calibró fríamente las consecuencias y decidió no firmar por lo que pudiera ocurrir, además si triunfaba don Juan José bien podría justificar su apoyo al bastardo con sus esfuerzos pasados. El Conde de Oropesa, tan cercano en intereses a Medinaceli y con un puesto importante que perder o conservar, debió realizar las mismas reflexiones. Ambos no firmaron y ambos llegaron a ser, tras la muerte de don Juan José de Austria, primeros ministros de la Monarquía. Tampoco estamparon sus nombres en el documento el Almirante, el Condestable o don Pascual de Aragón.

Con aquel manifiesto se confirmó la rebelión de la nobleza auspiciada por don Juan José de Austria. Un ataque a la Regente y al Marqués de Villasierra que se iba a saldar con los dos objetivos planteados por los conjurados: el alejamiento de doña Mariana de Austria y el encarcelamiento de Valenzuela.

CONTINUARÁ...


Fuentes:

1. Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Precedencia y dirección del Gobierno. El ascenso ministerial de Fernando de Valenzuela en la Corte de Carlos II" en García García  Bernardo J. y Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Vísperas de Sucesión. Europa y la Monarquía de Carlos II". Fundación Carlos de Amberes, 2015.

2. Castillo Soto, Josefina: "Don Juan José de Austria (hijo bastardo de Felipe IV): Su labor política y militar". UNED, 1991.

3. Luque Talaván. Miguel: "La inconstante fortuna de Fernando de Valenzuela y Enciso. Su destierro en las islas Filipinas y los últimos años en la ciudad de México (1678-1692)". Archivo Agustiniano, XCV (2011), 213-244.

4. Oliván Santaliestra, Laura: "Mariana de Austria en la encrucijada política del siglo XVII". UCM, 2006.

martes, 17 de mayo de 2016

Fernando de Valenzuela, un valido advenedizo (Parte VIII)

1. Estatua orante de don Pedro Fernández de Campo, primer Marqués de Mejorada. Museo Arqueológico Nacional de Madrid.


Desde principios de julio de 1676 el Marqués de Villasierra desplegó su labor política en el despacho de los negocios. Por un lado, continuaba inmiscuyéndose en los asuntos relativos a provisiones de oficios y dignidades civiles y eclesiásticas. Por otro, se implicó en el abastecimiento de alimentos a Madrid. En el mes de junio se había centralizado el abastecimiento de la carne en Madrid, al hacer depender los vendedores de carne del carnero del Rastro de las compañías de obligados que gestionaban la carne en la Villa y su alfoz. Como se detallaba en un diario: "en 6 de julio de dicho año, mandó don Fernando de Balançuela llamar a los obligados de las carnicerías de esta Corte, en que les mando bajasen tres cuartos en cada libra de carne, sobre que hubo muchos debates, y que el dinero de la Villa a 5 por ciento y no más". La gestión del abastecimiento de Madrid era crucial para asegurar la quietud de la Corte. En estos días, el descrédito del gobierno de doña Mariana de Austria en la opinión común era creciente. Por las calles de la ciudad circulaban pasquines e impresos contrarios a la Regente. La intervención sobre los abastos, en una fase de penuria como esta, tuvo como finalidad templar los ánimos del pueblo. Debido a medidas como estas, la imagen del ministerio de Valenzuela ha pasado a la historiografía moderna asociada al arquetipo de "pan y circo", combinando las comedias y las fiestas de toros con el abaratamiento de los productos de primera necesidad en Madrid. Fiestas y alimentos baratos buscaban contentar a la plebe madrileña, consideraba un "monstruo" poco fiable por los patrones cortesanos.

A principios de agosto se confirmó en Madrid la bajada del precio de la carne impuesta por Valenzuela. Durante aquellos meses fue constante su intervención en los asuntos de la Villa, desde la financiación de las obras reales hasta la reforma del número de alguaciles y la política de abastos.

El reforzamiento del poder de Villasierra suscitó la oposición abierta o tácita de los principales beneficiarios políticos de su ausencia de Madrid. El Duque de Medinaceli utilizaba su jefatura de la cámara del Rey para obstaculizar su ascenso. En julio circularon rumores de un posible cese del Conde de Villaumbrosa. Como eventual sucesor en la Presidencia del Consejo de Castilla se aludió al obispo electo de Oviedo, Alonso Antonio de San Martín, abad de Alcalá la Real, hijo natural de Felipe IV. Desde la jornada de Valenzuela a Vélez Málaga eran constantes las alusiones al interés de la Reina en reforzar su partido con la presencia en el gobierno de un hijo natural de Felipe IV que sirviese de contrapeso a don Juan José de Austria.

