sábado, 18 de noviembre de 2017

El motín madrileño de 1699 y el golpe de estado del Cardenal Portocarrero

Fig. 1. Posible retrato de Manuel Joaquín Álvarez de Toledo, VIII Conde de Oropesa (h.1685). Obra de Claudio Coello (?). Paradero desconocido.


El 6 de febrero de 1699 fallecía el príncipe electoral José Fernando de Baviera, nombrado heredero por Carlos II en su testamento de 1696. Este hecho dejaba la sucesión española en una situación crítica ya que la vía intermedia de conciliación ente Austrias y Borbones y el pacto Oropesa-Portocarrero desparecía. Estos hechos políticos coincidieron además con una fase alcista en el precio del pan, alimento fundamental en la dieta de aquel entonces (1).

Por lo que respecta al primer punto, tras el fallecimiento de José Fernando de Baviera, el Cardenal Primado Portocarrero, hombre fuerte de la Corte y líder de los bavieristas, intentó construir un nuevo pacto alto-nobiliario que tenía como objetivos la caída del Conde de Oropesa (Presidente de Castilla desde 1698 y primer ministro de facto) y la consecución de un nuevo consenso acerca de la sucesión.

Para acabar con Oropesa y su gobierno Portocarrero actuó de varias formas. Por un lado, dirigió diversos memoriales a Carlos II exponiendo la grave situación en la que se encontraba la Monarquía. El Primado señalaba como culpables de esta situación a la Reina y su camarilla alemana, al partido germanófilo (encabezado por el Almirante de Castilla) y al gobierno títere de Oropesa. Por otra parte, Portocarrero atacaba a los Grandes y Títulos por su "desmedida ambición y enriquecimiento" y se postulaba con un nuevo Cisneros capaz de salvar a la Monarquía: "la púrpura me obliga a denunciar todo esto y por eso unos y otros me atacan y promueven papeles y atacándome atacan a Su Magestad, a la Monarquía y a la Religión [...] dicen que ojalá ahora hubiera otro Cisneros [...] y digo que lo hay (en referencia a él mismo)". Finalmente, el Cardenal Portocarrero se propuso organizar un golpe de estado contra el actual gobierno. Dicha conspiración tenía su centro de operaciones en la casa del Marqués de Leganés (sobrino del Cardenal). A estas reuniones acudían, entre otros, los Condes de Monterrey y Benavente. Paralelamente, el embajador francés Harcourt se reunía con el Conde de Monterrey en La Zarzuela planeando un levantamiento popular.

La mañana del 28 de abril de 1699, a eso de las siete, el corregidor don Francisco de Vargas acudió a la Plaza Mayor en visita de inspección. Al reconocerle, una mujer le increpó, en su casa le esperaban el marido parado, seis hijos hambrientos, imposibles de saciar con el pan, caro y negro, que acababa de comprar a doce cuartos. Ante estas palabras el Corregidor le espetó que "diese gracias Dios de que no le costaba dos reales de plata", a lo que añadió en tono burlón "haced castrar a vuestro marido para que no os haga tantos hijos". Un sacerdote que andaba por allí le reprendió por lo inoportuno de sus palabras, mientras que otros comenzaron a insultar al Corregidor. La orden de arresto inmediata contra alguien que se distinguió en los insultos suscitó la reacción espontánea de la gente que se liaron a pedradas y golpes contra el Corregidor que hubo de refugiarse en una tienda. Este fue el detonante del motín. 

La turba al grito de "pan, pan, pan" se dirigió hacia el Real Alcázar tratando de conseguir la presencia de Carlos II para asegurarse la promesa de bajar los precios. No pudieron ver al Rey pero sí al Conde de Benavente, Sumiller de Corps del rey y unos de los conjurados contra Oropesa, que les dijo "que acudiesen al Presidente de Castilla (el Conde de Oropesa), que él les haría justicia". Conviene recordar que, entre sus incontables competencias, el Consejo de Castilla, era responsable del abastecimiento de la Villa y su Presidente que se había acogido a este cargo para, en la práctica, ejercer como Primer Ministro desde su vuelta a la Corte (mandado llamar por la Reina) en marzo de 1698. Por tanto, dirigirse a él significaba dirigirse contra el actual gobierno. En este momento, una violenta turba se encaminó hacia el palacio del Presidente Oropesa situado en la Plazuela de Santo Domingo al que cercaron al clásico grito de "Viva el Rey y muera el mal gobierno" y "muera, muera el perro que nos ha traído esta miseria", al tiempos que se pedía por la baratura del pan y se exigía el nombramiento de don Francisco Ronquillo como nuevo Corregidor. Los congregados forzaron las puertas, lo asaltaron y lo saquearon. Los hombres de Oropesa respondieron abriendo fuego y causando varios muertos, lo que encendió aun más los ánimos.

El médico real Christian Geelen narraba así lo que aconteció a continuación al Elector Palatino: ante la gravedad de los hechos, el Gobierno se vio obligado a nombrar a Ronquillo como nuevo Corregidor, quien montando a caballo y con un crucifijo en la mano se dirigió a la residencia de Oropesa consiguiendo sacar al Conde y su familia de incógnito, que se refugiaron en las casas del Inquisidor General Tomás de Rocabertí. Al tiempo la reina Mariana de Neoburgo salió al balcón y la turba congregada frente al Palacio la increpó hasta que, llorando, tuvo que retirarse. Entonces salió Carlos II y la muchedumbre dejó de gritar y le pidieron perdón. El Rey dijo "sí, os perdono, perdonadme vosotros también a mí porque no sabía de vuestra necesidad y daré las órdenes necesarias para remediarla". Por la noche continuaron algunos disturbios, pero los soldados acabaron despejando las calles y haciendo muchas detenciones. Geleen añadía que pese a todo Madrid seguía llena de pasquines contra Oropesa y otros germanófilos como el Almirante o el Conde de Aguilar, así como contra la camarilla de la Reina.