Sin embargo, tanto Medinceli como Villaumbrosa consiguieron conservar sus puestos durante el ministerio de Valenzuela. Distinta suerte tuvo el tercer miembro del triunvirato que dirigió el gobierno durante los primeros meses de 1676. A mediados de julio estalló un violento enfrentamiento entre Valenzuela y el Secretario del Despacho Universal, el bilbaíno Pedro Fernández del Campo y Fernández Angulo, Marqués de Mejorada desde 1672. Tanto él como su hermano Íñigo anudaron lazos durante sus carreras con el Conde de Peñaranda. El poderoso secretario encabezaba una extensa red de parientes y amigos, para quienes consiguió destacados puestos en la Corte y el gobierno, así como dignidades eclesiásticas. Tras la caída de Nithard, Fernández del Campo asumió un papel decisivo en el gobierno de la Monarquía. Era una hechura de la Reina, quien prefería que un hidalgo controlase el despacho regio a otorgar el valimiento a un Grande de España.

El fracaso de la pugna por la precedencia en el coche del Rey no frenó los intentos de a Reina por reforzar la proyección ministerial de Villasierra. A mitad de julio trató de dejar patente la subordinación de los Consejos, al imponer varios nombramientos de puestos supremos sin preceder las acostumbradas ternas, Quizá animado por el éxito de los gentilhombres de cámara en su oposición a Valenzuela, Mejorada optó por la vía de la resistencia a los designios del "Duende". El secretario recibió las órdenes para preparar los despachos por los que se nombraba virrey de Cataluña al Príncipe de Parma, Alessandro Farnese, y virrey de Sicilia a Anielo de Guzmán. Marqués consorte de Castel Rodrigo. Estas decisiones se adoptaron sin preceder las consultas de los Consejos de Estado y de Guerra. El secretario representó al Rey en el despacho como era costumbre de su padre Felipe IV, y de la Reina durante la regencia, resolver tales nombramientos tras examinar las consultas de los Consejos Carlos II escuchó el parecer de Mejorada y le dijo que hablaría con su madre.

La representación del secretario en defensa del papel de los Consejos suscitó la indignación de Villasierra, quien instó a Mejorada a preparar los despachos. Ante sus dilaciones, Valenzuela le reprendió de forma severa. Se reiteraron las órdenes reales para expedir los despachos, de modo que se rubricaron los nombramientos como virreyes de Castel Rodrigo y del Príncipe de Parma. Fernández de Campo se fingió enfermo, retirándose a su casa pretextando que no podía acudir al despacho en varios días. En su lugar comenzó a ejercer el puesto Jerónimo de Eguía, secretario de la Reina que tenía la facultad de sentar la plaza en caso de ausencia o enfermedad del titular. La promoción de Eguía alteró el "cursus honorum" de la pluma. Hasta entonces, lo habitual era que los secretarios de Estado accedieran a la secretaria de despacho. Eguía había ejercido las plazas de secretario de Órdenes y de Justicia en gobierno.

De este modo, Valenzuela doblegó la oposición de la secretaría del despacho universal, a la vez que restringía el margen de maniobra del Consejo de Estado. Al proveer los virreinatos por decreto sin preceder terna del Consejo de Estado, Villasierra reafirmaba su primacía frente al principal consejo de la Monarquía compuesto por Grandes de España y aristócratas. Con un solo golpe se quebraba la autoridad de la covachuela y mermaba la la del Consejo de Estado, dos instancias supremas de poder en la Corte desde la muerte de Luis de Haro (1661).