Fig.2. Retrato de Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Almirante de Castilla (1702?), obra de Cesare Fiori y Georges Tasniere. Biblioteca Nacional de Madrid.

Pocos días después, el 9 de mayo, Carlos II escribió al Conde de Oropesa con expresiones de estima y satisfacción de su persona exonerándole de la Presidencia de Castilla por sus achaques para que se retirase a descansar fuera de Madrid, dejándole el goce de sus gajes y emolumentos y, aunque el Conde, según informó el embajador imperial Harrach, solicitó con sumiso fervor ser restituido en su puesto, fueron vanas sus diligencias y se vio obligado a salir de la Corte el día 13 camino de sus estados. Aunque se ofreció la presidencia del Consejo de Castilla a Portocarrero, éste no la aceptó y se le otorgó a don Manuel Arias, Comendador de Malta, cercano al Primado y amigo de Ronquillo y Monterrey.

Aloisio Harrach se dirigía a su padre Fernando describiendo los hechos desde una perspectiva política. La situación era crítica para el partido imperial o germanófilo. El Almirante tenía tanto miedo que desde el motín estaba encerrado en su casa con 3.000 hombres de armas. Solo salía para ir a Palacio acompañado por un retén de 100 soldados. Por su parte, la situación del Conde de Aguilar y el resto de miembros del Gobierno, así como de Grandes y Títulos, era similar. El 22 de el mismo Harrach informaba a Leopoldo I reseñando la intriga política que había detrás del motín madrileño y como Portocarrero había dado un golpe de estado.

El 23 de mayo de 1699 Portocarrero consiguió que Carlos II firmase el destierro del Almirante, al que se le permitía elegir un lugar a treinta leguas de la Corte y se le ordenaba no acercarse ni volverse sin licencia por convenir a su servicio y "a la quietud que él le había pedido en varias ocasiones". Antes de salir de Madrid, el Almirante se reunió con el resto de imperiales y se decidió que el nuevo cabeza del partido fuese el Conde de Aguilar. El Almirante salió el 24, a las 11 de la mañana, en un coche de Palacio. Permaneció en Aranjuez varios días cazando y recibiendo amigos y mensajes de la Corte para finalmente dirigirse a Andalucía. Estar apartado del centro decisional de la Monarquía era perder su lugar privilegiado cerca del Rey y su capacidad de influir cerca de él.

Con los destierros de Oropesa y el Almirante, en los que permanecerían hasta la muerte de Carlos II, el partido imperial quedaría completamente debilitado al perder a sus dos principales cabezas, mientras que la reina Mariana de Neoburgo quedaba acorralada y prácticamente sola al verse obligada a deshacerse de su camarilla, conservando solo a su confesor Gabriel de Chiusa. De esta manera, el Cardenal Portocarrero se hacía con las riendas del poder, consiguiendo agrupar en torno a sí a todo un grupo de Grandes y Título, así como entrando en negociaciones con el embajador francés Harcourt, para predisponer al Rey hacia la sucesión en la persona del Duque de Anjou, nieto de Luis XIV, como así acabaría sucediendo en el último testamento de Carlos II del 2 de octubre de 1700.


Notas:

(1) La causa de este aumento de los precios se debió a la desastrosa cosecha del año anterior. El precio del trigo sufrió en el año 1699 subidas de más del 100%, esto supuso una escasez (el pan no solo era caro y malo) que llegó a afectar incluso a los mejor dotados económicamente, por ejemplo el embajador inglés Stanhope se tenía que proveer diariamente en el mercado de Vallecas, distante dos leguas de la Villa, y si llegaba a su casa era gracias a la fuerte escolta protectora de los portadores.


Fuentes:
  • García Hernán, Enrique - Maffi, Davide; editores: "Guerra y sociedad en la Monarquía Hispánica. Política, estrategia y cultura en la Europa moderna (1500-1700)". Ediciones del Laberinto. Madrid, 2006.
  • González Mezquita, María Luz: "Oposición y disidencia en la Guerra de Sucesión española. El Almirante de Castilla". Junta de Castilla y León, 2007.
  • Peña Izquierdo, Antonio Ramón: "La Casa de Palma. La familia Portocarrero en el gobirno de la Monarquía Hispánica (1665-1700)". Univesidad de Córdoba, 2004.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Carlos II ecuestre atribuido a Sebastián Herrera Barnuevo (Subastas Isbilya)

Fig. 1. Retrato ecuestre de Carlos II, atribuido a Sebastián de Herrera Barnuevo. 

La casa de subastas sevillana Isbilya ha hecho público recientemente un retrato inédito ecuestre del rey-niño Carlos II a la edad de ocho o nueve años (Fig. 1). El Rey lleva media armadura, con coraza o peto y brazaletes. Monta un brioso caballo blanco que conduce a la batalla, escenificada al fondo y que se ve bajo las patas del animal. Carlos II perfectamente erguido y con la mirada puesta en el espectador blande el bastón de mando con firmeza. Un águila, tradicional símbolo de la Casa de Austria, asoma volando por encima de su cabeza y aproxima con su pico una corona de laurel a la cabeza del monarca. El fondo es una confusión de nubes, humo de la batalla y los reflejos luminosos de las últimas luces del atardecer.

El retrato remite a modelos previos como el retrato ecuestre de Felipe IV, su padre, que pintase Rubens y que se perdió en el incendio del Real Alcázar de Madrid en 1734, pero del que se conserva una réplica en la Galleria degli Uffizi de Florencia o el del príncipe Baltasar Carlos de Velázquez para el Salón de Reinos del Buen Retiro, hoy en el Museo del Prado. Por otra parte, el lienzo de Isbilya recuerda a otras obras atribuidas a Sebastián Herrera Barnuevo, como el retrato de Carlos II ecuestre de Patrimocio Nacional (Fig. 2), del que existen varias réplicas como las del Museo de Bellas Artes de Cádiz, o la del Museo del Hermitage de San Petersburgo. Además, el rostro del monarca recuerda enormemente a otros retratos atribuidos a Herrera Bamuevo en que el rey-niño aparece de cuerpo entero como los que se conservan en la Colección Gil de Barcelona, Palacio de Hampton Court de Londres, Museo del Hermitage de San Petersburgo y uno de los dos ejemplares del Museo Lázaro Galdiano.