Durante su aparente convalecencia don Pedro Fernández de Campo sufrió la absoluta indiferencia de los Reyes. La pérdida del favor regio quedó acreditada con la ausencia de pretendientes en su antecámara. Como era habitual, Valenzuela utilizó los rumores para forzar la rendición final de Mejorada. Hacer correr una voz por los mentideros era un modo de sondear la opinión común de la Corte. Desde Palacio se comentó que había bajado un decreto prohibiendo a Mejorada volver a entrar en la covachuela, a la vez que supuestamente se encargaba a Lope de los Ríos que lo residenciase. A principios de agosto se especuló con que se preparaban numerosas acusaciones contra el secretario en asuntos graves, incluida la revisión de cuentas del Bolsillo Secreto del Rey. Tras amenazas de una visita particular y un proceso, Mejorada envió intercesores a Valenzuela y se avino a un acuerdo que minorase el rigor de su desgracia.

A principios de septiembre los representantes diplomáticos informaron cómo don Pedro Fernández de Campo había logrado ajustar su jubilación con Valenzuela, evitando la puesto en marcha de una residencia de su gestión. Mejorada había regresado a Palacio para besar la mano de los Reyes. El Marqués de Villasierra había vencido a la covachuela. Durante su ministerio se aseguró de no proveer en un titular propietario el puesto de secretario del despacho universal. En su labor como primer ministro Valenzuela utilizó los servicios de Jerónimo de Eguía, manteniendo siempre su condición de secretario interino. Para los pretendientes y negociantes en la Corte se trataba de un cambio radical, acostumbrados como estaban durante tres lustros al poder omnímodo de la covachuela.

Desde julio la covachuela se convirtió en una plataforma de poder del nuevo valido. El nombramiento sin consulta de los virreyes y la caída de Mejorada era el anuncio ante la Corte del encumbramiento ministerial de Villasierra. Valenzuela despachaba con Jerónimo de Eguía en Palacio a solas de forma frecuente, lo que equivalía a decir que el despacho universal del gobierno de la Monarquía  lo desempeñaba él mismo.

A finales de julio Fernando de Valenzuela contaba con dos logros destacados y varios fracasos desde su regreso wn abril a Madrid. Entre los éxitos, por un lado, estaba la obtención de la jefatura de la casa de la Reina. Por otro, el reconocimiento de su superioridad por parte de la secretaría del despacho universal. Este triunfo político estaba reciente cuando se celebró en Palacio la onomástica de la Reina. El 26 de julio, día de Santa Ana, se organizaron en la Corte comedias y saraos. La Chamberga lució sus nuevas libreas al desfilar en la plaza de Palacio. En los oficios de la real capilla acompañaron a los Reyes diecisiete Grandes de España. En el día del santo de doña Mariana se publicaron numerosas mercedes, como virreinatos, embajadas, mandos militares y pensiones. La expectativa de recibir beneficio reunió a la Grandeza de España y a la alta nobleza en torno a las personas reales. La reina Mariana, junto a su hijo y al valido Fernando de Valenzuela, podía considerar que había fortalecido su control de la dirección del gobierno de la Monarquía. Pero en aquellos días ya habían comenzado las cábalas de algunos aristócratas, como el Duque de Medinaceli y el Conde de Oropesa, tendentes a derribar a Fernando de Valenzuela La cámara del Rey volvía a movilizarse contra el nuevo valido. Sino caída el "Duende", el siguiente objetivo sería la propia Reina. Entre agosto y diciembre de 1676 el poder de doña Mariana entraba en una fase decisiva en la que estaba en juego tanto el destino final de su hechura como su propia supervivencia política.

CONTINUARÁ...


Fuentes:

1. Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Precedencia y dirección del Gobierno. El ascenso ministerial de Fernando de Valenzuela en la Corte de Carlos II" en García García  Bernardo J. y Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Vísperas de Sucesión. Europa y la Monarquía de Carlos II". Fundación Carlos de Amberes, 2015.

2. Luque Talaván. Miguel: "La inconstante fortuna de Fernando de Valenzuela y Enciso. Su destierro en las islas Filipinas y los últimos años en la ciudad de México (1678-1692)". Archivo Agustiniano, XCV (2011), 213-244.


domingo, 20 de marzo de 2016

El Estado adquiere dos portapaces de Carlos II




El Estado acaba de adquirir por 1.600€ estos dos portapaces de finales del siglo XVII en la casa de subastas Segre que representan a Carlos II y su segunda mujer, Mariana de Neoburgo, como San Hipólito mártir y Santa Concordia, según rezan las cartelas. 

Se trata de estructura arquitectónicas con dos pilastras y pequeño templete gallonado, con querubines, del que parten lambrequines que enmarca dos placas ovales en plata sobredorada que tienen los bustos reales en relieve. Llevan añadidos símbolos del martirio como son la corona de laurel y la palma.