Fig. 2. Retrato ecuestre de Carlos II, obra de Sebastián de Herrera Barnuevo. Palacio Real de Madrid, Patrimono Nacional.

La mano derecha es desde el punto de vista formal idéntica a la que presentan los retratos de Herrera Barnuevo reconocidos. Además, la misma forma de enmarcar el regio rostro infantil con una larga cabellera rubia rizada es la propia del maestro. Sebastián de Herrera Barnuevo ocupó el importante cargo de Pintor de Cámara en 1667, al quedar éste vacante por fallecimiento de su antecesor, Juan Bautista Martínez del Mazo, ejerciendo este cargo hasta su propia muerte en 1671. Será precisamente Herrera Barnuevo uno de los primeros pintores que se ocuparon de proyectar la imagen oficial de Carlos II. A partir de este momento desarrolló su labor como retratista regio, con la creación de algunos de los nuevos modelos iconográficos más significativos de todo el reinado, lo cual supone un verdadero punto de inflexión en la evolución y transformación del retrato de Estado hacia unas fronteras nunca alcanzadas anteriormente en la historia del retrato regio en España y que son consecuencia de la propia situación política del momento, la de una regencia sobre un enfermizo rey-niño, al que ere necesario dotar de normalidad y majestuosidad.

Según la casa de subastas, la pintura bien podría haberseejecutado hacia 1669, año en que también obtuvo el cargo de Conserje del Escorial. Su atmósfera bélica podría además retrotraer a aquellos años que son los de la conocida como Guerra de Devolución (1667-1668) en lo que la Monarquía Hispánica tuvo que hacer frente a Luis XIV en los Países Bajos y Cataluña y que fue el primer conflicto del reinado de Carlos II.


Fuentes:

  • Pascual Chenel, Álvaro: "Sebastián de Herrera Barnuevo y los retratos ecuestres de Carlos II durante su minoría de edad. Fortuna iconográfica y propaganda política" Revista Reales Sitios, 2009.

lunes, 2 de octubre de 2017

El retrato de Juan José de Austria, de Isidoro de Burgos Mantilla

Fig.1. Don Juan José de Austria, obra de Isidoro de Burgos Mantilla (1674). Real Monasterio de El Escorial.

Llama poderosamente la atención que la historiografía que ha tratado la figura de don Juan José de Austria (Maura y Gamazo, Sánchez Marcos, Von Kalnein,...) haya preferido, de forma mayoritaria, mostrar al príncipe en las portadas o ilustraciones principales de sus libros a través de un problemático e indocumentado cuadro anónimo del Museo del Prado, donde es difícil identificar en el representado a don Juan (Fig.2). De hecho, aunque su rostro puede remitir al don Juan de su época juvenil y ostenta la cruz de San Juan, de la que era Prior en Castilla, invalida cualquier identificación con el hijo de Felipe IV la presencia abrumadora del collar del Toisón de Oro, ya que don Juan nunca recibió este honor. Este curioso fenómeno ha hecho que hoy en día se haya puesto en circulación un rostro de don Juan que no le corresponde.Y todo esto pese a que el príncipe cuente con multitud de grabados con su efigie o retratos en lienzo tan destacados como el de Ribera, de su periodo napolitano y perteneciente a Patrimonio Nacional; el de Jiménez Donoso (1677) hoy en el Museo Balaguer de Vilanova i la Geltrú; o el de Isidoro de Burgos Mantilla (1674) en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

Hoy nos ocuparemos de éste último, el retrato de don Juan José de Austria obra de Isidoro de Burgos Mantilla. Este gran lienzo de San Lorenzo de El Escorial, constituye un interesantísimo retrato de aparato que sin duda fue realizado con instrucciones directas de don Juan y con una intención propagandística clarísima puesto que quedan simbólicamente recogidas todas las facetas políticas, militares y personales del hijo bastardo de Felipe IV. Este lienzo posee una gran trascendencia ya que se trata del único ejemplar que pervive de una época en que la proliferación de retratos de don Juan José fue asombrosa. Además de este retrato de Isidoro de Burgos Mantilla, "Su Alteza" también fue inmortalizado por Jusepe Martínez y hasta en dos ocasiones por el hijo de éste, Joseph Martínez. Todos estos retratos fueron realizados por encargo directo de don Juan, lo cual demuestra su gran preocupación por la difusión controlada de su propia imagen. Y aquí el término "difusión" no es gratuito, ya que estos lienzos no se realizaron para engrosar la colección pictórica del propio príncipe sino que fueron entregados a modo de presente a diversas personalidades como el Consell valenciano, su confesor y, finalmente, en el caso que ahora nos ocupa, al Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

Fig.2. Retrato de un caballero (¿Juan José de Austria?), anónimo madrileño de la segunda mitad del s.XVII. Museo Nacional del Prado, Madrid.