Estos dos portapaces recuerdas a las dos miniaturas de Jan van Kessel III hoy en colección particular que representan a Carlos II y Mariana de Neoburgo como San Fernando y Santa Elena.


martes, 15 de marzo de 2016

Fernando de Valenzuela, un valido advenedizo (Parte VII)

1. Vista del Cortejo de Carlos II saliendo del Real Alcázar (1677), autor anónimo. Colección Abelló.

Después del nombramiento de Valenzuela como Caballerizo Mayor, en la Corte se extendió el rumor de la inminencia de la consecución de la Grandeza de España. A finales de junio se consideraba inminente una promoción de Grandezas. Los agentes de negocios extranjeros consideraban que el impulsor de esta medida era el Marqués de Villasierra. Valenzuela se había asegurado la subordinación del despacho regio. No se trataba tan solo de que la secretaría del despacho universal estuviese perdiendo capacidad de maniobra frente a Villasierra, sino que se consideraba a Carlos II ajeno al proceso de toma de decisiones. La derrota política de la cámara del Rey, liderada por el Duque de Medinaceli, implicaba el encumbramiento definitivo del valido de la Reina.

En los últimos días de junio doña Mariana de Austria parecía redoblar su presión para obtener la Grandeza para su hechura. La obtención de la misma despejaría su camino hacia el ministerio supremo.Todas las actuaciones de la Reina estaban dirigidas a un único fin: asentar su poder en el período de mayoría de edad de su hijo, a la vez que limitaba la influencia de los linajes antiguos de la aristocracia española. Los intentos de introducir a Valenzuela en la cámara del Rey, así como ganarse su favor en los reales sitios, eran los medios para afianzar el futuro político de la Reina madre. La gloria de su criatura era la expresión de la autoridad de la patrona. Una eventual materialización del gobierno personal de Carlos II, alentado por los amigos del Rey desde su cámara, pondría en riesgo el valimiento de Valenzuela. Su encunbramiento era a iniciativa de doña Mariana justo cuando  su autoridad era cuestionada por a mayoría de edad del joven monarca.

Los informes diplomáticos daban cuenta de las reuniones nocturnas que mantuvo Valenzuela con el Presidente del Consejo de Italia. Por entonces, Villasierra no parecía tener inconveniente en acercarse a la casa del Conde de Peñaranda para examinar negocios conjuntamente. El consejero de Italia se trasladaba a la residencia de su Presidente. La opinión común en la Corte especulaba con una posible promoción de grandezas que contentase a algunos destacados exponentes de los Guzmanes, los herederos políticos de Olivares y Luis de Haro, a la vez que franquease la elevación del propio Valenzuela. Según este diseño, se ofreció la Grandeza vitalicia al Conde de Peñaranda y al Conde de Villaumbrosa, intentando que la Grandeza de Villasierra fuese hereditaria. A principios de julio, se comentaba que Peñaranda y Villaumbrosa se negaban a aceptar la Grandeza solo para sus personas. La Casa de Peñaranda declinó la oferta de esta distinción limitada y mantuvo esta actitud durante meses. El intento de promoción de Grandezas había fracasado. Valenzuela tuvo que esperar una ocasión propicia para cubrirse. El proceso se complicaba al no contar con el apoyo de ministros de una trayectoria tan dilatada como Peñaranda o tan poderosos como el Presidente del Consejo de Castilla, con un séquito relevante de parientes y clientes. El bloqueo de una promoción colectiva abocaba a Villasierra a una distinción personal, más arriesgada por la reacción aristocrática que podía suscitar. Durante los siguientes meses la eventual concesión de la Grandeza a Valenzuela continuó siendo una cuestión esencial. ¿Podía ser considerado primer ministro de la Monarquía sin ostentar la Grandeza de España?

En los avisos que el nuncio enviaba a la corte de Roma la privanza se asociaba con tres cualidades: el nombramiento como gentilhombre de la cámara e Carlos II, a fin de asegurarse la gracia del Rey. La obtención del cargo de consejero de Estado. Y, por último, la consecución de la Grandeza. Desde mediados de 1675 la reina doña Mariana intentaba que Valenzuela entrase en la cámara del Rey. El puesto de consejero de Estado no parecía tan absolutamente indispensable, dado que don Luis de Haro no lo ejerció durante su valimiento, aunque hubiese recibido esta distinción de Felipe IV de manera reservada.