Todavía son muy pocos los datos con los que se cuentan para reconstruir la trayectoria vital y profesional de Isidoro de Burgos Mantilla. Nacido en Madrid en 1649, era hijo del también pintor Francisco de Burgos Mantilla. Su padre, famoso por sus composiciones religiosas, bodegones y retratos, se había formado en el dibujo con Pedro de las Cuevas pasando más tarde a ser discípulo de Velázquez. Isidoro de Burgos Mantilla debió de formarse como pintor bajo la tutela directa de su padre y tras la muerte de éste, acaecida en 1672, pasó a heredar todas las pertenencias del taller de su progenitor. Pero este no sería el único legado que recibió del padre; los biógrafos de Francisco de Burgos han hecho especial hincapié en su reputación como retratista. Esta faceta retratista sería la que heredaría su hijo Isidoro. Gracias a Ceán Bermúdez sabemos que Isidoro de Burgos Mantilla acometió en 1671 la empresa pictórica de retratar a los Reyes de España de cuerpo entero, desde Enrique II a Carlos II, para la Cartuja de El Paular. Esta serie de retratos colgaba en las habitaciones de los huéspedes de la cartuja cuando Ceán, a finales del siglo XVIII, las contempló y admiró por sus "buenas actitudes y estar pintados en buen gusto de color". Lamentablemente ninguno de estos lienzos ha llegado hasta nosotros debido a que, por motivos desconocidos, no se incluyeron en el lote de obras que fue recogido en la Cartuja por el Museo de la Trinidad (para luego ingresar en el Museo del Prado) y desde 1917 permanecen en paradero desconocido. Por este motivo, reviste tanta importancia el retrato de don Juan José de Austria de El Escorial, pues se trata de la única obra que hasta la fecha conservamos salida de los pinceles de Isidoro de Burgos Mantilla.

Se ignora como pudo establecer contacto el príncipe con el pintor y qué motivaciones le impulsaron a encargarle el retrato. Sin embargo, por una anotación en el bureo de la casa de don Juan se sabe que el 26 de mayo de 1674, de su puño y letra, mandaba pagar a "Isidoro de Burgos Mantilla, pintor, quinientos reales de vellón por un retrato de S.A. que ha hecho para San Lorenzo el Real". Este retrato ha sido identificado por Elvira González Asenjo con el que se encuentra en la actualidad en el mismo emplazamiento para el que fue pintado: el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Aunque hasta ahora este cuadro figuraba como obra anónima, todos los indicios apuntan a que se trata a que se trata de la misma pintura aludida en la documentación. Según González Asenjo inclina a pensar en esta coincidencia el destino, pero sobretodo el hecho de que don Juan de Austria aparezca representado con gran verismo, en torno a la edad de 45 años, precisamente las mismas fechas en que se produjo la orden de pago al pintor Isidoro.

En el retrato don Juan aparece representado de cuerpo entero, ataviado con una sobria pero rica y elegante vestidura de seda negra aguada con capa y golilla blanca, ostentando una venera con la cruz de la Orden de San Juan, de la que era Prior en los reinos de Castilla y León. Su rostro está tratado con gran realismo, de cara ligeramente ancha, papada incipiente, con pelo largo y bigote. Rasgos, todos ellos, muy definitorios y semejante, a la imagen coetánea que ofrecen los grabados de la época con su efigie.

Como corresponde a los retratos de aparato, la figura de don Juan José de Austria se sitúa en un interior cuyo espacio queda enmarcado por una gran colgadura-telón al fondo y un paisaje que se abre tras las balaustrada a la derecha de la composición, donde se desarrolla una escena de batalla delante de distintas edificaciones torreadas. En la parte inferior de la composición, a los pies de don Juan y sobre el suelo, figuran diversos elementos de guerra, parte de una armadura, una banderola tricolor francesa, que sin duda alude a sus éxitos militares en Nápoles, Piombino y Portolongone, así como Cataluña, donde combatió contra las tropas francesas. Si su carrera militar queda plasmada con estos elementos iconográficos, no podía ser menos su faceta política: don Juan de Austria sostiene con la mano derecha, que está enguantada, un billete o memorial, que representa una imagen típica del poder. En esta misma línea, la mano izquierda, ya sin guante, queda apoyada sobre un sombrero que está recostado en una mesa donde se aprecian diversos objetos que aluden a las sublimes y elevadas aficiones de Su Alteza por las ciencias, las artes liberales y mecánicas, ya que como se puede apreciar, invaden la mesa numerosos instrumentos matemáticos y de medición diseminados entre los papeles, como el compás de arquitecto, una esfera alminar y, sobre todo, un curioso reloj apenas perceptible de caja en forma de urna, ricamente aderezado con un remate en forma de bola donde se erige una representación figurativa de un hombre con lanza o lo que podría ser un San Jorge. Todos estos objetos no se hayan dispuestos de forma casual sino que están destinados a constatar y ensalzar la fama que en su época alcanzó son Juan  como "científico versado". Del príncipe decía su médico de cámara, el insigne Juan Bautista Juanini, "ciertamente mi señor y príncipe tan capaz y universal en todas las las facultades que de cualquiera dava la más adequada razón a los hombres más eminentes que las profesaban. Los theólogos y filósofos enmudecían  de estupor a sus respuestas y soluciones sobre los más difíciles e intrincados argumentos que le venían propuestos. En todas partes de matemática era versadísimo, conocía y manejaba con gran destreza y acierto los instrumentos que la aplicación de los mayores hombres en astrología inventó para examinar la altura, magnitud, distancia y curso de los astros. Sabía lo que cada uno avía contribuido a esta facultad  y en que se avía aventajado a los antiguos que la profesaban. Distinguía las doctrinas de todos con incomparable  claridad y lo bueno, dudoso y religioso de ellas, dando a Aristóteles, Ptolomeo, Ticho Brahe, Copérnico Galileo y otros lo que les tocava. En la geometría, geografía, cosmografía, hablaba y obraba con la misma excelencia y como el mando de la mar era el primer empleo que el destinó la prudente atención del señor rey su padre, no aviéndola aun visto en los diez y seis años de su edad...tenía el arte náutica tan sabida y juntamente la de fortificar las plazas con todos los adherentes de una y otra facultad que el Padre La Faylle [uno de sus mentores] de la compañía de Jesús, uno de los mayores hombres del orbe en aquella doctrina, dixo al rey no sabía ya qué enseñarle".

Por último, la importancia de este retrato estriba también en que fue encargado por don Juan José de Austria en la coyuntura política de los cruciales años de 1674-1675 cuando Carlos II alcanzaría su mayoría de edad y la regente doña Mariana de Austria trataría, una vez más, de alejar al príncipe de España. Aprovechando, de hecho, que el mandato de don Juan como virrey de Aragón estaba ya cercano a su fin, la Reina le envió un despacho en el que le proponía el Gobierno de Flandes. Sin embargo, mientras se estaba preparando el viaje, la delicada situación de Mesina produjo una variación en los planes: don Juan se dirigiría primero a Italia y, apaciguada la Isla, pasaría a Flandes. Para ello la reina expidió el nombramiento de don Juan  como "Vicario General de Italia" el 22 de marzo de 1675. Para evitar este traslado, pues don Juan no estaba dispuesto a abandonar España, dio todo tipo de largas y disculpas pues sus auténticos objetivos estaban puestos en la citada mayoría de edad de su hermano el Rey y la oportunidad que este hecho le ofrecía para ocupar el poder, como de hecho ocurriría 2 años después, en 1677, tras marchar sobre Madrid y derrocar al valido de la Reina, Fernando de Valenzuela

**Esta entrada está basada en la obra de Elvira González Asenjo "Juan José de Austria y la artes (1629-1679)", publicado por Fundación de Apoyo a la Historia Arte Hispánico (Madrid, 2005).

martes, 30 de mayo de 2017

El IX Duque de Medinacali: embajador, virrey y mecenas (Parte V)

1. Retrato del cardenal Pedro Salazar Gutiérrez de Toledo.

El nuevo pontífice Alejandro VIII Ottoboni mostró pronto sus afinidades políticas al conceder la púrpura cardenalicia al francés Toussaint Forbin de Janson, Obispo de Beauvais, a pesar de la oposición del Emperador y de no dar ningún capelo a España, pues monseñor del Giudice era napolitano, aunque súbdito de Carlos II. Los cardenales Salazar, Aguirre y de Goes, y el Príncipe de Liechtenstein, embajador imperial, enviaron graves acusaciones contra Cogolludo a Madrid por haber apoyado la elección de Ottoboni y consentido la concesión de estos capelos, que estuvieron a punto de ocasionarle el destierro.

Como consecuencia de estas acusaciones, algunos autores indican que la cancillería imperial presionó para que le destituyeran por permitir la creación cardenalicia de Janson, y el representante del Elector de Baviera en Madrid comenta a su soberano, el 3 de mayo de 1690, que el Rey había llamado al Marqués de Cogolludo para que respondiese a las acusaciones que había contra él, entregando los papeles de la embajada al Cardenal Salazar. Pero lo único cierto es que Cogolludo envió a Juan Vélez de León a Madrid, de 27 de mayo de 1690, aunque no se sabe si para justificarse o para estar cerca de su padre que estaba gravemente enfermo, pues el Marqués continuó durante este tiempo en Roma al frente de la embajada.

El 1 de febrero de 1691 moría el Papa el embajador confesaba que tenía cierto miedo por no tener instrucciones concretas y no conocer las preferencias cortesanas, para no verse expuesto a nuevas acusaciones. En un principio consiguió que los cardenales españoles e imperiales caminasen unidos, sacrificando al servicio del Rey y el Emperador los disgustos que unos y otros le habían causado. Sin embargo, el Cardenal Salazar empezó a decir que tenía órdenes precisas del Rey para favorecer la elección del Cardenal Barbarigo, apoyado por el grupo de cardenales celantes. Ante la actitud de rebeldía, el embajador le escribió un billete pidiéndole explicaciones por su actuación y exigiéndole que mostrara con qué fundamentos y autoridad actuaba contra las indicaciones del Cardenal Medici, que era quien tenía la voz del Rey Católico en el cónclave y a quien tenía que obedecer. Salazar trató de justificarse con un largo escrito, pero no adujo ninguna prueba, se limitó a apelar a la conciencia y a hacer un elogio de Barbarigo. Unos meses después el embajador Cogolludo se sinceró con el Conde de Altamira del atrevimiento de "estos frailes", que perjudicaban al servicio del Rey, por lo que había despachado un correo extraordinario al monarca para quejarse de la actuación del Cardenal Salazar y de quienes le apoyaban, "pues no puede este fraile ser desvergonzado tan en extremo con otro fundamento que el de su apoyo".

En un principio se dijo que el Emperador quería hacer Papa al veneciano cardenal Barbarigo, el embajador manifestó su opinión y "los frailes" dijeron que había que hacerlo, pero luego llegó aviso de Viena que no lo querían y el Marqués de Cogolludo aprovechando su buena relación con los cardenales Altieri y Ottoboni, consiguió desbaratar su elección, con lo cual las cosas volvieron a estar como al principio. Aunque la lucha entre las distintas facciones estaba alargando e cónclave, el cansancio y el calor forzaron un acuerdo para elegir al cardenal napolitano Pignatelli, que subió al solio pontificio con el nombre de Inocencio XII y Cogolludo pudo vender como un triunfo para España la elección de este vasallo de Carlos II, aunque meses después calificaría negativamente su elección ya que pronto se descubriría la francofilia del nuevo pontífice.

La negativa que el Marqués tenía de Inocencio XII se fue acentuando a medida que pasaba el tiempo, pues solo prestaba atención a los negocios franceses, y en 1694 le llegó a decir que no era necesario que el Rey tuviera embajador, pues  con "un fraile le bastaba para lo que se ofreciese".

Sus penurias económicas el ansia de promover al Virreinato de Nápoles se fueron agudizando progresivamente. Por eso, cuando le llegaron noticias de que en la Corte pensaban prorrogar otro trienio al Conde de Satiesteban como virrey de Nápoles, se sinceraba con el Almirante de Castilla y le dice que quizás no había sabido servir bien al Rey en la embajada, a pesar de los negocios que había solucionado, y le advierte que sus empeños y ahogos eran tales que no podía pagar a sus acreedores y nadie le fiaba para comer de un día a otro. De esta forma, "si continuó aquí, expuesto a indecencias, como lo estoy, y sin poder hacer lo que es servicio del rey en una corte donde sólo se atiende al que más puede o más autoridad tiene, conocerás que ni por el servicio del rey ni por el mío puedo durar más aquí". Por ello le pide que trate de sacarle cuando antes de Roma, donde estaba cansado de servir bien y comer mal, y enviarle a Nápoles, pues de lo contrario estaba dispuesto a dejar la embajada y volverse a España, aunque le encerrasen en el castillo de Coca, que él había dejado tan honrado.