El círculo aristocrático de la cámara de Carlos II era un muro que dificultaba la ejecución de los decretos del Rey a favor de Valenzuela. La resistencia era liderada por el sumiller de corps, el Duque de Medinaceli, y por algunos gentileshombres de cámara como el Conde de Oropesa. Tanto Medinaceli como Oropesa eran considerados "amigos" del joven Rey. La situación política era compleja para doña Mariana y su hechura. Un exceso de presión sobre este grupo aristocrático podía empujarlo a los brazos de Juan José de Austria y el partido de los malcontentos. En el fondo, los Grandes y títulos que habían obtenido destacados puestos en la Casa del Rey habían recibido estos oficios gracias a doña Mariana de Austria y tendían a buscar una vía templada que evitase una ruptura abierta, prefiriendo medios suaves a actuaciones violentas. Pero cada ascenso de Valenzuela en la Corte y el gobierno de la Monarquía estrechaba el margen de maniobra de los "amigos" del Rey e incrementaba las filas de la oposición política.

Mariana de Austria era consciente de que la cámara del Rey bloqueaba el ascenso político de Valenzuela. Durante la primera semana de julio, la jefatura de la Casa de la Reina sirvió de plataforma a Villasierra para intentar un asalto definitivo a la cámara de Carlos II. En lugar de pretender una nueva llave dorada con la aquiescencia de un número razonable de gentilhombres de cámara del Rey, Valenzuela optó por una vía más directa. La Reina obtuvo un real decreto que otorgaba al Marqués de Villasierra, en calidad de caballerizo mayor de la Reina, la precedencia sobre todos los gentilhombres de cámara de Carlos II. Asimismo, el puesto de caballerizo mayor de la Reina se convertía en una especie de cuarta jefatura de la Casa del Rey, ya que se le concedía el primer lugar en la primera carroza de respeto del Rey después de los tres jefes de la Casa del Rey.

La reacción de la alta nobleza de Palacio tuvo dos direcciones: la negativa a la aplicación del real decreto y la supresión del servicio al Rey. La unidad del cuerpo del gentilhombres de la cámara era un fenómeno extraordinario, dado que de forma estructural en la cámara de los monarcas competían diversas facciones y linajes por controlar a la persona regia y prevalecer en el favor. La Reina y Valenzuela titubearon a la hora de imponer de forma inmediata el decreto del Rey. La demora en la decisión puso de relieve la grave fractura en los apoyos aristocráticos a doña Mariana. Un desaire colectivo a los poseedores de la llave dorada podía tambalear el sistema de poder de la Reina, a la vez que fortalecer de forma irreversible el partido de don Juan.

Alguno de los principales servidores de la Casa del Rey incluso se retiraron a sus estados, caso, por ejemplo, del Marqués de la Algaba que se retiró a Andalucía. Francisco de Guzmán, V Marqués de la Algaba, ejercía el puesto de primer caballerizo del Rey desde diciembre de 1675 y tenía una amplia red de parientes en la Corte. La partida de Algaba hacia tierras sevillanas puso de manifiesto la determinación de la aristocracia palatina en no subordinarse en la ceremonias públicas a Valenzuela. La alta nobleza que servía a Carlos II se resistió a ceder espacios de intimidad cotidiana con el Rey al advenedizo, enfrentándose a la autoridad de la Reina.

El primer efecto de la oposición del bloque aristocrático al decreto de precedencia fue la inmovilización de las personas reales. Dado que en buena medida la controversia afectaba a la posición de cada servidor en los coches al trasladarse por Madrid y sus alrededores, los Reyes tuvieron que permanecer en palacio hasta dirimir el recurso. Se suspendieron algunas fiestas de toros previstas en la Corte. Además, se interrumpieron los habituales paseos de los Reyes por el espacio urbano y los alrededores de la Villa Coronada para asistir a festejos y devociones.