Todavía tuvo que esperar dos años más en la embajada romana, antes de ser promovido al virreinato napolitano. En los últimos días de 1695 tuvo noticia del nombramiento y, a principios de febrero, recibió los despachos e instrucciones para el nuevo cargo, adonde partió a mediados de marzo, siendo acompañado hasta la frontera del Reino por el Cardenal Spada, una compañía de caballos del Papa, y el barichel de camapaña del Estado Eclesiástico con cincuenta esbirros.




Fuentes:

* Domínguez Rodríguez, José María: "Roma, Nápoles, Madrid. Mecenazgo musical del Duque de Medinaceli, 1687-1710". Ediciones Reichenberger, 2013.


martes, 31 de enero de 2017

El IX Duque de Medinacali: embajador, virrey y mecenas (Parte IV)

1. Retrato del papa Inocendio XI Odescalchi, obra de Giovanni Battista Gaulli "Il Baciccio". Galleria dell'Accademia di S. Luca, Roma.

Para orientarle de cómo debía gobernarse en el desempeño de su cargo, Cogolludo recibió una instrucción de carácter general y otra secreta. La primera glosa de forma general sobre los más diversos temas, desde cuestiones protocolarias y de comportamiento al análisis de la geopolítica italiana y la provisión de los obispados, recordándolo que su principal objetivo debía consistir en "ganarse la voluntad del papa, de sus parientes y de aquellos por cuya dirección corriesen los negocios del gobierno, pues este es el medio más seguro de que se encaminen los que pasasen por vuestra mano". En cambio la secreta se ocupa de algunos puntos más concretos: la forma de gobierno pontificio, el problema del cuartel (barrio) de la embajada, la dirección durante la sede vacante y la actitud ante la tregua o la paz con Francia (1).

En primer lugar, le advierten que el papa Inocencio XI Odescalchi era severo de condición y radical en sus dictámenes, de forma que su celo por la religión y el bien de la Iglesia hacía que tomase algunas decisiones más justas que convenientes; por ello debía actuar en las negociaciones con arte, maña y prudencia, presentando las súplicas con justificación y autoridad. Su máxima de gobierno consistía en conservar la paz en la Cristiandad, para lo que había condescendido con Francia "más de lo que hacía posible la razón de su natural y de su propia justificación". El hecho de no tener nepote y pretender publicar una bula para abolir este clásico sistema de gobierno papal, aunque era positivo para el bien de la Iglesia, no era tan conveniente para la Monarquía, porque los nepotes procuraban fundar casa y estados que igualasen en rentas y grandeza a las mayores de Italia, y como "no era fácil conseguirlo sin incluirse en mis dominios, había esta puerta por donde entrar a ganarlos y a que con atención mirasen a mis intereses". Por último, respecto al Cardenal Cybo, secretario de Estado, le indican que su concepto era mejor antes de entrar en el cargo que después, pero su sagacidad y el ministerio que desempeñaba obligaban a cuidar mucho la buena relación, no sólo por le presente sino también por el futuro porque tenía posibilidades de llegar al Pontificado.

En segundo lugar le informan de la situación del cuartel de la embajada, que el Papa había mandado allanar tras la marcha del Marqués del Carpio al virreinato de Nápoles, aunque el embajador de Francia lo seguía conservando, advirtiéndole que debía entrar en Roma sin pretenderlo, pero estando atento por sí se producía algún cambio en caso de sede vacante. Pues, si moría el Pontífice y el Duque d'Estrées lo mantenía, debía entrar en posesión del cuartel en la misma forma que lo tenía el embajador francés, "sin faltar ni exceder en nada de lo que él practicase, pues la igualdad de las coronas no permite que haya en esto ni en lo demás género alguno de diferencia".

En tercer lugar se centra en la posible sede vacante. En este punto se insta a Cogolludo a conocer a los cardenales, a la vez que le avanzan algunas notas sobre los purpurados Chigi, Altieri y Rospigliosi que eran las cabezas de las tres facciones existentes. El primero, de espíritu liberal y con máximas de príncipe más que de eclesiástico, siempre había sido afecto a la Corona. El segundo, que se llamaba Paluzzi degli Albertoni antes de que el papa Clemente X le declarase su nepote y cambiase su apellido por por el de Altieri en honor al Papa, era prudente y sagaz en los negocios políticos, y mantenía buena relación con Francia, aunque se podía dudar "si es afecto de disimulada política o concierto de una segura amistad". Y el tercero, sobrino de Clemente IX, estaba achacoso y retirado de los negocios, y aunque manifestado últimamente que tenía afecto a los intereses españoles era dudoso porque los suyos siempre habían apoyado a Francia. Le pide que confronte estas noticias con las que pudiera adquirir de todos los cardenales "manteniendo con seguridad a los de mi facción y a los que se juntaron a ellos en el cónclave último y los demás que se declarasen por servidores míos, y a todos en general y en particular", pues de ello dependía el buen acierto en el negocio que más importaba.

De acuerdo con las instrucciones recibidas, el Marqués de Cogolludo mantuvo buena relación con Inocencio XI, logró una solución airosa para el problema de la jurisdicción del cuartel de la embajada y procuró fortalecer el partido español con vistas a la próxima sede vacante, que se presentó el 12 de agosto de 1689 con la muerte de Inocencio XI. Reunido el cónclave, el Marqués pidió que se suspendiera la elección hasta que llegase el Cardenal de Goes con las órdenes del Emperador, como se había esperado a los cardenales franceses , pero el aviso solo sirvió para acelerar la elección del cardenal Ottoboni, apoyado por Venecia y Francia, y también por el embajador español, según indica el Marqués de Villagarcía, a la sazón embajador de Carlos II en Venecia. Pues le confiesa que, aunque los cardenales venecianos eran poco afectos a España, Ottoboni si que lo era. Por ello se muestra satisfecho con su elección, aunque confiesa que no podía adivinar su actuación como Papa.

CONTINUARÁ...
Notas:

(1) AGS, Estado, leg. 3142. "Instrucción que se dio al marqués de Cogolludo...", 1687.


Fuentes:

* Domínguez Rodríguez, José María: "Roma, Nápoles, Madrid. Mecenazgo musical del Duque de Medinaceli, 1687-1710". Ediciones Reichenberger, 2013.



martes, 20 de diciembre de 2016

El IX Duque de Medinacali: embajador, virrey y mecenas (Parte III)

1. Fiesta frente a la embajada de España en Roma por el nacimiento del futuro Carlos II, obra de Willem Reuter (1662).


El cursus honorum del Marqués de Cogolludo prosiguió en 1686 cuando fue designado como embajador de Carlos II en Roma. Parece que el nombramiento del nuevo embajador se estuvo decidiendo en otoño de 1686, y estuvo determinado por la bula que prohibía las franquicias de los "quartieri" (o barrios de las embajadas), publicada por el papa Inocencio XI el 14 de mayo de 1687. Inicialmente el candidato de Carlos II para el puesto fue el Conde de Melgar, pero éste renunció desobedeciendo la orden del Rey y volviendo a Madrid sin permiso, por lo que fue apresado.

Inmediatamente se nombró como embajador a don Luis, que a la sazón se encontraba en España, puesto que tras el incidente con Pignatelli en Nápoles se vio obligado a salir de la ciudad. En febrero de 1687 el Marqués de Cogolludo preguntó si había inconveniente en que hiciese el viaje por tierra, pero le respondieron que lo realizase mejor por mar para evitar los inconvenientes que podían surgir en la actual coyuntura política, y se dio orden para aprestar tres galeras que le llevasen a Italia. Cogolludo se trasladaría de Madrid a Cartagena para iniciar la travesía, pero los temporales le obligaron por dos veces a refugiarse en Alicante. Por fin pudo hacerlo en tres bajeles ingleses y pidió al Rey que le abonasen el flete de las embarcaciones y los gastos del viaje, comenzando a correrle el sueldo desde el primer día de enero. A principios de mayo llegó a Nápoles y escribió a Francisco Bernardo de Quirós, agente diplomático y encargado de la embajada de Roma en el interín, para que entregase una carta al Cardenal Cybo, secretario de Estado, dejase libre el palacio de la embajada en la Piazza di Spagna y le informase de la situación en Roma, adonde esperaba encaminarse lo antes posible. Quirós le respondió que ya había abandonado el palacio y que el Cardenal le había dicho de parte del Papa que si iba a Roma con la pretensión del cuartel no le recibiría, "conforme a diversas veces se había escrito al nuncio para que lo participase a V.M. y sus ministros, y también al mismo Cogolludo, como el nuncio comunicó haberlo ejecutado".

Cogolludo declaró que no pretendía cuartel, como lo habían tenido sus predecesores, se embarcó en la escuadra del Duque de Tursis con su familia y desembarcó en Ostia el 3 de julio, donde le recibieron el Condestable Colonna con sus hijos (el mayor de los cuales estaba casado con la hermana de don Luis), los Marqueses de los Balbases, los Duques de Sesto, el cardenal Pompeo Azzolino, el Marqués Bongioanni. Monsignor del Giudece, los dos auditores de la Rota y Bernardo de Quirós. Entró en Roma a las dos de la madrugada, al día siguiente le visitaron los cardenales nacionales por la puertecilla y el 9 por la tarde fue a besar los pies del Papa, "que se detuvo con él más de cuatro horas con mucho agrado". Al no poder ponerse en público por cumplir la orden del Rey, comenzó a visitar a los miembros del Sacro Colegio de incógnito y en la misma forma le devolvieron la visita, incluso el Cardenal Cybo. El maestro de ceremonias, Agustín Nipho, no ocultó su satisfacción por la presencia del nuevo embajador, cuya alcurnia le permitía codearse sin desdoro con los príncipes romanos, y que muy pronto provocó el asombro de los romanos por el lujo y la ostentación de que haría alarde.

La decisión de Carlos II de mantener al nuevo embajador de incógnito durante los nueve años que duró su embajada, con las diferencias con el Papa respecto al cuartel, implicaba no celebrar la ceremonia de la entrada pública y ciertas diferencias de etiqueta en su actividad pública, como recibir a los embajadores y cardenales por la puertecilla y ser recibido por ellos del mismo modo. Pero tenía la ventaja de no tener que disputar la precedencia a otros ministros en caso de conflicto. De todas formas el hecho de estar de incógnito no suponía ocultarse ante la gran nobleza romana y los cardenales, y Cogolludo utilizó la música y las fiestas como poderoso instrumento de propaganda y relación.

Don Luis, al no poder hacer entrada pública por estar de incógnito, utilizó las celebraciones festivas para presentarse públicamente ante la Corte romana. El 26 de julio puso luminarias y una gran máquina de fuegos artificiales sobre la fuente de la Barcaccia para celebrar la onomástica de la Reina madre, y el 25 de agosto hizo una gran serenata en la Piazza di Spagna para festejar el cumpleaños de la reina María Luisa de Orleans. El Marqués concibió la serenata como una estrategia para burlar la condición de ingógnito que le había impuesto la Corte de Madrid por la cuestión del quartiere y hacer su presentación pública, exaltando la figura de la Reina y declarando simbólicamente ante la Corte romana que sería ella quien asegurase la fortaleza de la Monarquía dando al Rey un heredero.