Ante la intensidad del enfrentamiento entre la Reina y los nobles de la llave dorada, a mediados de junio redoblaron su labor de mediación los principales partidarios de doña Mariana en el seno de la cámara de Carlos II. Fue significativa la intervención del Duque de Pastrana y el Conde de Aguilar para aquietar el enfrentamiento entre Mariana de Austria y los criados de la cámara. Rodrigo Manuel Manrique de Lara, conde consorte de Aguilar, desempeñaba el mando supremo de la Chamberga. Su proximidad al Rey había sido decisiva para avanzar las pretensiones de Valenzuela tras su regreso de Granada. También el V Duque de Pastrana, Gregorio de Silva Mendoza, había establecido una alianza con Villasierra tras la muerte de su padre. El Duque estaba casado con María de Haro y Guzmán, la hija del último valido de Felipe IV, don Luis de Haro. Estas dos llaves doradas ejercieron un papel decisivo en buscar una mediación entre la Reina y la cámara del Rey. 

Doña Mariana tuvo que ceder en su pugna con el cuerpo de los gentilhombres de cámara. A mediados de julio la huelga de la llave dorada daba sus frutos. Las escasas salidas de los Reyes se abreviaron. La soledad de Carlos II era la expresión pública del fracaso de la Reina en su intento de imponer la precedencia de Valenzuela en el coche del Rey. Mariana se mostró de nuevo incapaz de doblegar la resistencia aristocrática. El decreto de precedencia del Marqués de Villasierra sobre los gentilhombres de cámara nunca llegó a ser publicado ni ejecutado. La firma del Rey, por sí sola, no garantizaba la puesta en práctica de una merced. El Duque de Medinaceli, como sumiller de corps y jefe de la cámara, había acreditado su capacidad de resistir los envites de la Reina.



CONTINUARÁ...


Fuentes:

1. Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Precedencia y dirección del Gobierno. El ascenso ministerial de Fernando de Valenzuela en la Corte de Carlos II" en García García  Bernardo J. y Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Vísperas de Sucesión. Europa y la Monarquía de Carlos II". Fundación Carlos de Amberes, 2015.

2. Luque Talaván. Miguel: "La inconstante fortuna de Fernando de Valenzuela y Enciso. Su destierro en las islas Filipinas y los últimos años en la ciudad de México (1678-1692)". Archivo Agustiniano, XCV (2011), 213-244.

miércoles, 6 de enero de 2016

Fernando de Valenzuela, un valido advenedizo (Parte VI)

1. Mariana de Austria ecuestre, dibujo atribuido a Sebastián de Herrera Barnuevo (h. 1670). Museo del Prado de Madrid.

Durante aquellos días en Aranjuez, la prioridad de Mariana de Austria consistió en asegurar la permanencia de Valenzuela en Madrid y reforzar su papel en las casas reales. La estrategia de fortalecer la posición del Marqués de Villasierra en la Cara de la Reina había comenzado desde su vuelta a Madrid a comienzos de abril. A mediados de mayo Valenzuela aprovechó la estancia de los Reyes en Aranjuez para solicitar que se asentase la plaza de primer caballerizo que le habían concedido en 1673, garantizándole la continuidad en el cobro de 400 ducados de rente como caballerizo de la Reina, situados en los ingresos de la Mesta. Doña Mariana le concedió esta merced, venciendo la resistencia del grefier y contralor que se resistían a realizar el asiento del puesto de primer caballerizo manteniéndole la renta mencionada. El encunbramiento de Valenzuela en la Casa de la Reina culminó con la obtención de una jefatura. Justo cuando espiraba su licencia de dos meses para residir en la Corte y tenía que regresar a Granada a servir el cargo de Capitán General, la Reina le nombró caballerizo mayor. Las jefaturas de las casas reales por lo general estaban reservadas a los Grandes de España o a nobles titulados pertenecientes a antiguos linajes.

Hasta su nombramiento como caballerizo mayor, Valenzuela había sido un instrumento que habían utilizado los Grandes de España para obtener mercedes y oficios supremos. El 14 de junio su carrera había dado un salto cualitativo. Se había adentrado en la reserva aristocrática, en las dignidades reservadas a la Grandeza y la alta nobleza. Durante el siglo XVII las jefaturas de la Casa del Rey y de la Reina eran instancias cruciales para ganarse el favor de las personas reales y asegurar el flujo de mercedes de patronazgo regio hacia las casas aristocráticas, sus parientes y clientes. Mariana de Austria rompió una norma no escrita con la promoción de su favorito. Villasierra no se conformaba con ejercer en la práctica la dirección de la caballeriza de la Reina, gracias a su cargo de primer caballerizo y aprovechando la vacante del puesto de caballerizo mayor desde la muerte del Marqués de Castel-Rodrigo en noviembre de 1675. De servir oficios medianos, Valenzuela pasaba a ser jefe en un espacio clave en la Corte. Este ascenso a la jefatura en la Casa de la Reina presagiaba su nuevo papel en el gobierno de la Monarquía.