CONTINUARÁ...
Fuentes:

* Domínguez Rodríguez, José María: "Roma, Nápoles, Madrid. Mecenazgo musical del Duque de Medinaceli, 1687-1710". Ediciones Reichenberger, 2013.


domingo, 23 de octubre de 2016

El IX Duque de Medinacali: embajador, virrey y mecenas (Parte II)

1. Don Luis Francisco de la Cerda y Aragón, Marqués de Cogolludo, obra de Jacob-Ferdinand Voet (h.1684). Museo del Prado.

Tras el nombramiento de su padre, el VIII Duque de Medinaceli, como Primer Ministro por influencia de al reina María Luisa de Orleans, el 22 de septiembre de 1680, la carrera del Marqués de Cogolludo fue rápidamente in crescendo. En 1682 fue nombrado capitán de las costas y galeras de Andalucía, mientras que en 1684 fue designado para dirigir las galeras de Nápoles. siendo virrey del reino partenopeo su tío, don Gaspar de Haro, VII Marqués del Carpio. El nombramiento estaba ya decidido en septiembre de 1684. Su llegada a la ciudad se produjo el 25 de enero de 1685, siendo acogido de manera calurosa por Carpio. Sin embargo, no todo fueron rosas en la relación entre tío y sobrino: Confuorto, diarista de la ciudad, recoge el incidente entre Cogolludo y Carpio al saltarse el primero la pragmática sobre el lujo publicada por el Virrey y presentarse en los "spassi di Posillipo" en julio de 1685 a bordo de una suntuosa faluca. También es conocido gracias a Confuorto otro altercado entre don Luis Francisco y el Duque de Santo Mauro, Giulio Pignatelli, a la salida de la comedia degli Armonici, el 7 de enero de 1686: es probable que se tratase de la comedia "Olimpia vendicata" estrenada en diciembre de 1685. La documentación permite matizar las afirmaciones de algunos libelistas que acusaron al Marqués de Cogolludo de salir del generalato de las galeras de Nápoles "porque se mareaba y porque su odioso trato no le había conciliado los ánimos de aquellos naturales". Es dudoso tal mareo; de hecho, a finales del otoño de 1685, las galeras realizaron su habitual viaje a Génova, desde donde don Luis Francisco escribió varias veces a Carpio pidiéndole instrucciones. A mediados de diciembre el general estaba ya de vuelta en Nápoles, por lo que con toda seguridad asistió a los festejos del carnaval de aquella temporada.

Precisamente de sus años de general de las galeras de Nápoles podría proceder el que quizás sea el retrato más famoso de don Luis Francisco de la Cerda. Hablamos del retrato que alberga el Museo del Prado de Madrid y que ilustra esta entrada, obra del pintor flamenco Jacob-Ferdinand Voet.  Para José María Domínguez Rodríguez el yelmo que reposa sobre la mesa y la vista del mar con barcos en un segundo plano parecen reforzar la teoría sobre la procedencia del lienzo de sus años de generalato. Sin embargo, otras evidencias apuntan, sin embargo, que el retrato pudiera haberse realizado una vez que don Luis Francisco había tomado posesión del virreinato napolitano (1695). Esto explicaría la utilización de determinados símbolos que en la retratística tradicional europea se asocian a la majestad y la justicia, como, por ejemplo la mesa, la columna y el cortinaje, de difícil explicación en caso contrario. El bastón de mando y el yelmo tienen perfecto sentido como alusiones a la autoridad del Virrey y al poder guerrero que implicaba el puesto de Capitán General parejo al cargo de Virrey.

2. Retrato de don Gaspar de Haro, VII Marqués del Caprio, obra de Arnold Van Westerhout. BNM.

Un aspecto destacable del cuadro es la moda francesa en la vestimenta, que no es de extrañar teniendo en cuenta que Francia había unificado la indumentaria de toda Europa desde mediados de siglo. La corbata francesa, los tacones altos, las medias, la casaca y las "mangas de bota" o "mangas de pagoda" junto con la peluca son elementos preeminentes en el retrato de Medinaceli. El referente francés será una constante a lo largo de su carrera: la petición de pelucas "muy pulidas y de la moda" al embajador español en Londres y la apertura de una Academia Palatina en Nápoles según el modelo académico establecido por Luis XIV, son otras manifestaciones de esta tendencia que, sin embargo, no afectará a su gusto musical, ámbito en el que la música italiana era sinónimo de buen gusto.

El retrato de don Luis Francisco de la Cerda transmite la imagen de una personalidad de genio capaz de saltarse la etiqueta del país al que representaba para estar a la vanguardia de las modas y elevar la representatividad de su corte con el fin de igualarla al resto de cortes italianas. Pudiera parecer extraño que el modelo de etiqueta que adoptó para sí ya desde época temprana fuera tan contraria a la tradición cortesana española. Pero no lo es si se piensa que los dos referentes y modelos para él fueron la corte napolitana de su tío el Marqués del Carpio, de la que el mismo formó parte como acabamos de ver y, por otra parte, la del Condestable Colonna en Roma, que estaba culminando un largo proceso de reivindicación del reconocimiento de su status como príncipe soberano. En ese proceso la imagen simbólica de su corte se convierte en una influencia fundamental. En el caso de Carpio son conocidos los cambios de identidad cortesana en función del escenario y los protagonistas del lugar donde se halló en cada momento, de tal manera, que su modelo de corte en Madrid tuvo muy poco que ver con el que "aprende y aprehende en Roma, o el que conoce en Nápoles". En consecuencia, la huella madrileña que se percibe en Carpio al principio de su embajada romana (1677-1683) se va diluyendo en los modelos imperantes en Italia. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió con su tío, el modelo de corte de Medinaceli, sus gustos y el consiguiente reflejo de todo ello en las ocasiones representativas apenas sufrieron variaciones durante los 17 años que permaneció en Italia.

CONTINUARÁ...


Fuentes:

* Domínguez Rodríguez, José María: "Roma, Nápoles, Madrid. Mecenazgo musical del Duque de Medinaceli, 1687-1710". Ediciones Reichenberger, 2013.