En el pequeño mundo del coche de la Reina, símbolo del universo cortesano, el Marqués de Villasierra lograba el reconocimiento de su preeminencia. El cuerpo aristocrático de los mayordomos de la Reina cedió ante la primacía del privado. Por fin, Valenzuela era jefe.

La jefatura de las casas reales era el medio para optar a la privanza y el ministerio supremo. La opinión común de la Corte asociaba dicha jefatura de la casa con la escenificación del ministerio. Desde mediados de junio Villasierra comenzaba a aparecer en público como primer ministro. Además, se le otorgó un papel cada vez más relevante en el control de la hacienda regia. Ya desde el 22 de mayo se le había encomendado la gestión de la hacienda de la Reina, administrando la renta anual de 300.000 ducados que debía cobrar Mariana de Austria durante el resto de su vida, situados en los ingresos del tabaco.

A finales de junio Valenzuela ya despachaba cotidianamente negocios de hacienda con Lope de los Ríos, que había ejercido el puesto de presidente del Consejo de Hacienda entre 1667 y 1673. Villasierra se informaba con este ministro de la planta de los Consejos, así como del aumento de plazas como la que él había recibido de forma hereditaria en el Consejo de Italia.

La intervención del Marqués de Villasierra en negocios de la hacienda regia, así como los planes de reforma trazados con el apoyo de Lope de los Ríos, tuvieron lugar cuando el partido de los malcontentos censuraba el gobierno de la Reina por los gastos en las obras en Palacio y los sitios reales, así como en los divertimentos en Aranjuez. Los reveses militares se sucedieron en aquellos días en Mesina (Sicilia) y en el frente catalán, mientras que en Flandes las tropas aliadas no conseguían avances significativos frente al ejército de Luis XIV. El retraso en las provisiones militares y la carencia de fondos se asociaba al lujo cortesano que exhibían la Reina y sus hechuras. De este modo, las medidas de austeridad y el proyecto de reforma de los consejos y tribunales podían servir también para contrarrestar los ataques propagandísticos de la oposición política al régimen de Mariana.

A finales de junio el ascenso de Valenzuela a la jefatura de la Casa de la Reina fue activando los mecanismos habituales de oposición política en la Corte durante el siglo XVII. Las batallas de papeles coincidieron con la guerra de púlpitos. Salieron desterrados de Madrid el dominico Antonio de Vegara y el carmelita Antonio de Jesús María por sus sermones y por frecuentar a los malcontentos. Según un aviso "el atrevimiento de la malicia puso un pasquín en palacio, el más desvergonzado que se ha visto. Dos días después apareció un hombre muerto en la obra nueva de palacio, y se dijo que él le había puesto". Por las calles de la Villa Coronada circulaban escrito en impresos que justificaban u levantamiento armado contra la Reina. Desde los púlpitos algunos predicadores con capa de celo evangélico censuraban con rigor el Gobierno. E incluso en los espacios más simbólicos del régimen de doña Mariana, como el Real Alcázar, se colocaban pasquines contra el decoro y el honor de la Reina. De forma reveladora, se asociaba la muerte del posible autor con la aparición de un cadáver en la zona de obra que supervisaba Villasierra como superintendente, con la ayuda de José del Olmo.

CONTINUARÁ...


Fuentes:

1. Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Precedencia y dirección del Gobierno. El ascenso ministerial de Fernando de Valenzuela en la Corte de Carlos II" en García García  Bernardo J. y Álvarez-Ossorio Alvariño, Antonio: "Vísperas de Sucesión. Europa y la Monarquía de Carlos II". Fundación Carlos de Amberes, 2015.

2. Luque Talaván. Miguel: "La inconstante fortuna de Fernando de Valenzuela y Enciso. Su destierro en las islas Filipinas y los últimos años en la ciudad de México (1678-1692)". Archivo Agustiniano, XCV (2011), 213-244.